"Los ingrávidos", de Valeria Luiselli
Valeria Luiselli (Ciudad de México,1983) es una de las voces narrativas latinoamericanas que han renovado en las últimas décadas el panorama literario. Se trata de autores, o autoras en su mayoría, ya desligados de la idea de literatura nacional. Algunas tendencias juegan con lo fantástico, en una reformulación de los géneros de terror hacia otros terrores más cotidianos derivados de la desigualdad o de la violencia patriarcal. Los feminicidios, la violencia estatal y también la del ámbito familiar, el trauma histórico, la pérdida de la identidad, la memoria o los desplazados, son temas de las novelas de autoras como Mariana Enríquez, Nona Fernández, Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda o Cristina Rivera Garza, entre otras. Se trata de miradas de género y desde la geografía latinoamericana, pero que también conectan con lo universal.
Otras tendencias, más allá del terror social o el gótico andino, combinan ficción, ensayo y
crónica; trabajan la memoria desde el desplazamiento y la migración; exploran
identidades móviles, usan estructuras fragmentarias, archivos sonoros o
documentales y convierten la experiencia personal en reflexión política y
colectiva. Valeria Luiselli se sitúa en el epicentro de estas tendencias y se
ha convertido ya en una figura clave que publica y concibe gran parte de su
obra en inglés, llevando la narrativa latinoamericana al canon internacional.
“Los
ingrávidos fue mi primera novela, la primera vez que escribí realmente
ficción. Estaba aprendiendo los mecanismos de la ficción, al menos los
mecanismos que a mí me interesaban. (...) Algo que me ha ayudado a escribir es
siempre incorporar los ruidos de afuera, los obstáculos, los problemas con los
que me voy enfrentando en vez de tratar de poner una pared entre ellos y yo”.
Los ingrávidos, publicada en 2011, fue la primera novela de Valeria Luiselli, pero se trató sin duda de un debut literario que demostró una gran solidez en cuanto al uso de lo que ella misma llama “los mecanismos de la ficción”. Así, recursos complejos como la fragmentariedad (sin capítulos y con secuencias narrativas superpuestas) o las voces cruzadas resultan aquí perfectamente eficaces. Hay una ruptura de la linealidad, con fragmentos que mezclan la autobiografía o experiencia personal, el ensayo, el diario, la falsa biografía, el archivo y la ficción. Y a propósito del fragmento, separados por un asterisco (*), la autora señala:
"El otro día, en Barcelona, hablaba con Enrique
Vila-Matas de que una de las bondades del fragmento es que te permite volver a
empezar muchas veces. Y no sólo esto: te permite volver a empezar desde otro
sentido".
Así,
en una sucesión de segmentos, se expresa la voz de una mujer mexicana, madre y
escritora que escribe sobre su vida presente: vive en una casa de Ciudad de
México con su esposo (un guionista que mira de reojo los manuscritos de su
mujer) y sus dos hijos pequeños, una bebé y otro llamado “niño mediano”.
Pero
la narradora recuerda también su época de juventud en Nueva York, donde vivía
en un pequeño departamento y trabajaba como traductora en una editorial. Allí
elaboraba un proyecto de difusión de la obra del poeta Gilberto Owen
(1904-1952), uno de los intelectuales mexicanos residente en Nueva York en los
años 20. La joven traductora intentaba publicar unas traducciones
apócrifas de poemas de Owen hechas por Louis Zukofsky, poeta norteamericano con
quien este coincidió.
Hasta
bastante avanzada la novela, el relato progresa entre la vida pasada de la
narradora en Nueva York y su vida presente en México, con su marido e hijos y
los problemas de la cotidianidad y para quien su válvula de escape es la
escritura. Cuando su vida familiar entra en crisis, decide escribir el relato
de Owen, dándole su propia voz, con la historia de su estancia en Nueva York:
“Empezar así: todo sucedió en otra ciudad y en otra vida.
Era el verano de 1928. Trabajaba en el consulado mexicano de Nueva York [...].
Han pasado casi veinticinco años desde entonces: aunque quisiera, no podría
escribir esta historia como si todavía estuviera ahí y fuera ese joven flaco y
lleno de entusiasmo, traduciendo a Dickinson y a Williams, enfundado en una
bata gris”.
Gilberto
Owen va relatando una historia que sucede en el mismo espacio (Nueva York) que
la historia de la narradora. Y lo cuenta desde su triste presente, cuando está
ciego, cansado y viejo, obsesionado con la gordura y con la soledad. Son
fragmentos autobiográficos de Owen, donde la autora le inventa (o no) una
amistad con Federico García Lorca, quien también se hallaba en Manhattan en los
años veinte, y el poeta Louis Zukofsky. Se trata de una biografía imaginaria,
con trazas de ficción y de no ficción.
Los
relatos se interconectan, ambos narradores se buscan y se encuentran en
apariciones en el metro de Nueva York, transporte que utilizan en sus vidas
pasadas. Estamos ante un recurso experimental con tres planos de narración: la
narradora (plano real en el relato), la autobiografía de Gilberto Owen
(ficción) y la propia autobiografía de la narradora. Todo un juego de muñecas
rusas. Así, más allá de la trama en el sentido tradicional, que aquí pierde
toda relevancia, la novela indaga sobre el trasfondo de un episodio
metaficcional, escribe sobre el proceso de escritura:
“Todo es ficción, le digo a mi marido, pero no me cree. (...) La fibra de la ficción empieza a modificar la realidad y no viceversa, como debiera ser. Ninguna de las dos cosas es sacrificable. (...). Escribir lo que sucedió y lo que no. Al final de cada jornada de trabajo, separar párrafos, copiar y pegar, guardar; dejar sólo uno de los dos archivos abiertos para que los lea el marido y sacie su curiosidad hasta colmarla. La novela, la otra, se llama Filadelfia”.
Ambos personajes, la escritora y el propio Owen se convierten progresivamente en espectros. Pierden su identidad y se van “afantasmando”, en un proceso de disolución que los va a reducir al final a ecos, a voces:
“Esa
fue la primera noche que tuve que pasar con el fantasma de Gilberto Owen. Fue a
partir de entonces que comencé a existir como habitada por otra posible vida
que no era la mía, pero que bastaba imaginar para abandonarme a ella por
completo. Empecé a mirar de fuera hacia dentro, de alguna parte a ninguna.
Incluso ahora, que mi marido duerme, y la bebé y el niño mediano duermen, y yo
podría estar dormida también, pero no lo estoy, porque a veces me parece que mi
cama no es mi cama, ni estas manos son mis manos.”
Las voces de los personajes se
mezclan y llegan a confundirse en algunos fragmentos en los que no se puede
determinar cuál de los dos está hablando:
“Salgo
de la cama para darle de comer a los niños. Me miro las piernas, parecen dos
trompas de elefante.”
Como lectores de este relato
fragmentario tomamos ahora conciencia del título, cuando se acerca el final de
la novela: los ingrávidos son personajes sin peso, son fantasmas. No pertenecen
a ningún lugar; se mueven entre los recuerdos del pasado y la pérdida de
identidad y habitan espacios de tránsito como el metro, la ciudad o la propia
memoria.
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