jueves, 23 de enero de 2020

Romancero Gitano. De la emoción de lo insondable.




Romancero gitano. Federico García Lorca. Teatre Romea.
Interpretación: Núria Espert.
Dirección: Lluís Pasqual.
Iluminación: Pascal Merat.
Sonido: Roc Mateo.

Josefina Artigas, Lola Membrives, Margarita Xirgu y, desde siempre, Núria Espert, son algunas de las actrices de han representado la voz y los impulsos de las mujeres a las que Lorca modeló en sus obras. Y es Núria Espert quien nos recibe en el Romea, con un dossier entre las manos, que bien pudiera representar el texto comentado por Lorca del Romancero Gitano. Entra la actriz, cálida y sonriente, en un escenario casi desnudo, con siete butacas de teatro donde la intérprete pueda sentarse y sentirse en casa, creando un entorno de intimidad. Nos habla del gusto de Lorca por la lectura de sus poemas ante un grupo de amigos. 

                              Algo así va a ocurrir esta noche.

Núria Espert nos habla de su primera experiencia, de niña, con la lectura de estos poemas, copiados por su padre casi frenéticamente, y recitados por ella en entrañables veladas en los cafés de la infancia. Luego hace ver que lee en los papeles palabras del propio Lorca, toma su voz para comentar y recitar entre amigos los poemas del Romancero,...y ahí empieza la magia.
Este es un libro “antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco”, tal como lo describió el propio Federico. La actriz nos desvela los verdaderos temas del poemario: la soledad y la pena. Y que la soledad de todas las mujeres de Lorca es la propia soledad del poeta, para quien la finalidad última del teatro consiste en ser un acto para compartir.
Entre romance y romance, Núria Espert toma su propia voz para explicar anécdotas de su vida que van ligadas al poeta. En una entrevista a La Vanguardia apunta que ha vuelto al Teatro Romea con este Romancero
“que no es un recital, que no es un espectáculo, que no son unas memorias. Y que lo es todo. Porque además de los versos inmortales de Federico está mi propia vida, que se explica”. 

Así, nos habla sus recitales con Rafael Alberti, quien en una noche tórrida de verano le pregunta a Federico el significado del “Romance sonámbulo”. “Eso no lo sabe nadie, Rafael”, le responde el poeta.
Y el todo continúa y la emoción nos rapta y nos arrastra lejos, a ensoñaciones inexplicables que nos devuelven a aquello que es esencial. Las pasiones, los sentidos, las voces, la sensibilidad. Mi amiga Mariela describió así el milagro: “Núria Espert desnuda cada verso de Lorca hasta convertirlo en una navaja reluciente que rasga el alma del espectador.”

Tras recordar el eco de los romances, con la luna de pandereta, y la pena y el viento, y..., que todavía resuenan en mi memoria, vuelvo ahora a mis cavilaciones y declaro para siempre que el arte es la forma más alta de atención al mundo.









domingo, 19 de enero de 2020

Los narradores del Quijote o las voces que nos cuentan.







Miguel de Cervantes concibe el arte de narrar como una superposición de voces, una cadena de intermediarios entre el lector y lo narrado.

Así, si en las primeras líneas, un narrador omnisciente deja clara la no voluntad de concretar el nombre del mítico “lugar de a Mancha”, también se nos presenta como alguien que dispone de unos datos externos (primer manuscrito hallado), de unas fuentes históricas que concreta como “los autores que deste caso escriben” y que presentan diferencias en cuanto al nombre del hidalgo (Quijada o Quesada).

Este es nuestro primer narrador (llamado el de Cervantes), que es el responsable de hacer avanzar la historia. Esta es la voz que inventa el autor y que nos está leyendo unas fuentes históricas, nos las cuenta. Este narrador está leyendo las fuentes para nosotros hasta el final del capítulo VIII de la primera parte, cuando vemos a don Quijote 
“contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio..” 
y deja de leerlas porque han finalizado, “porque no halló el autor más escrito destas hazañas”.

Ahora habrá que buscar otras fuentes históricas que doten de autenticidad las hazañas de don Quijote. Y es que, en referencia a la obra, se habla de “Libro” o se refiere a él como “una historia verdadera”. También aparecen otros adjetivos: verdadera, sencilla, agradable, imaginada, gravísima, altisonante, mínima, dulce...Pero se insiste en el adjetivo “verdadera” o “ficticia que se hace pasar por verdadera”, y para esto debe dotarla de visos de verosimilitud. Es evidente la intención paródica hacia los excesos de inverosimilitud de las novelas de caballerías.

Y es en el capítulo IX cuando vuelve a tomar la palabra el narrador de Cervantes para convertirse en personaje que pasea por Toledo y ve a un muchacho que vende “papeles viejos” escritos en árabe. Aprovecha además para reflexionar sobre lo leído y hacer parodia del recurso del manuscrito encontrado en extraña lengua, tan frecuente en las novelas de caballerías.

El manuscrito en árabe (segundo manuscrito hallado) tiene un autor: Cide Hamete Benengeli, personaje ficticio de nombre ridículo, historiador árabe que escribe la crónica de don Quijote. Nuestro narrador necesita los servicios de un traductor morisco ajalmiado, que vierte al castellano y ríe, para poder continuar leyendo la historia del caballero de la Mancha. El narrador asume ahora el papel de lector y editor del relato encontrado. Así se reanuda la acción de la aventura con el vizcaíno que había quedado interrumpida. A veces, además, introduce breves comentarios y pone en duda la fiabilidad de los hechos.
     El registro del narrador corresponde a la prosa culta de finales del siglo XVI y principios del XVII, pero sin afectaciones ni oscuridades innecesarias. El propio Cervantes, en el Prólogo, explica su concepto de estilo: “dando a entender vuestros conceptos, sin intrincarlos ni oscurecerlos”.
La figura de Cide Hamete Benengeli es clave en la técnica de perspectivismo cervantino y del juego de narradores con el que su autor se burla de las novelas de caballerías. Aparecen personajes que escriben sobre el héroe, apareciendo y desapareciendo puntualmente. También se sirve de él para dotar a la obra de ironía y sarcasmo.
Por ejemplo, en el inicio del capítulo XXII alude de nuevo al historiador arábigo:
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, (...) que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie…”

Y al definir a Cide Hamete como “arábigo y manchego”, Cervantes. quizá aludía irónicamente al gran número de moriscos residentes en la Mancha.
Así, se le presentan al lector alternativas más razonables, lógicas o verosímiles. El narrador discute la versión ofrecida por Cide Hamete, al que califica de narrador falaz por su condición de musulmán.

La labor polémica sobre la verdad de la historia funciona como técnica narradora hasta el momento en que, en la Segunda parte del Quijote, los propios personajes conocen la existencia del libro reelaborado por ese narrador cristiano tras el que se esconde Cervantes. Entonces ya no tiene razón de ser el recurso a los papeles de Cide Hamete, pues nos hemos visto involucrados en un juego de espejos donde la esencia ficticia de los personajes se sitúa al mismo nivel que su historia editorial.
Cervantes recurre a la metaliteratura y anima al lector y a sus personajes a establecer un diálogo entre realidad y ficción.