lunes, 29 de julio de 2013

Diálogos. 1. Juan Cruz/ J.M. Caballero Bonald

1. Juan Cruz/ J. M. Caballero Bonald. De la memoria
 
 
 
En Madrid, el sábado 12 de noviembre asistí a una charla entre el periodista Juan Cruz y el poeta José Caballero Bonald. Al primero lo descubrí como autor de memorias en Muchas veces me pediste que te contara esos años (2008), título algo difícil de retener que nos brinda la segunda entrega de su autobiografía con un estilo pienso que muy evocador, muy lírico a veces. Son unas memorias muy poéticas donde el paso del tiempo, que todo lo arrasa, ha marcado el devenir de su trayectoria profesional y personal.
 
Hace poco he leído la tercera entrega, Egos Revueltos (2010), cuyo centro de interés deriva más hacia la personalidad de los escritores con los que ha tratado a lo largo de su carrera como editor y periodista cultural de El País. Este libro y el anterior están escritos desde la nostalgia y con la sinceridad de la pena por todos los que se han convertido en ausencias. Pero es el estilo de Juan Cruz lo que más admiro de él. Ha conseguido lo que yo voy buscando, la creación de una voz personal,  de un estilo literario propio. Utiliza el monólogo interior para expresar sus vivencias, a través de los recuerdos que para él son la vida y la esperanza ante el imparable transcurrir del tiempo. Utiliza imágenes líricas, muy bellas, la frase corta y desnuda pero con el adjetivo cortado a medida. El ritmo es a menudo sincopado, pausado, como si le diera al lector unas décimas de segundo para la asimilación o el deleite de lo escrito.
 
 
   Este sábado habla con Caballero Bonald también de la memoria y de los recuerdos. Dice que uno debe “ir haciendo memoria o la memoria te sobrevive”, y que en ese ir haciendo existen los recuerdos falsos, ajenos, de los que uno se apropia. El poeta (que no sabe que será premio Cervantes en 2013) habla con tristeza desde su condición de superviviente de la generación de los años 50, un grupo dice diezmado “antes de tiempo”, a los que las circunstancias les llevaron al suicidio, al alcoholismo, y otras formas de destrucción. Me estremeció al contar que cuando mira la foto del homenaje a Machado en Colliure en 1959, comprueba cada vez que solo él está vivo. Ángel González, García Hortelano, José Ángel Valente, Gil de Biedma, Carlos Barral, Claudio Rodríguez.
 
   Juan Cruz le pregunta por su novela sobre Doñana y le apunta como creador de un mundo propio con el lenguaje, a la manera de Rulfo con Comala u Onetti con Santa María. Caballero Bonald afirma su voluntad de convertir la literatura en la preocupación por la realidad. Le importa más el lenguaje que la literatura realista. Y se lo apropia para crear personajes. Pienso en la construcción de espacios propios, un ámbito físico y metafísico a la vez, como la isla de la utopía de Thomas More; o como en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, cada una de ellas es inventada, tiene un nombre de mujer y una escenografía fantástica y exótica: Dorotea, Isadora, Zora.

jueves, 25 de julio de 2013

Marlés y el profesor


El profesor



 
¿Asistirá hoy a clase? No ha venido, no, pero sí, ahí está, ya entra. Hoy sí está, ahí sentada en la cuarta fila, con los ojos aplicados en los apuntes, con su espalda ligeramente arqueada hacia adelante, con su cuello de garza, largo y casi suspendido en el aire.

 
Los días en los que Marlés acudía a clase, el profesor sentía un desasosiego, que hacía que demorara más sus explicaciones, que intentara escucharse  a sí mismo y entonces era el desastre, se perdía en el hilo de su discurso. Era la primera vez que una alumna le inquietaba, hasta el punto que en cada intervención que dirigía al auditorio, elevaba la mirada al techo del aula y en un acto reflejo, se llevaba la mano a la cabeza como para acariciar sus entradas y se quedaba de nuevo en blanco. Al bajar la mirada y dirigirla al dorado cabello de Marlés, un hormigueo nervioso le sacudía el estómago. Se sentía mal durante toda la clase, tenía molestias en las articulaciones de la rodilla, esas que aparecían como presagio de algún cambio de tiempo o de ánimo. Durante meses no entendió lo que le estaba ocurriendo, a los cuarenta y siete años, de pronto la vida se le detuvo como en un semáforo al que llegas demasiado acelerado y debes  frenar en seco.
Luego, por la noche, mientras cenaba en casa con su mujer, su pensamiento estaba en otro lado y  no se percató de que ella, ya entonces, le notó cambiado. En la cama estuvo dando vueltas, sin poder conciliar el sueño y Marisa le observaba en silencio, casi inmóvil, fingiendo dormir. 

 
 

lunes, 22 de julio de 2013

Recordando a Carmen M. Gaite

"La edad de la obviedad" o de la añoranza de interlocutor
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Carmen Martín Gaite, Juan Benet, Correspondencia.
Edición de José Teruel. Galaxia Gutenberg.
Círculo de Lectores. 2011



   La primera idea que me atrapa al leer estas páginas, viene de Juan Benet, cuando habla de la relación entre el sujeto y los objetos o las personas importantes para él, y nos habla de las tres edades de la voluntad (62-75); entre ellas, la primera, “la edad de la obviedad”.
    Este sintagma nominal de suave aliteración desprende musicalidad y me lleva a pensar en la primera juventud, aquella en la que hasta los amigos y los amores aparecen sin justificación, sin previa intelectualización.
     En el libro de Carmen M. Gaite, El cuento de nunca acabar vuelve a aparecer este motivo de las edades, relacionadas ahora con la añoranza de un interlocutor verdadero para cada una de ellas. Distingue entre los falsos interlocutores (profesor, confesor, psiquiatra, periodista) que nos obligan a la narración forzada, y el narrador verdadero, añorado en la primera edad. Para Benet es ahí cuando el interés que despierta un objeto o un sujeto es equivalente a la voluntad que engendra, están ausentes las justificaciones y la intelectualización. Domina la obviedad:
    En la primera edad se lee por curiosidad insatisfecha. Se añora un interlocutor verdadero, con pasión e interés. En la edad adulta, en cambio, se lee por evasión a la reflexión.

    También me ha dado la certeza de algo obvio: todo lo mueve la búsqueda de un interlocutor, como una necesidad de espejo. El sentido de la escritura como  un acercamiento al otro, como la necesidad de la interlocución del otro que escucha, lector o receptor que a veces, ni existe.







domingo, 14 de julio de 2013

Don Camilo y Peppone


Don Camilo y Peppone

 


Artículo sobre el laicismo. Estoy muy ilusionado con el proyecto: contemplar la reacción de la gente ante el Papa, con algo de sociología de la religión. Voy a explicar la influencia que la religión tiene en el comportamiento colectivo del hombre y a la inversa; es decir, las interacciones recíprocas entre religión y sociedad. Qué es lo que mueve a una sociedad a recorrer kilómetros o a esperar horas de pie para quizá ver de lejos una pantalla con la figura del Papa. ¿Qué es sentir la fe? ¿Cómo es la confrontación entre laicismo y catolicismo? El propio Benedicto XVI parece que me alienta a escribir sobre el tema cuando, a punto de aterrizar en Santiago, ha expresado su alarma ante la deriva de España hacia un “laicismo agresivo”.Pero nadie podía imaginar que al final resultaría un artículo con sorpresa.
 
 
Durante la semana previa, la visita del Papa se dejó notar en la ciudad: restricciones de calles, banderas y pancartas en algunos balcones, desalojo de okupas, y multitud de actos de distintos colectivos. Todo estaba custodiado por veinte mil agentes que, debido al extravío de unos papeles, extremaron las medidas de seguridad durante el recorrido. Mi amigo Pablo iba anotando en su cuaderno todo lo que escuchaba y leía relacionado con la visita. Tomaba notas del ambiente, de la atmósfera. Barcelona era aquella semana un hervidero de rumores, noticias y opiniones relacionadas con la llegada del pontífice.
 
En el cuaderno:
Distintos colectivos preparan estrategias de difusión de mensajes contrarios a la visita: el movimiento laico ha creado la campaña con el lema “Yo no te espero”; se ha organizado un beso colectivo entre homosexuales para cuando pase ante ellos el papa-móvil, fiestas de disfraces, fiestas contra la política del Vaticano, una concentración de colectivos feministas que han criticado la misoginia de la Iglesia negándose a aceptar el sacerdocio femenino.
Pablo apuntaba las consignas de las feministas: "Somos brujas, somos pecadoras, somos mujeres libres. Manifestémonos contra el Papa", clamaba el manifiesto del colectivo y es que, a su juicio, así las considera la institución clerical al querer decidir "sobre sus cuerpos y libertades". "Fuera los rosarios de los ovarios" es otra de las altisonantes proclamas que anotó entre risas.
 
Se me olvidaba aquí recordar una nueva muestra de rechazo a la visita. Y es que tampoco acaba de agradar la actitud de la Santa Sede a muchos católicos de base. Algunos de ellos mostraron estos días su repulsa por los casos de pederastia cometidos por religiosos y denunciaron “el silencio guardado” por las jerarquías.
Domingo, 7 de noviembre, en la nave central del templo (inminente Basílica) de la Sagrada Familia se concentran todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, desde reyes a concejales. Algo más de seis mil invitados seguirán la misa en el interior del templo. En el exterior se ha reservado espacio para más de cuarenta mil personas, identificadas y previa exhibición de la invitación, que lo seguirán sentadas a través de las pantallas gigantes. El resto de fieles y curiosos deberán seguir la ceremonia desde la distancia o por televisión porque los accesos a la Sagrada Familia están blindados a los no residentes.
 
 
Pablo fue uno de los privilegiados del interior, se acreditó con tiempo y a primera hora del domingo ya estaban él y su mujer sentados dentro de la recién estrenada nave central. Fue curioso verlo por televisión desde mi casa, me había señalado exactamente su posición: “tercera fila, columnas siete y ocho”. Ahí estaba, en directo a las diez y diez de la mañana, asistía a la homilía de su santidad sin dejar de mirar a su alrededor y escribir en su cuaderno. Se le resistía una descripción de la extraña belleza arquitectónica del lugar, repleta de alegorías de la naturaleza y elementos religiosos.
 
Y al final de la ceremonia, cuando el Papa se dirigía hacia el exterior para el rezo del Ángelus, aminoró el paso y se obró el milagro. Durante unos instantes me perdí la retransmisión debido a unas interferencias, pero lo cierto es que minutos antes de las doce se cruzaron ambas miradas. Pablo la describió como escrutadora pero a la vez dulce, luego le besó la mano en un amago de reverencia. Carmen escuchó atónita las palabras que el Papa dirigió a su marido, y dice que se le grabaron a fuego en su memoria:
   −Yo he venido a cambiar tus últimas palabras por amor. ¿Qué busca tu corazón sino una verdad que sea amor? –le susurró el Papa casi en un hilo de voz.
Sorprendido y envuelto en un estado casi místico, mi amigo recoge el guante y la conversación fluye ante el desconcierto de todo el servicio de protocolo y seguridad.
 
    −Oh, su santidad, quisiera expresar aquí tantas cosas. Mi corazón necesita de mi entendimiento y de libertad para sentir amor. Pero venimos de un tiempo de sombras, de represión moral y política, un tiempo que nos hizo perder la fe.
      −Creo que haces mal −opinó Benedicto−. Este es un país que, hoy como ayer, se encuentra en un gran movimiento histórico.
      −Es que los poderosos cardenales acudían a jurar ante el dictador y jamás renunciaron a los privilegios −sentenció Pablo mientras elaboraba el broche final−. La Iglesia fue el apoyo más firme del Régimen.
      −Sí, sí. Es un país de contrastes dramáticos −afirmó Ratzinger−. Pensemos en el contraste entre la República de los años treinta y Franco, o en la dramática lucha actual entre la fe decidida y la secularización radical, que desarrolla formas en las que los hombres son apartados de la fe.
−Sembraron el miedo y la culpa en las escuelas  ─acusó Pablo y se quedó por un momento colgado de sus recuerdos−. Entraban en las alcobas y en la moral privada. De ahí generaciones de ciudadanos reprimidos, alienados. Y luego están la pederastia, los escándalos,  la condena de la homosexualidad, la reprobación del preservativo,…
 Me siento reconfortado con las muchas cartas que recibo de gente sencilla que me dan aliento, así como obsequios y alguna visita; y siento también el consuelo “de lo alto”, experimento al orar la cercanía del Señor en la oración, o en la lectura de los Padres de la Iglesia, veo el resplandor de la belleza de la fe.
Era raro, pero ningún miembro de la seguridad interrumpía este absurdo diálogo. Quizá ya  habían entrado en estado de gracia transportados de la vía purgativa a la iluminativa. (La unitiva mejor la alcanzarían en la intimidad).
  No, no hago deporte −continuó divagando Joseph ya con los ojos cerrados−. Sigo diariamente las noticias, y a veces también veo algún DVD con mis secretarios. Nos gusta ver a Don Camilo y Peppone.
En la pantalla del televisor volvía a recomponerse la imagen. Y es ahora que tengo más claro que nunca que aquel breve encuentro fue un signo revelador, pero revelador ¿de qué?  Y en el cuaderno: Ya en el exterior, el Rezo del Ángelus en la fachada del Nacimiento del templo de la Sagrada Familia cumplía puntualmente el programa establecido. 
 
 
 

 
 
 
 

miércoles, 3 de julio de 2013

Intemperie. Jesús Carrasco




Intemperie
Jesús Carrasco
Barcelona, 2013
Editorial Seix Barral.
Colección Biblioteca Breve
ISNB: 978-84-322-1472-1

 

Apuntes sobre una lectura.
Del arte de evocar
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Constituye, sin duda, una sorpresa la coincidencia de muchas y variadas referencias literarias que ofrece esta novela. Es como un milagro obrado en un panorama editorial  que intenta sortear la situación de crisis con las leyes del mercado y expertos en diseños de campañas.

El pasado otoño asistí a una entrevista pública  entre Luis Goytisolo y el crítico literario Ignacio Echevarría. Recuerdo ahora que anoté la distinción que hizo el primero entre estilo y tono. Se refirió al tono como aquello que despierta la emoción del lector, algo que tiene que ver con un runrún que te cuenta la historia, o al menos yo lo expresaría así. Pues bien, la lectura de Intemperie permite al lector un reencuentro con la literatura y más allá del estilo, con la emoción. Hoy Jesús Carrasco confiesa en otra entrevista que para él, el mejor estilo es el que no existe, y aspira a que el autor se diluya en la propia obra y desaparezca toda marca de ropaje estilístico. No estoy de acuerdo. Su uso magistral del lenguaje lo delata. El tono es desgarrado, parco, crudo, escatológico en ocasiones,  se le ha adscrito por ello al tremendismo de Cela; pero en ningún caso es aséptico o desnudo.

Novela artesanal, con una trama en apariencia sencilla pero que permite al autor desplegar un alarde de oficio en el arte de narrar. A partir de una situación inicial in media res: un niño espera agazapado  y muerto de miedo en un agujero a que sus perseguidores se alejen. Un niño indefenso en el centro de una infinita meseta árida, rodeado de tierra seca.

Este marco espacial no tiene nombre ni referencias; es un escenario expuesto a las inclemencias meteorológicas, al raso; o mejor, a la intemperie. El título de la novela es sin duda revelador, categórico. Traslada al lector al universo de Comala como paraje yermo y agotado y al apellido “Páramo” de la obra de Juan Rulfo. Por el contrario, es en las descripciones del paisaje donde aparecen los trazos más líricos;  al modo de Delibes, a quien el propio autor señala como influencia, la aridez del entorno se torna belleza.
 
Por si no fueran suficientes los referentes de la tradición literaria en cuanto al fondo, podemos señalar además otros tantos en la forma. Así, el sueño evocador de la página 144 es un sueño premonitorio o de anticipación. La descripción de los sueños del niño revelan una amenaza inconsciente: el perseguidor siempre a su espalda, el aliento en la nuca, el miedo atroz del niño.

Carrasco utiliza también la técnica narrativa de contar en condicional compuesto (pág. 185):

“Únicamente habría necesitado un par de minutos de lucidez para recordar las huellas de los caballos separándose junto a la alberca en la que él abandonó al tullido”.
 

Esto permite que el lector sepa más que el protagonista. El niño no ha advertido las señales de peligro mientras que el lector ya tiene la certeza de la gravedad de lo que va a acontecer.

Carrasco construye una metáfora sobre la miseria y la pobreza de los indefensos, sobre la desprotección, la falta de refugio y de amparo. Todo tiene que ver con la escasez y la sequía e impera la ley de la supervivencia. Pero a su vez, la aridez del terreno simboliza la situación de violencia y el abuso que amenaza al niño. La sequía ha sido la causa de que las aldeas cercanas se deshabiten. Aparece al respecto una única referencia temporal puesta en boca del personaje del tullido: “De eso hace ya un año”. En claro contraste con esta situación, la lluvia de la última escena de la novela tiene un efecto liberador, la amenaza ha pasado y el protagonista siente “como Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento”.

Los personajes también carecen de nombre: el niño, el cabrero, el alguacil, su ayudante, el Colorao, el tullido. Parecen arquetipos, seres desprovistos de individualidad pero dotados los dos personajes principales, de rasgos heroicos en ocasiones. Los antagonistas son aquí la encarnación de la más baja condición humana. También es heroico el tratamiento de la huida del niño, que supone el inicio de su viaje iniciático, de aprendizaje. Se trata además de una novela de itinerario, con rasgos quijotescos,  con la clásica trama de episodios o aventuras en el sentido de la propia Odisea. El episodio del tullido ofrece al niño la categoría de guerrero, de crecimiento en la adversidad, se siente convertido en hombre. Pero el cabrero le recrimina su “hazaña”. Está latente por todo el relato el componente religioso y el sentido de la justicia.

 

El miedo en cambio hace tantear al niño varias opciones antes de decidir un nuevo paso; así, se muestra reflexivo en medio de la atrocidad y la violencia, sopesa todas las opciones posibles antes de decidir y siente además remordimientos religiosos. Estamos frente a un héroe capaz de discernir. Ambos personajes son conscientes de la responsabilidad respecto del otro, se establece entre ellos un nexo nítido, de respeto mutuo. Y el triunfo, al final, es el de la dignidad humana sobre la violencia y la maldad. Este va a ser el legado del pastor, con más peso si cabe, que la venganza o la justicia.