Cuaderno de libros

IRIS MURDOCH, El mar, el mar.


El mar se veía de un verde luminoso junto a las rocas, y más lejos de un azul profundo.

El horizonte era una línea de oro. Las olas se deshacen en espuma, con una fuerza grácil, y  a la vez mecánica y regular. 

El mar mostraba un rutilante celeste pálido levemente agrisado, todo estremecido por pequeños movimientos.

El amor adopta la forma de puro respeto mutuo, afectuoso y profundo, el vínculo creado por la constante atención el uno hacia el otro. Sentía por ella una ternura profunda y pura.

El mar, acariciando las rocas, tenía una tersura aceitosa. El mar, cuando el sol queda cegado por alguna masa de nubes, adopta un tono de gris perlado, su luminosidad se apaga. El mar agrisado por las nubes.

También he ido tomando notas curiosas para mis listas de palabras importantes y eufónicas, por ejemplo, los adjetivos para describir el mar: terso, vidrioso, satinado, aceitoso, oleoso. Además he completado la enumeración de términos específicos de los colores, sí aquella tarea que apunté una tarde: Buscar los términos cromáticos especializados y hacer una lista de todos los tonos y matices de un color.

  ¡He terminado de leer la novela!  730 páginas nada más y nada menos. Antes de despedirme del cuaderno, sólo dos ideas que quiero apuntar para que no se me olviden:

1.      Una premonición, la imagen y las reflexiones que aparecen en el libro de la caída como imagen de muerte, de indefensión del cuerpo (página 532)

2.      Las reflexiones finales sobre lo que en realidad ha sido su vida ¿No ha sido de su juventud de lo que ha estado enamorado permanentemente?

3.      Las ideas sobre la finalidad de su libro, de su diario. Lo califica como el equivalente literario del cotidiano rostro sonriente tras el cual se ocultan los últimos estragos de los celos (de James, de Ben).

4.     De nuevo, una sentencia sobre el arte para cerrar, como en su anterior novela, El príncipe negro: “A diferencia del arte la vida tiene una irritante manera de seguir adelante, a tropezones, cojeando, desvirtuando conversiones, arrojando dudas sobre las soluciones…”

Se acercan las vacaciones y ya me he comprado una nueva novela de Iris Murdoch, la última que escribió, Amigos y amantes. De momento la tengo abandonada sobre la mesa del estudio, como olvidada. Pretendo retrasar su lectura y así perdura la ilusión por las primeras líneas. Así describía Clarice Lispector su Felicidad clandestina,
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.