"La conciencia de Zeno", de Italo Svevo

 




Italo Svevo, La conciencia de Zeno
Traducción de Pepa Linares
Alianza Editorial. 2023


El no viaje a Trieste, lejos de cansarme, ha avivado estas semanas mi interés por la novela del triestino Italo Svevo, pseudónimo de Ettore Schmitz, La conciencia de Zeno, publicada en 1923. Parecía un libro demasiado denso para releer en este abrasador verano, así que me propuse tan solo disfrutar de su lectura, sin pensar más allá, sin intención alguna de escribir sobre él. Pero el propósito se quedó en nada porque la voz de un narrador muy singular, Zeno Cosini, cargada de ironía y de cinismo pero también por momentos de ternura e ingenuidad, me (nos) interpela. Ah, y por cierto, de los “propósitos" también nos habla esta voz tan especial.

Además de la firme determinación de abandonar el tabaco, otros conceptos como “voluntad” o “empeño” se amplían en las disertaciones de Zeno desde los primeros capítulos:


“El gordo adelgazado me explicó que mi verdadera enfermedad no era el tabaco, sino el propósito. Debía hacer el intento de abandonar el vicio sin hacerme el propósito. (...) Habiendo logrado con mucho esfuerzo eliminar de mi ánimo todo propósito, conseguí no fumar durante varias horas, pero, cuando se me limpió la boca y noté un sabor tan inocente como el que ha de notar un recién nacido, me vino el deseo de un cigarrillo y, cuando me lo fumé, sentí el remordimiento y renové el propósito que quería desterrar”. (Svevo, I.: 27)

 

Más allá de la adicción al tabaco, la voz de Zeno Cosini insiste en los propósitos como motor de las rutinas de su gris y anodina existencia:

 

“Me resultaba fácil recordar los propósitos que me hice entonces, primero porque me hice otros idénticos en una época más reciente y, después, porque los anoté en una hoja de papel que todavía conservo. Me proponía volverme más serio, lo que en eses momento significaba no contar aquellos chistes que hacían reír, que me difamaban y que me conquistaban el amor de la fea Augusta (...) Venía luego el propósito de estar todas las mañanas a las ocho en mi oficina. (...) Había también varias promesas de dedicarme a lecturas serias, además de hacer todos los días una media horita de esgrima y de cabalgar un par de veces a la semana”. (127)

 

             La novela se presenta con el recurso de un manuscrito por encargo de su psicoanalista. En el Prefacio, el doctor S. cuenta que le pidió a su paciente escribir su vida para ayudarle a recordar el pasado y luego publica el texto, sin revisiones, como venganza por el abandono de la terapia. En estas memorias algo arbitrarias Zeno narra episodios relevantes de su vida mediocre que puedan revelar las causas de su “enfermedad”, una dolencia que funciona tal vez como metáfora de lucidez y revela la crisis del individuo.

“Llevaba muchos años considerándome enfermo, pero de una enfermedad que hacía sufrir más a los otros que a mí. Fue entonces cuando conocí la enfermedad “doliente”, una serie de sensaciones físicas desagradables que me hicieron muy infeliz”. (130)

 

La autobiografía como terapia. La obra indaga, a modo de parodia, los métodos de la psicoterapia freudiana. Así, sobre la adicción al tabaco de Zeno, este nos transmite las conclusiones del el médico:

“Ahora que la relación con mi padre había salido a la luz de día y se sometía a mi juicio de adulto, yo podía entender que había adquirido ese vicio para competir con mi padre y que atribuía un efecto venenoso al tabaco debido a mi sentimiento moral íntimo, que había querido castigarme con mi competencia con él. Aquel día dejé la casa del médico fumando como un carretero”.

 

Asuntos como la adicción al tabaco, la muerte del padre, el matrimonio, la culpa por las infidelidades, su actividad en el mundo de los negocios y la relación con el psicoanálisis (en los años en que Freud difunde nuevas técnicas de introspección psicológica), conforman un ejercicio de autoconocimiento que resulta finalmente fallido.

3 de mayo de 1915

He dejado el psicoanálisis. Después de practicarlo con asiduidad durante seis meses enteros, estoy peor que antes. (...) Ahora me encuentro más enfermo y más desequilibrado que nunca y creo que escribiendo me limpiaré con mayor facilidad del mal que me ha causado el tratamiento”. (500)

 

Se trata del relato de la propia vida del protagonista, un hombre gris, de 57 años, perteneciente a la burguesía de Triste de principios del siglo XX. El juego de espejos está ya dispuesto, los episodios aparentemente triviales son narrados con el afán de autoconocimiento, en el intento de justificar sus acciones y decisiones tomadas en momentos importantes de su vida. Pero es un relato nada fiable, pues el mismo Zeno confiesa que se ha permitido mentir, o mejor dicho, inventar y lo justifica con la dificultad para expresarse en italiano para un hablante del dialecto triestino:

“Él (Guido Speier) hablaba italiano con toda naturalidad, mientras que Ada y yo estábamos condenados a nuestro dialectucho.” (139)

 

“El médico deposita también demasiada fe en esas benditas confesiones mías que no quiere devolverme para que las revise. (...) Ignora lo que significa escribir en italiano para nosotros, los que hablamos en dialecto, pero no sabemos escribirlo. Una confesión por escrito es siempre embustera. Con cada una de nuestras palabras italianas mentimos! (...) (501)

 

            En cuanto a la forma o el estilo, la novela es ejemplo de los cambios en las estructuras narrativas de la década de los años 20, un periodo clave de renovación estética y profunda exploración de la conciencia dentro de la literatura universal. Comparten el interés por la crisis de la conciencia y la fragmentación del tiempo, obras como Ulises de James Joyce (1922), En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust o La señora Dalloway de Virginia Woolf (1925), entre otras. La renovación se concreta en el uso de la primera persona, la falta de una trama propiamente dicha y que se adereza con digresiones o cavilaciones de un protagonista neurótico o el desorden cronológico en que se presentan los acontecimientos, siempre narrados desde un ángulo subjetivo.

La conciencia de Zeno se cierra de forma ambigua, con un mensaje algo críptico. En los últimos párrafos presenta una imagen apocalíptica: la humanidad podría llegar a destruirse a sí misma. La enfermedad es ahora general, se ha convertido en universal y está encarnada en las máquinas, los artefactos, la tecnología…Zeno imagina que algún día un hombre, gracias a la tecnología, fabricará un explosivo de una potencia inimaginable, un artefacto que podría destruir la Tierra y hacer desaparecer a la humanidad.

“Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, convertida de nuevo en nebulosa, errará por los cielos libre de parásitos y de enfermedades”.

 

Más sobre el estilo en

La vida irrelevante. CCCB 9. Italo Svevo. La conciencia de Zeno

 

 

 


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