Trieste, impresiones para un no viaje

 




Jan Morris. Trieste o el sentido de ninguna parte. 

Traducción de Lucía Barahona. Madrid: Gallo Nero, 2017 (reimpresión, abril de 2023)



Sentir atracción por una ciudad sin haber estado nunca allí produce un doble efecto. Por un lado, despierta un irrefrenable deseo de volver donde nunca estuve; por otro, incita a no partir y a quedarse suspendida en la idea del lugar que guarda la memoria, un lugar acuñado por lecturas y ensoñaciones.

 Recuerdo ahora La Poétique de l'espace (1957), de Gaston Bachelard, donde el autor aborda la configuración de los espacios refugio, espacios captados por la imaginación como proyección de nuestras experiencias vividas, soñadas o anheladas.

Yo jamás he visitado la ciudad de Trieste, capital de la región italiana de Friuli-Venecia Julia, donde confluyen, por su ubicación fronteriza, distintas culturas: la italiana, la eslovena, y también la austrohúngara. Fue el primer puerto marítimo del Imperio de los Habsburgo. Todo este influjo está presente en la arquitectura, la lengua o la gastronomía. Pero es la amplia tradición literaria de la ciudad de la bora (viento frío del mar Adriático), lo que me conmueve y me lleva cada verano a viajar a Trieste. 

Autores como Stendhal, Rilke, Joyce, Freud, Svevo, Saba, Magris o Slataper conforman su legado literario. Pienso que también pertenece a esta nómina la escritora Jan Morris (Reino Unido, 1926-2020), autora de textos luminosos sobre el evocador efecto «Trieste» y el carácter melancólico de este lugar de frontera:

«Lo llamo el efecto Trieste; como si durante un breve instante proverbial me hubiera escapado del tiempo a ninguna parte».

 

    La editorial Gallo Nero describe la obra Trieste o el sentido de ninguna parte como el «melancólico relato de Trieste. Un viaje en el tiempo, evocando los cafés y los muelles que fascinaron a Joyce y persiguiendo el fantasma de Italo Svevo, ciudadano ilustre de este «no lugar».

    Y, como cada verano, me escapo del tiempo, anhelo el viaje y busco de nuevo en sus páginas el «meaning of nowhere» del que habla Jan Morris.

 

    «La melancolía es la principal expresión de Trieste. En casi todo lo que he leído acerca de esta ciudad, a lo largo de los siglos los escritores han evocado su melancolía. No responde a ninguna suerte de desconsuelo punzante capaz de llevar a anhelar la muerte. En mi propia experiencia, es más parecido a nuestro hiraeth galés, y se manifiesta en una amarga dulzura y en el anhelo de no se sabe qué». (82)

 

    «Incluso Marcel Proust, que jamás visitó Trieste, hace que su narrador lo considere un “lugar delicioso donde la gente es pensativa, las puestas de sol son doradas y las campanas de la iglesia tañen melancólicas”. Umberto Saba, el poeta triestino in excelsis, parece haberse sentido habitualmente melancólico en la ciudad que amaba: pensaba que la calle Lazzaretto Vecchio “es un reflejo de mis largos días de dolor cerrado”. (82)

 

      «El mismo mar de Trieste, a pesar de que se extiende hermoso bajo las colinas, raras veces me parece un mar risueño. (...) Ningún otro lugar puede ser más apacible que la bahía en plena noche. Sin embargo, pese a todo, el mar de Trieste se mantiene eterno, llueva o brille el sol, esté claro u oscuro». (83)

 

Trieste o el sentido de ninguna parte es mucho más que un libro de viajes. Estructurado en breves capítulos, el libro entrelaza la experiencia personal de la autora con referencias literarias y la historia de una ciudad marcada por la nostalgia tras la caída del Imperio austrohúngaro y su posterior anexión a Italia.


     «Trieste plantea tristes preguntas sobre una misma. ¿Para qué estoy aquí? ¿A dónde voy? Tuvo ese efecto en mí cuando era adolescente, y ahora que he superado los setenta, a mi inmaduro modo todavía lo siento así». (83)


Jan Morris, en 1988.


  


   «En mi opinión, esta ciudad es existencialista, y su finalidad es ser ella misma». (211)




    «Hay lugares que han significado más para mí que Trieste. (...) Sin embargo, aquí más que en ninguna otra parte me acuerdo de los tiempos perdidos, de las oportunidades perdidas, de los amigos perdidos, con la dulce tristeza que es onomatopéyica al lugar». (219)





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