“Las voladoras”, un cuento de Mónica Ojeda
Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) forma
parte del grupo de autoras latinoamericanas que, en la última década, están
configurando el canon de la narrativa del siglo XXI. Se trata de una generación
que visibiliza la violencia ejercida sobre la mujer, tanto desde centros de
poder como en el ámbito doméstico; los feminicidios o la pobreza extrema de los
que habitan los márgenes. En las novelas se urden tramas nada convencionales en
el fondo y en la forma, y se proyecta una mirada ácida sobre la sociedad contemporánea.
La violencia aparece tanto de forma explícita como simbólica, especialmente
relacionada con el cuerpo femenino, el deseo y el miedo. A esto se suma muchas
veces la creación de atmósferas opresivas que mantienen una sensación constante
de amenaza.
Se trata de autoras nacidas entre
finales de los sesenta y finales de los ochenta del siglo pasado cuyas obras
han alcanzado una enorme visibilidad internacional. Entre otras, destacan las
argentinas Selva Almada, Mariana Enríquez, Dolores Reyes o Samanta Schweblin;
las mexicanas Fernanda Melchor, Guadalupe Nettel o Valeria Luiselli, las
colombianas Margarita García Robayo o Pilar Quintana, así como la peruana
Gabriela Wiener y las ecuatorianas María Fernanda Ampuero o Mónica Ojeda.
Tras las novelas Nefando
(2016), donde explora la dark web y Mandíbula (2018), sobre adolescentes
obsesionadas con las historias de terror compartidas en redes, Mónica Ojeda
publicó la antología de cuentos Las voladoras, que reúne ocho relatos y
fue finalista del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2020. El libro
fue seleccionado como uno de los mejores libros del año por El País, El Mundo y
la edición en español de The New York Times.Su última novela publicada es Chamanes
eléctricos en la fiesta del sol (2024).
“Trabajo con las violencias de la
intimidad. Son violencias en lugares de un supuesto cobijo y protección. La
casa como un lugar peligroso, e tortura y sometimiento de las mujeres. Son
asesinadas en ámbitos íntimos, en ámbitos muy distintos a donde los hombres son
asesinados, en ámbitos públicos”.
En Las voladoras Mónica Ojeda
indaga sobre obsesiones como la violencia, el miedo y los deseos prohibidos,
pero también aborda temáticas como la violencia en el ámbito doméstico, el
aborto, la sexualidad o la religión en un estilo que ella misma definió como
"gótico andino":
“Lo entiendo como un tipo de
literatura que trabaja la violencia —y por tanto el miedo— generada en una zona
geográfica específica: la Cordillera de los Andes, con todas sus narraciones,
mitos, símbolos y su desnuda contemporaneidad. En cualquier caso, entiendo el
gótico andino como una literatura que aborda la violencia y los miedos
particulares de ese territorio, con toda su historia y su contexto”.
El relato “Las voladoras” abre y da título a la antología. La cita de inicio: “De villa en villa, de viga en viga, sin Dios ni Santa María”, es una frase que, a modo de ritual, pronunciaban estas criaturas místicas, brujas con un solo ojo, cabello largo y las axilas impregnadas de ungüentos. Se trata de una leyenda de la mitología andina, transmitida de forma oral. Las voladoras convertían a los hombres en gallos o en manos de plátanos cuando había necesidad de ocultarlos, pero nunca para hacerles daño y utilizaban hechizos para ocultar los romances prohibidos que mantenían con hombres que no eran sus esposos.
Además, la narración fusiona lo real con lo fantástico al incorporar elementos de la tradición andina, como las voladoras, sin separar claramente mito y realidad. Esto crea una atmósfera ambigua y sobrenatural.
La historia aborda los secretos
perturbadores de una familia y cómo la figura de la "voladora" altera
su entorno. Se presenta como catalizadora del despertar sensorial y sexual, que
con “sus axilas que chorrean miel y su olor a vulva y sándalo”, irrumpe en el
ámbito doméstico, donde la protagonista, adolescente, observa fascinada las
alteraciones que provoca en sus padres. La voladora despierta un sentimiento
ambiguo en su madre, donde la repugnancia convive con el deseo, y provoca la
excitación paterna. La trama gira en torno al paso a la adultez de la
protagonista quien abre el cuento interpelando a un interlocutor ausente:
«¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo?» Se rebela frente a la imposición
de callar de alguien que parece representar el poder religioso. Lo hace con respeto,
pero sin avergonzarse del relato que va hilando sobre las voladoras y su
familia. Interpela a su interlocutor con marcadores propios de la oralidad como
«¿sabe?», «¿entiende?» para confirmar que sigue el hilo de la conversación,
pero sin buscar su aprobación.
Al final, la joven adopta las
características de la voladora. Por las noches sube al tejado con los brazos
abiertos y las axilas untadas en miel, convirtiéndose en una criatura del
bosque y la noche. Asume finalmente la feminidad de su cuerpo, el tamaño de sus
caderas, su voz y vello.
El relato concluye con la joven negándose a bajar la voz, lo que remite a su inicio. Así, la estructura es circular y se confirma la apropiación de un relato de empoderamiento femenino.
“¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que
hacerlo? Si uno murmura es porque teme o porque se avergüenza, pero yo no temo.
Yo no me avergüenzo.”
___________________
“Yo no me avergüenzo del tamaño de
mis caderas. No bajo la voz. No le tengo miedo al pelaje. Subo al tejado con
las axilas húmedas y abro los brazos al viento.”
Además, la narración fusiona lo real
con lo fantástico al incorporar elementos de la tradición andina, como las
voladoras, sin separar claramente mito y realidad. Esto crea una atmósfera
ambigua y sobrenatural. Sin embargo, el relato encierra una doble interpretación
porque desde el género de lo fantástico admite una explicación sobrenatural de
la historia. La irrupción de la voladora derrumba el equilibrio familiar de la
narradora, ya que provoca en su madre un desvarío entre el deseo y la repulsión
y provoca en su padre un estado de alta excitación sexual. Sin embargo, la
relación erótica sexual que mantiene con la protagonista puede explicarse como
un mecanismo de defensa para poder afrontar los abusos que sufre a manos de su
propio padre. La voladora es entonces el símbolo de la violencia ejercida por
un progenitor perturbado.
“Espero que lo entienda: un ser así trae el futuro. Y después de unos meses yo empecé a hincharme y todos los caballos enloquecieron. Todas las cabras durmieron. Usted tiene que explicarle a la congregación que esto fue lo que sucedió: que a papá le turbaba que yo durmiera con el zumbido de las abejas. Sudaba. Se tocaba debajo de los pantalones. Mamá, en cambio, se cortó el pelo y lo enterró al pie del manzano más viejo del bosque”.
Este relato de Mónica Ojeda se caracteriza por un estilo que combina lo sensorial, lo violento y lo mítico, creando una experiencia de lectura intensa e inquietante que puede llegar a incomodar. La autora utiliza un lenguaje poético y perturbador, con imágenes impactantes que contrastan con la dureza de lo narrado. Destaca, además, la presencia de imágenes sensoriales intensas en relación con el cuerpo con percepciones físicas como olores, sonidos o texturas.
“El
día en que sangré por primera vez ella desapareció durante una semana. Mamá
fingió ponerse contenta, pero en las madrugadas regaba leche en el suelo de la
cocina que luego lamía con toda su sed. Se subía al tejado con las axilas como
un panal. Volaba unos metros. Caía desnuda sobre la hierba”.
El relato es una muestra de cómo Mónica Ojeda subvierte
y renueva el realismo mágico tradicional, mezclando lo real, violencia
intrafamiliar, trauma, con elementos fantásticos y míticos para explorar lo horrendo y lo sublime de manera visceral. Lo
fantástico es ahora una irrupción inquietante que desestabiliza la realidad y apela e incomoda directamente al lector.
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