"Léxico familiar", de Natalia Ginzburg
El arte de la novela.
La novela autobiográfica. 7 de abril de 2026
Léxico familiar, Natalia Ginzburg
Anna María Iglesia
Natalia Ginzburg es una autora mucho
más compleja de lo que puede parecer. No podemos hablar de Léxico familiar
sin ubicarla dentro de su trayectoria narrativa, ensayística y también de
compromiso político. Va mucho más allá del antifascismo. Léxico familiar
no es su primera expresión autobiográfica. Tiene que ver con un yo pensado como
un nosotros, que mira hacia atrás, hacia la generación de los padres. Es una
novela donde ella está desdibujada, es observadora de lo que va narrando, habla
del otro y nunca habla de sí misma. Cuenta un tiempo y se dirige a un
“nosotros”. No soy yo quien hablo, mi historia dice algo de mi historia
colectiva. También tiene que ver con las generaciones futuras y cómo
interpelarlas. Lo autobiográfico para Ginzburg es una experiencia colectiva. Es
importante la figura del interlocutor desde el primer momento del proceso de
escritura.
El título de la novela apela al léxico, aquello que construye nuestra realidad, nuestra manera de ver el mundo. La primera herramienta que se manipula desde el punto de vista político es el léxico. Habla de una serie de valores, imperantes en la Italia donde ella nació. Las casas son un espacio fundamental, la casa revela las tensiones del exterior. Los modos de vida revelan lo que está afuera. Narrando lo cotidiano está narrando todo aquello que se establece fuera. Las casas son páginas en donde se inscribe la memoria personal y colectiva: la casa de Turín, la de Roma, ciudad a la que se trasladó desde su Turín natal siendo muy joven y donde vivió con Leone Ginzburg hasta que tiene que huir cuando este es apresado y asesinado por el fascismo en 1944. Y la Rom a la que vuelve ya es otra Roma.
En
las primeras páginas habla de cómo el reconocimiento familiar entre sus
hermanos se basa en el lenguaje. La narradora crece con unos valores
inmutables, muy rígidos, de su padre, que representaban el mundo que el
fascismo derrocó. Su escritura memorialística tiene que ver con la idea de
tratar de restituir el sentido de un mundo que se ha trastornado. El lenguaje
ha perdido su sentido, la capacidad de darle orden al mundo. Ginzburg no habla
de Adorno o Benjamin, pero sí habla de la realidad como “un espejo de cristales
rotos". La escritura autobiográfica se convierte en un intento de darle un
nuevo sentido de cara a las generaciones futuras.
En
1946, en Las pequeñas virtudes escribe: “Ha pasado la guerra… hay algo
de lo que no nos curamos y pasarán los años y no nos curaremos nunca…” La idea
de la pérdida se inscribe en los objetos y en el lenguaje. Ya no hay certeza a
pesar de que el ritual sigue. El léxico es lo único que ha quedado. La madre,
cuando la hermana mayor se casa, llora desesperada porque se queda sin
interlocutor. Natalia no cuenta para la madre porque tenía otros intereses. Hay
una escapada hacia el inconformismo. Se narra de qué manera el léxico era una
forma de salvar a los hijos. La novela juega con un choque de valores, un
léxico de los padres que no siempre es entendido por los hijos, que están
redefiniendo un nuevo mundo. ¿Qué papel juega entonces la memoria? El resultado
es una frustración. No hemos sido capaces de construir un léxico nuevo tras el
fascismo. No consigue fraguarse un lenguaje nuevo.
Ficción
y memoria no son indisociables en la narrativa de Natalia Ginzburg. Uno de sus
primeros textos se lo dedicó a Marcel Proust, el narrador de la memoria que
representa bien la idea del espacio como receptor de la memoria. “Las ciudades
están hechas de estratos superpuestos en los que hemos vivido”. Los espacios y
la memoria tienen que ver con la vivencia directa. Todos los espacios son
huidizos, se escapan y se transforman, nada permanece sólido. No describe en
ningún momento a sus familiares. Le interesa lo experiencial, quiere que los
personajes vivan y, en el momento de vivir, narren su experiencia, su historia.
En su última entrevista, que ofreció al periódico argentino Página 12, Natalia Ginzburg afirmaba sobre La ciudad y la casa:
“Hoy la realidad es oscura,
fragmentaria, incoherente e indescifrable […]. Escribiendo novelas, siempre
tuve la sensación de tener en la mano espejos rotos, y sin embargo siempre
esperaba poder recomponer finalmente un espejo entero… Esta vez, no obstante,
desde el inicio, no esperaba nada”.
La ciudad y la casa es una novela epistolar, de carácter fragmentario, publicada siete años antes de su fallecimiento en 1991, que gira en torno a un grupo de amigos que se enfrentan a un mundo que está llegando a su fin: los viejos valores, las tradiciones en las que habían crecido, la familia punto de referencia… Todo parece desmoronarse, lo único que permanece son las casas. Ambas novelas funcionan como un díptico, como intentos de construcción de lenguaje y la constatación de que aquellas promesas que palpitaban han fracasado.
“El mundo se ha transformado en algo
incomprensible. Ya vimos la estupefacción de Sartre, Kafka, Camus, frente al
absurdo del mundo. No intento entenderlo. Solamente describirlo”.

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