Las autoras ausentes del canon del Boom

 


El Boom latinoamericano fue definido principalmente a través de autores masculinos (Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, entre otros) que conformaron una narrativa dominante en la renovación literaria de los años 60 y 70. Si bien visibilizó la literatura del continente, muchas escritoras quedaron al margen del canon editorial. Se trataba de un canon masculino hegemónico que silenció a las mujeres escritoras del mismo periodo.

Afortunadamente, desde los años 80 y gracias a los estudios con perspectiva de género, la crítica literaria ha recuperado a estas autoras como parte fundamental del Boom y del post-Boom. En un firme movimiento de revalorización, muchas autoras han ido saliendo a la luz tanto en estudios académicos, como en la prensa, en festivales y sobre todo, en editoriales comprometidas con la reparación y la visibilidad de las autoras. La intención es integrar a las mujeres coetáneas o contemporáneas de los autores del Boom Latinoamericano a esta misma entidad que, hasta hace pocos años, no ha reconocido la participación ni la influencia directa de escritoras muy importantes sobre muchos de los autores.

La crítica académica contemporánea viene insistiendo en que la selección del canon, eminentemente masculino, no se explica por la supuesta ausencia de producción femenina, sino por las redes editoriales, mediáticas y críticas que privilegiaron voces masculinas dentro del mercado editorial. Sin duda, este “silenciamiento” no ocurrió por una sola causa, sino por varios factores culturales, editoriales y críticos.

El Boom se consolidó a través de redes de amistad, promoción y colaboración entre escritores hombres, como Gabriel García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa, José Donoso, Octavio Paz y otros. Estos autores se apoyaban mutuamente, compartían editoriales y contactos, y aparecían juntos en entrevistas, congresos y campañas editoriales. Las escritoras raramente formaban parte de esas redes de promoción. Además, editoriales importantes, como Seix Barral, promovieron el Boom como un fenómeno literario protagonizado por los “cuatro grandes” autores masculinos. Esto creó una marca comercial donde las autoras quedaban fuera.

Por otro lado, existían los prejuicios de género en la crítica y muchos críticos literarios de la época consideraban la escritura de mujeres como “doméstica” o “menor” y sus obras fueron clasificadas como literatura social o femenina, categorías que recibían menos atención crítica en ese momento. Por el contrario, la crítica privilegiaba temas asociados con la gran historia o la política, vistos como más “serios”. Así, textos escritos por mujeres fueron menos reseñados o analizados en universidades y revistas. Pero todos estos factores quedan contenidos en uno solo: el contexto social patriarcal que dominaba en muchos países de Latinoamérica durante los años 60. Las mujeres tenían menos acceso a redes intelectuales, enfrentaban expectativas sociales tradicionales (matrimonio, maternidad) y tenían menos oportunidades de viajar, residir en Europa o participar en círculos culturales internacionales, algo que sí favoreció a muchos autores del Boom.

Escritoras como Elena Garro, Clarice Lispector, Rosario Castellanos, María Luisa Bombal o Silvina Ocampo, entre otras, que experimentaron con formas narrativas similares y contemporáneas a las de ellos, sí lograron cierta relevancia, aunque siempre menor y por supuesto quedaron fuera del canon principal del Boom.

La autora mexicana Elena Garro anticipó en su novela Los recuerdos del porvenir (1963) elementos que luego se asociaron al Boom, como la exploración de la memoria colectiva o el uso de una voz narrativa original. Muchos críticos consideran que anticipa el realismo mágico, antes incluso de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Los conflictos políticos y personales con intelectuales mexicanos y, principalmente, su matrimonio con Octavio Paz, fueron causas que influyeron en su marginalización y en un menor apoyo editorial internacional.


 Clarice Lispector, una de las escritoras más innovadoras del siglo XX, con novelas como La pasión según G.H. (1964) también quedó fuera del canon pese a presentar una narrativa experimental con exploración psicológica profunda. La novela es una exploración existencial y metafísica de la identidad, la conciencia y los límites del lenguaje a través de una experiencia íntima y perturbadora vivida por su protagonista.


La mexicana Rosario Castellanos, por su parte, elaboró una obra lúcida y combativa desde el feminismo y la crítica del colonialismo interno en México. Novelas como Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962) tratan temas centrales de la literatura latinoamericana: desigualdad social y colonialismo interno. Abordó las tensiones entre criollos e indígenas, entre mujeres y estructuras patriarcales, desde una voz intelectual comprometida.  Sin embargo, su obra fue etiquetada como literatura “social” o “femenina”, categorías que la crítica de la época valoraba menos y tuvo menor promoción internacional.

En las últimas décadas, la crítica feminista ofrece marcos teóricos para entender por qué las obras de mujeres no fueron incluidas en el canon del Boom. Así, es preciso analizar las prácticas de legitimación cultural, los mecanismos editoriales que determinaron qué obras circulaban internacionalmente, y las estructuras de género que reprodujeron desigualdades en el acceso al reconocimiento institucional.

La presencia de autoras en la literatura latinoamericana no debe verse como un estallido repentino, sino como una existencia continua de producción. Su presencia actual es un reajuste crítico que reconoce aquello que “siempre estuvo” a pesar de no haber sido incluido en el canon predominante La integración de estas voces no solo reescribe el pasado, sino que plantea preguntas sobre cómo se construye el propio canon literario.


*Imagen 1 de La cadera de Eva 







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