La pasión según G.H., de Clarice Lispector

 

Considerada por la crítica la obra maestra de Clarice Lispector (1920 -1977), La pasión según G.H. (1964) es un monólogo introspectivo que explora la identidad, la conciencia y los límites del lenguaje. Su estilo se ha comparado con el de Virginia Woolf y James Joyce y su autora está considerada como una de las voces latinoamericanas más leídas y reconocidas en todo el mundo. Entre sus obras más importantes figuran, además, Cerca del corazón salvaje (1944) y La hora de la estrella (1977). En la actualidad, la obra de Lispector continúa despertando interés en editoriales y en el ámbito académico.

G-H., protagonista y narradora de la novela, de cuyo nombre solo conocemos las iniciales, realiza un ejercicio de autoexploración que desemboca en crisis existencial. El recorrido conlleva un proceso de desintegración del yo en una larga travesía (vía crucis) hacia la búsqueda de una verdad trascendente sobre la vida.

            La cita inicial de Bernard Berenson que abre la novela tiene relación con la exploración de la identidad y cómo está conformada. Es un aviso para navegantes:

A complete life may be one ending in so full identification with the non-self that there is no self to die.

“Una vida completa puede terminar en tal identificación con la ausencia del yo. que no haya un yo que muera.”


            G.H. es una escultora de clase acomodada recién divorciada que una mañana decide ordenar el cuarto de servicio del apartamento que ocupaba su antigua empleada de hogar. Es en esa habitación donde la protagonista vive una experiencia angustiosa cuando, al abrir el armario, se encuentra con una cucaracha.

“Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semioscuridad, se había movido una cucaracha enorme. Mi grito fue tan ahogado, que solo por el silencio contrastante me di cuenta de que no había gritado." (...)

 Por su lentitud y su tamaño, debía de ser una cucaracha muy vieja. En mi arcaico horror por las cucarachas había aprendido a adivinar, incluso a distancia, su edad y sus peligros; aunque nunca me había encarado realmente con una cucaracha, conocía sus procesos vitales”. 

 

            G.H. aplasta el insecto con la puerta del armario y, a partir de ahí, inicia un viaje introspectivo, íntimo y perturbador. Comienza un largo proceso de reflexión sobre la identidad, la conciencia, la materia o el sentido de la existencia. El monólogo interior es el molde ideal para la expresión de pensamientos y reflexiones de carácter existencial. Sirve de marco a una narrativa autorreflexiva de gran profundidad. G. H. cuestiona su identidad individual, su pertenencia al género humano; cuestiona además el lenguaje, que le resulta ineficaz, cuestiona el amor y la esencia de la vida, para al final fundirse con lo universal en una experiencia casi mística. Y es que G.H. lleva su vivencia al extremo cuando ingiere la materia blanca de la cucaracha aplastada. Es un acto repulsivo, pero a la vez, profundamente simbólico. El insecto representa un ser prehistórico, anterior a ella. Funciona como metáfora de interconexión con la vida cuando ya la protagonista se ha despojado de todo lo que conforma su identidad.

“Yo que había pensado que la mayor prueba de transmutación de mí en mí misma sería ponerme en la boca la masa blanca de la cucaracha. Y que así me aproximaría a lo… ¿divino? ¿A lo real? Lo divino para mí es lo real”.

Crispé mis uñas en la pared: sentía ahora lo repugnante en mi boca, y entonces comencé a escupir, a escupir furiosamente aquel sabor de cosa alguna, sabor de una nada que, sin embargo, me parecía casi dulcificado como el de ciertos pétalos de flor, sabor de mí misma; me escupía a mí misma, sin llegar jamás hasta el punto de sentir que por fin hubiese escupido mi alma entera”.


Sin duda, la imagen del insecto evidencia una intertextualidad referenciada en La metamorfosis, de Franz Kafka (1915). En ambos casos está latente la necesidad de búsqueda de la propia identidad, pero el escarabajo es para Kafka un símbolo de decadencia y Gregorio Samsa tiene un conflicto con el sistema de vida tanto en el mundo exterior como en el interior y su transformación es física. La protagonista de La pasión según GH, en cambio, se transmuta en sentido contrario en un ser anterior, está saliendo de sí misma camino de la verdad preexistente. Su disputa con la vida y su transformación es interna.

Pero, ¿y el lenguaje? ¿Cómo abordar la dificultad que entraña expresar un proceso de despersonalización de tal profundidad? La autora articula técnicas narrativas acordes con el cumplimiento de tal propósito: un monólogo interior que se afana en la búsqueda de un interlocutor, movido por la necesidad de verbalizar lo vivido, o mejor, de recrearlo para resignificar la experiencia. Desde las primeras líneas, G.H. va configurando a su interlocutor: Primero la búsqueda:

“... Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido”.

            “Alguien imaginario”...

            “Por el momento estoy inventando tu presencia”,


La narradora parece dirigirse a un “tú” indeterminado, quizá un lector; o puede que sea ella misma en una especie de desdoblamiento interior, donde se habla para entenderse, con plena conciencia de que no logra dominar su relato. La apelación crea una interlocución ambigua que involucra al lector en la experiencia.

“Dame tu mano. No me dejes sola en esto que no sé nombrar, porque tengo miedo de lo que vi y de lo que soy ahora”. (...)

“Voy a intentar decir lo que me pasó. Pero no sé si lo que digo es lo que pasó o lo que estoy consiguiendo decir ahora”. (...)

“Estoy intentando entender. Estoy intentando dar a alguien lo que viví y no sé a quién dárselo. Y no sé cómo darlo”.


            El resultado es una prosa fragmentada y la trama queda subordinada a las reflexiones en torno a la experiencia, si bien el lenguaje es incapaz de expresarla. G. H. no puede expresar completamente su experiencia. El texto reflexiona sobre su propia insuficiencia expresiva y ante el fracaso del lenguaje, el discurso se vuelve fragmentado, repetitivo, casi desesperado.  

“No sé cómo decir lo que pasó. Las palabras que tengo no sirven, voy a tener que inventar otras, o tal vez aceptar que lo que viví no cabe en ninguna palabra".


G.H. subraya la inefabilidad de la experiencia que ha vivido y, como si de un proceso místico se tratara, acude a la paradoja, el oxímoron y la antítesis para expresar la complejidad del discurso. Y aparece entonces otra intertextualidad literaria, ahora con la poesía mística:

“Era una claridad oscura, una evidencia que no iluminaba, sino que cegaba, como si ver demasiado fuera dejar de ver”. (...)

    “Por no ser, yo era. Hasta el fin de aquello que no era, era. Lo que no soy,         soy”.


Así, al final de la novela, hemos asistido a una experiencia casi religiosa, con estructura similar a una pasión, tal como señala el título. Ha sido un proceso duro, con abandono y renuncia del yo, con sacrificio, sufrimiento y angustia existencial, para llegar a la revelación.

“El vía crucis no es un desvío, es el paso único, no se llega sino a través de él y con él. La insistencia es nuestro esfuerzo, la renuncia es el premio". 


El final muestra la culminación del proceso de G.H: ha terminado el proceso de desintegración del ego y de búsqueda de una verdad más profunda sobre la vida. Ahora solo queda admirar lo incomprensible.






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