martes, 5 de febrero de 2019

Iris Murdoch en su centenario


Iris Murdoch en su centenario (1919-2019) 

Por Ignacio Echevarría.
Fundación Juan March.
Madrid, 29 de enero 2019

Iris Murdoch (Dublín, Irlanda, 1919-Oxford, Reino Unido, 1999) plasmó sus ideales filosóficos en novelas como El unicornio (1963), El mar, el mar (1978, con la que ganó el Premio Booker) o El libro y la hermandad (1987), a la manera de ingeniosos diálogos platónicos y morales, con personajes y situaciones de la tradición literaria británica. 
Abre Ignacio Echevarría su conferencia con la declaración de que se trata de una autora a la que adora y se considera “culpable” de haber contribuido a crear muchos adeptos a las novelas de Iris Murdoch. Describe su obra como un caudal inmenso que pone en juego conceptos como la verdad, la bondad, el bien, la libertad, el amor de los otros.

Semblanza inicial de la autora.
Nacida en julio de 1919 en Dublín, en el seno de una familia protestante, se traslada pronto a vivir a Londres. Su padre fue un gran aficionado a los libros. Mantuvo siempre un recuerdo muy feliz de todo el entorno familiar de su infancia.
Tras estudiar lenguas clásicas y filosofía en Oxford y leer su tesis sobre Wittgenstein en Cambridge, dio clases en el oxoniense St. Anne College hasta que pudo retirarse a escribir. 

En la inmediata posguerra viajó a Bélgica y Austria para participar en programas de ayuda a los refugiados, y allí recibió una influencia decisiva del existencialismo, de Sartre (sobre quien escribió su primer ensayo), y de Beckett, irlandés trasplantado como ella. Hoy ella reconoce esas influencias, pero sobre todo se reclama eslabón de los grandes realistas del XIX, como Tolstoi, de Proust, y sobre todo de los británicos: Dickens, Henry James, las hermanas Brontë y Thomas Hardy. Y Shakespeare, a quien considera gran maestro de realistas. "¡El inglés le debe tanto a Shakespeare!", dice. "Él mostró a tantas clases de gente, exhibió tantas emociones, enseñó tanto sobre política!".

En 1954 publica inesperadamente su primera novela Bajo la red, a los 35 años, un debut deslumbrante. El libro fue elegido entonces por la revista «Time» como una de las cien mejores novelas en inglés del siglo XX. Se encuentran en él los elementos esenciales de la obra de la autora: la abundancia de diálogos, las situaciones hilarantes y rocambolescas, las reflexiones filosóficas y algo que la identifica de un modo especial, una especie de teatralidad en el comportamiento de sus personajes que lleva al lector a imaginarse la acción en un escenario o en una gran pantalla. En esta ocasión seguimos a Jake Donaghue, un escritor y traductor que vive en casa de su novia hasta que ésta le echa porque se ha enamorado de un corredor de apuestas. En su deambular por Londres en busca de un lugar en el que vivir gratis, Jake visita a una antigua novia, Anna, una cantante que pasa por una mala época y que le pone en contacto con su hermana Sadie, en cuyo apartamento tendrá lugar uno de los episodios más humorísticos y cinematográficos de la novela. También visitará a un viejo amigo, Hugo, un filósofo al que traicionó cuando se apropió de sus ideas para publicar un libro.

IM perteneció a una tradición de novelistas inglesas de mitad del siglo XX, dos o tres generaciones de escritoras cultas que no aspiraban al canon ni adoptan los formalismos de los escritores masculinos. A finales de los 60 y hasta bien entrados los 70, IM escribe a un ritmo frenético una serie de novelas extraordinarias:El sueño de Bruno, Un hombre accidental, Una derrota bastante honrosa, El príncipe negro, El mar, el mar, Henry y Cato.Y muchísimas más. Numerosos premios y reconocimientos y se fraguó el mito de una autora a la que se calificó en vida como «la mujer más brillante de Inglaterra».

Tuvo una vida amorosa intensa y proteica con muchos hombres y algunas mujeres, algo que por otra parte no le impidió mantener un matrimonio largo y feliz con el profesor y crítico John Bayley, seis años más joven que ella y que la cuidó hasta el final, cuando el alzhéimer se lo quitó todo salvo la bondad, según recuerdan aún sus devotos amigos. En un libro hermoso Elegía para Iris, publicado tras la muerte de la autora, identifica la promiscuidad de su mujer con una ganas de relacionarse con la gente y su afán de conocimiento. Ella misma explica su naturaleza versátil con el mito de Proteo.

«Cuando nuestra relación se hizo más seria, y cuando nos dimos cuenta de que nos encaminábamos inevitablemente hacia una separación o una solución que no podíamos prever, Iris mencionó una o dos veces el mito de Proteo. Fue en respuesta a mi desesperado comentario de que no la entendía, o de que no entendía a la mujer en la que se transformaba para las numerosas personas con las que se relacionaba. “Acuérdate de Proteo”, y solía decirme. “Tú no me sueltes y todo irá bien.” Proteo tenía el poder de cambiar de forma a voluntad-león, serpiente, monstruo, pez,-pero , cuando Hércules lo asió fuertemente durante todas esas transformaciones, al final se vio obligado a rendirse y a adoptar de nuevo su forma humana.
Yo le respondía con tristeza que no era Hércules…nos echábamos a reír y volvíamos a ser aquellos jóvenes alegres: como cuando nos bañamos por primera vez en el río».

FILOSOFÍA
IM optó por la Filosofía Moral. Platón es su gran referencia filosófica. Participó en numerosos debates con grandes pensadores.
Iris Murdoch abrazó las dos corrientes filosóficas del momento: la filosofía analítica y el existencialismo francés. Y sobre el marxismo y el psicoanálisis, aunque de este último llegó a afirmar que uno de los efectos del psicoanálisis es que le hace a uno concentrarse enormemente en sí mismo, pensar demasiado sobre uno mismo, mientras que el mejor remedio para el sufrimiento es ayudar a otros. 
A diferencia de la mayoría de sus colegas en Oxford y Cambridge, Murdoch estaba interesada sobre todo en la vida moral y en las posibilidades reales que el ser humano tiene de hacerse mejor persona. La idea del Bien en un mundo sin Dios fue siempre su principal preocupación y a ella le dedica estos tres ensayos combativos y edificantes, que recoge Taurus en esta edición con el título de La soberanía del bien. Andreu Jaume nos ofrece una nueva traducción anotada de este clásico del pensamiento así como un largo ensayo introductorio en el que se estudia la vida, la filosofía y las novelas de quien fue definida en su tiempo como «la mujer más brillante de Inglaterra».

Reaccionó para restituir la idea de moral que puede no expresarse pero que tiene eficacia dentro de la mente del sujeto. Conceptos básicosson el bien, lo bueno, la poesía y el arte, y el concepto de atención. Toda la idea del Bien le sirve para construir una Ética: ser buenos. ¿Cómo podemos hacernos moralmente mejores?Esta es la pregunta que late en toda su obra y explica la mecánica de sus novelas. El gran arte es un propósito de acercamiento y revelación de la realidad.

Citas:
«Se da un completo equívoco cuando se plantea la existencia de “dos culturas”…no hay más que una sola cultura…el aspecto más esencial y más fundamental de esta cultura es el estudio de la literatura, pues resulta educadora de nuestra manera de representar y de comprender las situaciones humanas. Antes de ser científicos, somos seres humanos y agentes morales, y es con palabras como debemos debatir el lugar de la ciencia en la vida humana. Es la razón por la cual es y será siempre importante haber oído hablar de Shakespeare más que de cualquier sabio, si existe algún “Shakespeare de la ciencia” éste es Aristóteles».

«El Bien como tal no es visible, Platón describe el hombre de bien como el único que en rigor es capaz de mirar el sol…» [prosigue manteniendo que la ética debe adoptar nuevos términos conceptuales, para lo cual –según ella- el recurso a Platón se torna necesario].

«…El papel del amor en sus manifestaciones cotidianas…Platón era partidario de tomarlo como punto de partida. En un sentido no se puede más que estar de acuerdo con la idea de que el amor es la cosa más importante de todas; pero al mismo tiempo el amor humano es normalmente profundamente posesivo hasta el exceso y también demasiado “mecánico” para ser portador de una visión…»

Entrevista de El Mundo (14 / XI / 1992) :
«Hay algo en la naturaleza humana que requiere una moralidad. El tipo de bondad que el cristianismo asumió fue algo absoluto, pero creo que deben preservarse las grandes religiones, no para tomar literalmente el cielo y esas cosas, sino en el sentido de que nos pueden mostrar cómo es la bondad, qué aspecto tiene. Soy platónica. Creo que Platón representa uno de los más serios intentos del pensamiento humano de imaginar la posibilidad de la bondad y también de recoger los intentos que los seres humanos han hecho para encontrar un modo de vivir desinteresado, altruista…la imagen de la cueva…este proceder de salir de lo oscuro hacia la luz es el abandono del egoísmo hacia lo que es bueno…muchos sistemas filosóficos dependen de imágenes, de metáforas. Por eso no deberíamos perder de vista las verdades contenidas en la Biblia, en Jesucristo…»

NARRATIVA
Si decidió dedicarse a la novela fue porque consideró que la filosofía, después de Wittgenstein y Heidegger —a los que nunca dejó de estudiar y dar vueltas—, se había vuelto inoperante para lo que a ella le interesaba y que básicamente consistía en la experiencia moral del ser humano. Con Platón como eterno guía, reformuló el estatuto de la novela afiliándose a la corriente que va de George Eliot hasta Henry James y Proust, prescindiendo tanto de la experimentación estilística como de la crónica factual.

Murdoch es una de las escritoras que más esfuerzo dedicó en el siglo XX a revitalizar y reivindicar el poder de la novela como instrumento de transformación moral. Es la autora de una vasta obra de más de veinte novelas, cuatro obras de teatro, poesía y numerosos artículos de filosofía (asignatura que enseñó en Oxford durante años), entre los que destaca “Against dryness” (Contra la sequedad)

Iris Murdoch construye novelas muy relacionadas entre ellas, juega con elementos recurrentes, con personajes muy parecidos. El amor y os enredo amorosos juegan un importante papel en sus novelas. Traduce a todo Shakespeare a la novela contemporánea. (La tempestad, Hamlet,..)
Explora una categoría que es el enamoramiento, como hecho accidental y el amor como una construcción ética.

«Consideremos el hecho de estar enamorado. Consideremos igualmente las tentativas para controlar tal estado…Allí en donde hay emoción fuerte como es el caso en el amor sexual, el odio, el resentimiento o la envidia, la “voluntad pura” no tiene generalmente gran poder. No tiene gran utilidad decirse: “ contente del enamoramiento contén tus impulsos, sé justo”. Lo que necesitamos es una reorientación que conllevará otro tipo de energía, proveniente de otra fuente. Notamos aquí las metáforas de la orientación y de la mirada…Acabar deliberadamente con el estado amoroso no se debe a un sobresalto del querer, es la adquisición por medio de la atención de nuevos objetos, y por consiguiente de nuevas energías, a partir de una focalización nueva…que seamos susceptibles de recibir moralmente ayuda focalizando nuestra atención sobre cosas que tienen un valor intrínseco: gentes virtuosas, obras de arte, quizá la idea misma del bien…»
«El Amor es la tensión entre la imperfección del alma y la perfección del atractivo que se supone hallarse más allá de ella misma ( Platón en El Banquete lo explica…). ..amor es el nombre general dado a la calidad de nuestros afectos; esta cualidad está sujeta a infinitas degradaciones y puede ser la fuente de nuestros más grandes errores…Que el amor existe es el el signo indudable de que somos criaturas espirituales, sometidas a la atracción de la excelencia y hechas para el Bien. El Amor es el reflejo del calor y de la luz del sol».

Harold Bloom duda de que haya ningún otro novelista británico (pero se refería a los vivos, y lo decía hace más de veinte años) que tenga la altura de Murdoch. Pese a lo cual, son muchas las reservas que sus libros le suscitan, entre las cuales menciona su 'estilo anacrónico' y su forma de narrar resueltamente 'anticuada'. 'Los procedimientos novelísticos de Murdoch', observa Bloom, 'parecen dejar de lado la época de Samuel Beckett y Thomas Pynchon, post joyceana y posfaulkneriana, casi como si ella afirmara así su continuidad directa con los principales maestros de ficción rusos y británicos del siglo XIX'.

Tiene razón Bloom. Pero conviene añadir que esta actitud tiene un fundamento ético. Está ligada a algo tan grave y tan elemental a la vez como es la búsqueda de la verdad. Por decirlo con las altisonantes palabras que emplea Bradley Pearson, el escritor que protagoniza El príncipe negro (1973), otra de las grandes novelas de Murdoch: 'El arte concierne a la verdad no sólo esencialmente, sino absolutamente. Es otro nombre para designar a la verdad'.
Quizá el anacronismo de Murdoch consista en confiar al arte una misión clarificadora, que, sin eludirla en absoluto (clarificadora no es lo mismo que simplificadora), subordina la complejidad a la búsqueda de la verdad. 'En un mundo sin redentor', se dice el protagonista del Castillo de arena, 'sólo la claridad era la respuesta apropiada para la culpa'.
Lo que caracteriza mayormente el arte narrativo de Murdoch es su extraordinario sentido de la teatralidad. Shakespeare, antes que Tolstói o George Eliot, es el gran inspirador de su vocación novelística. Repletas de suculentos diálogos, de situaciones carcajeantes y rocambolescas, las novelas de Murdoch tienen mucho de vodevil; son formidables enredos que, dejando a un lado la riqueza y la originalidad de sus observaciones, la increíble plasticidad moral de sus personajes, parecen andar reclamando una adaptación escénica (y de hecho, con frecuencia la han obtenido). 

El protagonista de El mar, el mar (1978), una de las obras maestras de Murdoch, ofrece la clave de este proceder:
'Las emociones', dice, 'existen realmente en el fondo de la personalidad, o en su cima. En la zona intermedia, se representan. Por eso el mundo es un escenario'. 
Lo cual debe ponerse en conexión con la convicción, expresada por Murdoch en otro de sus libros, de que 'la novela es una forma cómica'. La vida, en general, es cómica para Murdoch. 'Prácticamente toda descripción de nuestros actos resulta cómica. Somos infinitamente cómicos para los demás. Hasta la persona más adorada y amada le resulta cómica a su amante', señala el ya mencionado Bradley Pearson de El príncipe negro. Por eso, añade, la ironía -y Murdoch es, al lado de tantas cosas, un maravilloso ironista- es nuestro necesario aunque peligroso instrumento. 
'La ironía', puntualiza Bradley, 'es una forma de tacto (qué palabra tan divertida). Es nuestro ponderado sentido de la proporción en la elección de formas para la encarnación de la belleza. Y la belleza está presente cuando la verdad ha descubierto la forma idónea'.

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