martes, 22 de enero de 2019

Enmudecer


Releyendo la novela de José María Guelbenzu, por razones que no vienen ahora a cuento, El río de la luna, en la edición de Ana Rodríguez Fischer en Cátedra, he tropezado con una cita sobre la timidez que me parece extraordinaria:
…”Fidel nunca fue un tímido. O probablemente lo fuera, pero pertenecía a esa clase de personas cuya voluntad de vivir convierten la timidez en una forma peculiar de audacia…”

                   ENMUDECER
Aquella tarde de agosto, como cada jueves, esperábamos la visita de tía Ángela. Llegaba con el rostro húmedo de sudor, la respiración jadeante y sincopada como la de un perro. Me saludaba con dos besos y dejaba el rastro de rojo carmín en mis mejillas. 
Y a continuación pronunciaba el sortilegio:
—Esta nena nunca habla. Es muy vergonzosa. Parece muda.
Luego sacaba del bolso un abanico y aireaba efluvios de perfume de azahar a su alrededor. El piso de la calle Miraflores era en los veranos un horno de los que tienen un respiradero. Era una planta baja con patio, que en vacaciones se hacía mucho más pequeño. El patio era más fresco si corría algo de aire, pero por las tardes teníamos que bajar la cortina para frenar al sol.
El primer jueves de agosto en el que esperábamos a tía Ángela, yo había preparado casi de memoria unas cuantas palabras que, ordenadas a modo de fraseo, resultaban de lo más natural y espontáneo:
—Hola tía Ángela. Hoy vienes muy guapa. Me gusta mucho este vestido.
Mi madre había dejado el portón abierto y la cortina de mimbre cerraba el paso al sol tórrido de agosto. De repente y sin llamar, apareció tía Ángela con la respiración rápida y poco profunda de los perros. Tras el segundo beso sonoro y mientras oprimía plegada en su mano mi barbilla, empecé a balbucear: 
—Ho-la-vie-nes-muy-gua-pa.—...y sin darme tiempo a terminar la frase, soltó el fatídico: 
—Esta nena nunca habla. Es muy vergonzosa. Parece muda.
A partir de aquel mismo instante tomé la decisión de urdir un plan secreto y diabólico. Fueron las vacaciones de La historia interminable.Había optado por tomar el camino opuesto. Cuando llegara a casa alguna visita, yo desaparecería, escondida en mi habitación, y no iba a hablar NUNCA más, ni una sola palabra. La nena no iba a parecer muda, sería muda. Deseaba ser olvidada para siempre. Como una de esos “niños callados”, que se niegan a hablar ante algunas situaciones. 
El jueves siguiente regresó el rostro oleoso de tía Julia. El sol apretaba más que nunca. Saludé a mi tía con una mueca y asentí con la cabeza a todos sus comentarios conocidos. Sigilosamente, casi sin ser vista, me deslicé por el ángulo de la pared del salón hasta desaparecer de allí. 
Al cabo de unas horas escuché algo parecido a una despedida y la misma tía Ángela qué preguntó como de pasada: “¿Dónde está la nena?”
A mí madre le salió la respuesta de manera natural, como si la hubiera ensayado muchas veces o como si supiera con seguridad lo que yo había hecho durante toda la tarde.
—¿La nena?..Leyendo en su habitación.
No sé si fue esa misma tarde o la siguiente, pero recuerdo que un cielo gris y apretado que, de repente, se abrió y estuvo lloviendo durante varios días seguidos. Con la decisión de enmudecer, se creó una corriente de aire, entre el patio y el salón, que mitigó el calor. Aquello no me pareció muy extraño. 
Para mí los jueves dejaron de ser especiales.

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