martes, 18 de julio de 2017

¿Por qué nos conmueve el estilo de Juan Rulfo?




Este año se celebra el Centenario del nacimiento del escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986), autor de Pedro Páramo (1955) o El Llano en llamas y otros cuentos (1953). El legado es ciertamente muy breve pero ha marcado una influencia de muy largo recorrido en la literatura contemporánea. Así, García Márquez lo tuvo muy presente para la concepción del famoso realismo mágico. Ambos se sintieron atraídos por el estilo y algunos motivos de William Faulkner, como la presencia de la voz de la muerte. Los tres son escritores que construyen su propio marco rural como espacio narrativo: En Comala o Luvina moran o deambulan los personajes de Rulfo, en Macondo los de García Márquez y Yoknapatawpha es el condado ficticio de la obra de Faulkner.

      Pero ¿Qué hay en el estilo de Rulfo que hace que a pesar del paso del tiempo logra conmovernos?
La RAE define “conmover”, del latín conmovēre como 1. tr. Perturbar, inquietar, alterar, mover fuertemente o con eficacia a alguien o algo. U. t. c. prnl. y 2. tr. enternecer (‖ mover a ternura). María Moliner, en su diccionario de uso del español, se extiende algo más y precisa una gama de verbos de proceso como Estremecer, sacudir, causar emoción, causar alteración una escena de ternura. En ambas definiciones hallamos un sema común: la idea de un desplazamiento, aunque no físico, que provoca en nosotros una mudanza de estado.

En el cuento “Luvina”, el parroquiano bebedor describe así la ciudad:

Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca.

La desolación en paisajes y gentes está muy presente en la obra de Rulfo. En Luvina hay algo que hace que los habitantes no sonrían. Podemos imaginar sus caras “entabladas” para no sonreír, están abocados a la tristeza, al abandono, al vacío. Y en el espacio geográfico, el paisaje también es árido, estéril, seco. En la novela Pedro Páramo, Comala es un personaje más

¿Y por qué se ve esto tan triste?, pregunta el hijo de Pedro Páramo cuando ve Comala por primera vez. Sin embargo, él recuerda la visión de la llanura verde que le describió su madre antes de morir, un Comala idílico que ha desaparecido. Ahora es purgatorio y hasta infierno donde los personajes se mueven como sombras. Por encima de todo, lo que más fuerza tiene es el recuerdo. Preciado va a recordar a Comala, con los ojos de su madre, a revivir un pueblo que ya está muerto. La muerte está aceptada por todos con naturalidad.
El propio narrador muere hacia la mitad de la novela, y se convierte en otra sombra que susurra. La historia iniciada por Juan Preciado continúa en las voces colectivas que diluyen al narrador. Todos quedan atrapados en el limbo a al espera de la redención. El sentimiento de orfandad también nos conmueve, porque está en todos los personajes de la novela.

Los ecos, los murmullos, los diálogos que se abren de repente y se cierran son expresados con una gran naturalidad, con una rara resignación. Las descripciones son fragmentadas y la narración no es lineal. La memoria es un elemento que transforma la realidad. Y el lenguaje es muy poético, da en la esencia de lo que nombra. Por ejemplo, todo apunta a la sequía salvo cuando aparecen las mujeres. Únicamente en los recuerdos de las mujeres sopla un viento oloroso a limones. En la aridez inmensa basta el brote de una hoja o la mención del agua para lograr un efecto estremecedor.

...Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había dicho mi madre. «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz». Mi madre... la viva.