domingo, 27 de noviembre de 2016

El Quijote y la novela moderna

El Quijote y la conquista de la realidad.
Ignacio Echevarría

CCCB
Institut d´Humanitats de Barcelona

Hemos llegado abriendo paso entre la lluvia, y es que a la ciudad le ha dado por llover en este noviembre. Gris oscuro en el aire y en las calles. Ignacio Echevarría ya espera en la entrada del aula. Se le han mojado los zapatos y tal vez piensa que nadie vendrá a verle esta tarde. Pero no es así. Agradece que estemos ahí a pesar de la lluvia. 
Y añade: “Estoy encantado de que nadie me presente.”

Para su disertación, parte del tópico que tantas veces se ha expresado de que el Quijote fundó la novela moderna, categoría (apunta) que emplea dos términos problemáticos: “novela” y “moderna”. Cervantes nunca se refirió a su obra como una novela, ni antes, ni durante, ni después de escribirla. Se sabe ya que el Quijote comenzó a ser escrita como una de las novelas ejemplares que le fue creciendo, hasta convertirse en otra cosa. Habla de “Libro” o se refiere a él como “una historia verdadera”. Aparecen otros adjetivos: “verdadera, sencilla, agradable, imaginada, nueva, ...”. Insiste en el adjetivo “verdadera” ( o ficticia, que se hace pasar por verdadera), para lo cual debe tener visos de verosimilitud. Y es que la parodia de Cervantes es hacia los desmanes de inverosimilitud que se daban en las novelas de caballerías.

   Décadas antes de el Quijote, se escribió la que podría ser la primera novela moderna, por lo que tiene de conquista de la realidad: El Lazarillo de Tormes. Por vez primera un texto se presentaba al lector, con elementos idénticos a los de la realidad del lector. Tan solo dos aspectos hacen pensar en la falsedad de lo que se narra: sus bajos orígenes y la afirmación de su condición de cornudo al final. Ambos determinan su carácter ficcional. Se lleva la realidad a la ficción y prepara el camino para el Quijote. La novela moderna surge, pues, del hecho de la conquista del realismo. Y no es casualidad que el realismo se abra paso como conquista de la imaginación, cuyos términos se someten a la realidad y no al revés.
    La novela tiene que ser heredera de las formas épicas del pasado, es un segregado de la historia, la perversión de una historia que se daba por verdadera. Se trató de emplear la prosa como legitimadora. El verso sí era literatura, pero la prosa no. Era el vehículo del derecho, de la filosofía, de la oratoria..., de lo real. Optar por la prosa era apostar por el límite entre la realidad y la ficción.
El Quijote plantea una realidad verosímil y trasladaba al lector la posibilidad de aceptarla o no como verdad. Debe juzgar por sí mismo. El cronista duda de que eso que se cuenta sea verdad (parte II, cap. XXIV):

No me puedo dar a entender ni me puedo persuadir que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles, pero esta de esta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables.
En la nota a pie de página, lo apunta Francisco Rico: “Cide Hamete requiere al lector a intervenir como si fuera el juez del comportamiento de los personajes y el que sopesara la autenticidad de la narración.”
Así, esta historia nace como género consciente de sí misma. Está en ella la ironía, el relatismo, el diálogo, la polifonía, la metaficción (por cuanto trata el problema de escribir novelas). Su exigencia de verosimilitud se halla en la tensión con el gusto por la narrativa de aventuras o imaginativa.


En el capítulo XXXII, en la venta de Maritornes, aparece un repertorio de gustos y formas de leer. El ventero se jacta de que los libros de caballería entretienen a los segadores, se leen en voz alta y todos en el grupo tienen la facultad de discernir entre realidad y ficción. Don Quijote rompe con esa facultad y es, por tanto, un mal lector. Cervantes está haciendo una reflexión sobre cómo leemos, sobre la problemática de leer. Muchos de sus personajes son lectores, empezando por Alonso Quijano. 
Es la historia de un loco que se cree todo aquello que lee.