martes, 13 de mayo de 2014

Ramblas de Barcelona, 1952


El señor marqués me ofreció el puesto de patrón.  Mi interés por la vida en el mar crecía y crecía. Durante el mes a bordo seguía estudiando y cada vez me apasionaba más el mar.


 Continué mis estudios ocho horas diarias incluso los domingos, cuando todos los marinos se iban a divertir por las calles del barrio chino, al Panams o al club de billares Monforte. Recuerdo un domingo que ya cansado de estudiar, me fui de paseo con los amigos de mi padre. Era divertido subir o colgarnos del  33, el tranvía que salía de la Barceloneta y nos llevaba hasta las mismas Ramblas, siempre iba cargado de gente a rebosar. Primero se tomaban unas copas en los billares con un par de partidas y luego, justo enfrente, se plantaban en los portales donde unas prostitutas muy arregladas hacían repicar sus tacones sobre el mármol de la entrada al paso de los mozos. A mí ya entonces todos me llamaban el Santito, porque nunca bebía alcohol ni fumaba pitillos ni puros ni nada; aunque las chicas sí que me gustaban. Yo me pedía refrescos como la gaseosa, o tomaba cafés sudados y se burlaban diciendo que así nunca sanaría del asma, que el tabaco hacía calmar la tos.

Uno de los amigos de mi padre y además un fijo de la dotación del barco, no es otro que Vicente, un rudo pescador soltero, a quien en aquellos años ya le tiraban los jovencitos, algunos realmente niños. Los buscaba en las colas del cine Latino, junto al teatro Principal y el Monforte, donde los billares. Casi siempre pasaban sesión doble de  películas muy antiguas, como Fumanchú, o cosas así, pero los domingos el cine se llenaba de chicos, algunos acompañados de sus padres y otros en grupo. Vicente esperaba las indicaciones de los mirones, que hacían guardia en las taquillas observando el ganado, como decían, y él aguardaba en las filas de butacas raídas a que algún chico se sentara a su lado y poder tantear los magreos y manosearle sus partes. A veces, tenía que cambiarse de sitio según lo viera, pero  en más de una tarde salió escaldado y magullado.



En aquellos años de miseria los burdeles estaban a rebosar y los precios eran muy baratos. A mí, como a todos, me tocó hacerme un hombre en las pensiones de las Ramblas. Había que pulsar un timbre rojo para entrar, subir a una primera planta y esperar en una sala no muy grande, con las paredes repintadas en tonos fuego o malva, donde las disponibles aguardaban a los clientes sentadas en unos butacones desgastados. Había mujeres de todas las edades y estaturas; algunas te sonreían y otras te miraban pícaras lanzando besos al aire mientras se acariciaban los pechos. Pero las más baratas estaban en las calles, desafiaban con sus tacones los adoquines mojados y te llamaban sin disimulo. Eran las pajilleras, mujeres apretadas que por unas monedas te lo hacían en los cines, con pulsera musical y todo, de esas que sonaban como si portaran un cascabel al compás del magreo; aunque entonces también tenías que pagar al acomodador para que te reservara un sitio discreto.