Escritoras de posguerra y canon literario

La narrativa escrita por mujeres en la posguerra ocupa hoy un lugar central en el canon de la literatura española del siglo XX. Sin embargo, la mayoría de escritoras tuvieron que superar las trabas de la censura y los prejuicios de la crítica que hablaba con distancia de literatura “femenina”, intimista, de asuntos domésticos, menores... 

Durante las décadas de 1950 y 1960, el canon crítico español privilegiaba el realismo social, con obras de carácter testimonial, de denuncia social, reflejo de la sociedad y con algo de compromiso político. Ahí están La colmena (1951), de Camilo José Cela; El Jarama (1956), de Sánchez Ferlosio o Las ratas (1962), de Miguel Delibes. Pero las escritoras de la época desviaron el enfoque realista hacia los espacios de intimidad y el rol sumiso de la mujer bajo la ideología del régimen. A pesar de la gran calidad de sus obras, la recepción crítica de las novelas escritas por mujeres estuvo marcada por la mirada masculina, la condescendencia y la marginación del canon oficial. Así, la obra de Ana María Matute ha sido valorada muy tardíamente, la crítica tradicional la calificó peyorativamente de infantil o fantasiosa; la narrativa de Mercè Rodoreda se ha despojado al fin de las etiquetas de cursi o sensiblera y la crítica actual valora su aportación formal y temática a la literatura europea y es considerada la escritora en lengua catalana más importante del siglo XX.

 

 «La chica rara» y el espejo

El acceso definitivo de estas autoras al canon literario oficial no se consolidó hasta finales del siglo pasado. Y, entre otras contribuciones, fue de gran importancia el paradigma de «La chica rara», que se remonta a la primera posguerra. Se trata de una expresión concebida por Carmen Martín Gaite (1925-2000) y que alude a una de las imágenes más sugerentes de la crítica literaria del siglo XX. La autora desarrolla el concepto en el ensayo del mismo título, incluido en Desde la ventana (Enfoque femenino de la literatura española)*. El libro reúne cuatro conferencias pronunciadas en la Fundación Juan March en 1986, y «La chica rara» es la cuarta. En ella, Martín Gaite analiza el personaje de Andrea, protagonista de Nada, la novela de Carmen Laforet, y traza una serie de rasgos comunes a las heroínas de otras obras como Los Abel, Nosotros los Rivero o Entre visillos. Son chicas que escapan al rol social que se esperaba de ellas como mujeres sumisas y domesticadas y encarnaban un modelo femenino radicalmente distinto del promovido por la sociedad franquista.

La “chica rara”, cuyo reinado inauguró la heroína de Carmen Laforet, no sólo rechazaba la retórica utilización de “sus labores” predicada por la Sección Femenina, sino que empezaba a convivir con una idea inquietante, difícil de encajar y de la que cada cual se defendía como podía: la de que no existe el amor de novela rosa. (...)


La autora destaca en ellas por encima de todo su sensación de extrañamiento, soledad y búsqueda de libertad dentro de una sociedad cerrada:

Sueñan con perderse en una calle donde nadie las conozca, donde, convertidas en seres anónimos, puedan dejar de sentir la servidumbre de unos lazos agobiantes y caducos. (...)


Con el tiempo, la crítica literaria convirtió esta denominación en una categoría de análisis para describir a otras protagonistas creadas por varias narradoras de la posguerra: jóvenes que no terminan de identificarse con los papeles que la sociedad les asigna, observadoras más que protagonistas de su tiempo, lectoras, intelectualmente inquietas, independientes y con frecuencia incómodas ante un mundo que limita sus expectativas. Así, después de Andrea aparecen figuras como Valba, en Los Abel (1948), de Ana María Matute; Lena, en Nosotros los Rivero (1953), de Dolores Medio o Natalia, en Entre visillos (1957), de la propia Martín Gaite.

Este paradigma de mujer, que de una manera o de otra pone en cuestión la “normalidad” de la conducta amorosa y doméstica que la sociedad mandaba acatar, va a verse repetido con algunas variantes en otros textos de mujeres como Ana María Matute, Dolores Medio y yo misma. Y por ser Andrea el precedente literario de la “chica rara”, en abierta ruptura con el comportamiento femenino habitual en otras novelas anteriores escritas por mujeres, es por lo que interesa analizar los componentes de su rareza, relacionándolos con la época en que este tipo de mujer empieza a tomar cuerpo. 


La crítica ha estudiado precisamente este conjunto como una evolución del arquetipo de la «chica rara». Y se da una especie de juego autobiográfico: las propias escritoras que crean a estas chicas también fueron, en cierto sentido, «chicas raras», porque ellas mismas tuvieron que buscar una manera de escapar del destino femenino que les había sido asignado.

Es precisamente la puesta en cuestión de las historias de final feliz otra de las características comunes a muchas novelas escritas por mujeres a partir de 1944, que proponen una relación nueva, dolorosa y dinámica de la mujer con el medio en que se desarrolla su formación como individuo.




Desde el exilio

La narrativa escrita por mujeres en la posguerra se desarrolló también en el exilio republicano, donde muchas escritoras pudieron escribir al margen de la censura franquista, aunque a costa de quedar durante décadas fuera del canon español. La obra de estas escritoras aporta una mirada distinta sobre la posguerra. María Zambrano aborda la memoria y la razón poética; Rosa Chacel, la identidad femenina, la modernidad y la creación literaria; Mercè Rodoreda explora literariamente sobre el desarraigo y la reconstrucción del yo.

El diálogo entre el exilio interior y el exilio geográfico constituye uno de los ejes más interesantes de este periodo. Volvemos a dos autoras como Ana María Matute y Mercè Rodoreda, ambas cruzaron los límites de la recepción crítica inicial y ocupan hoy un lugar central en el canon literario de la posguerra española y catalana. Ambas autoras lograron trasladar la dura experiencia de la Guerra Civil y el exilio a través de estéticas marcadamente poéticas y simbólicas.  

En obras como Primera memoria (Premio Nadal 1959), Ana María Matute retrató la crueldad de la Guerra Civil a través de los ojos de los niños e introdujo lo alegórico y la fantasía. La obra cumbre de Mercè Rodoreda, La plaça del diamant (1962) aborda la opresión y el trauma de la guerra a través del monólogo interior y el simbolismo poético. La propia Carmen Martín Gaite identifica en el personaje de Natàlia, la Colometa, el arquetipo de «la chica rara». En una reseña de la novela, la escritora salmantina confiesa su admiración por Mercè Rodoreda por el logro de retratar la difícil vida de las mujeres ante el trauma de la guerra, la soledad, o su lucha contra las precariedades desde una mirada femenina, íntima y honesta.

Otras voces del exilio, como María Teresa León, Ernestina de Champourcin, Luisa Carnés o Silvia Mistral, están siendo objeto de estudio por parte de los estudios literarios actuales para sacarlas del olvido y devolverles visibilidad en el canon de la narrativa de posguerra.

 

  •   MARTÍN GAITE, Carmen, Desde la ventana (Enfoque femenino de la literatura española) Prólogo de Emma Martorell. Espasa Calpe, 1987.






Comentarios

Entradas populares de este blog

Los niños tontos (2). Sobre los cuentos

"En memoria de Paulina". Un cuento de Bioy Casares

SOLENOIDE, la novela traslúcida

"El indulto", un cuento de Emilia Pardo Bazán

Mi hermana Elba y los altillos de Brumal. De los límites difusos