Un cuento mágico: “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”

 


El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. 



Imagen: Getty Images.

En 1950, Gabriel García Márquez publicó una serie de artículos periodísticos con el subtítulo de «Apuntes para una novela»: «Camino a Macondo», «La casa de los Buendía», «La hija del coronel», «Un día después del sábado» o este «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo», relato publicado en 1955, en la revista Mito, y posteriormente incluido en el libro Ojos de perro azul (1972).

El texto anticipa, sin duda, algunos de los elementos centrales del universo narrativo de Macondo que culminará en Cien años de soledad. Está la gestación del espacio mítico-literario de Macondo donde lo extraordinario asoma desde la subjetividad de una voz que narra, que en este caso es el monólogo de una mujer, Isabel. Además, 1955 es el año de publicación de la La hojarasca, primera novela de García Márquez, donde se narra la historia de Macondo desde 1903 a 1928 desde los monólogos de tres personajes de una misma familia entre los que se halla Isabel, la hija de un viejo coronel.

       Asistimos al relato en primera persona de una experiencia de transformación, en un periodo de lluvia incesante en el que el tiempo se detiene, la vida cotidiana se distorsiona y los habitantes de Macondo, cuyos sentidos quedan suspendidos, pierden toda noción de realidad y de su propia existencia. La estructura del relato es, aparentemente lineal, con cinco días de lluvia, de domingo a jueves, pero ese tiempo cronológico se rompe desde la percepción subjetiva de Isabel.

Si en un primer momento, la lluvia es bienvenida tras siete meses de sequía, a partir del lunes, Isabel cambia por completo su percepción de la lluvia:

«Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón».

El paso de los días y de las horas bajo la lluvia viene indicado en el texto con los marcadores tiempo: La noche del sábado, la mañana del domingo, toda la tarde del domingo, la madrugada del lunes, llovió durante todo el lunes,...Así, hasta el amanecer del jueves, día en el que se pierde el sentido «de las distancias», el padre de Isabel «se extravió en el tiempo» y los otros personajes se van desdibujando. Y es el jueves cuando se acaban por disolver el tiempo y el espacio, y se inicia un nuevo comienzo, con una insólita pulsión entre la atmósfera de duermevela y la vigilia.

«Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo».

El silencio y la quietud sumen a Isabel en una “beatitud misteriosa y profunda” muy parecida a la muerte. Cuando la lluvia cesa, la vida vuelve a reiniciar su ciclo e Isabel piensa de nuevo en el inicio del cuento: «ahora no me sorprendería que me llamaran para asistir a la misa del domingo».

La lluvia, constante y perturbadora, se convierte en un personaje más, provoca que la normalidad de Macondo se desvanezca, dando paso a una atmósfera cargada de melancolía y extrañamiento. Es un fenómeno extraordinario capaz de suspender el orden cotidiano, de desdibujar el tiempo y es portadora de signos de descomposición (malos olores, humedad, los muertos flotan en el cementerio,..) Además, la lluvia que no cesa acelera la toma de conciencia de Isabel sobre la relación con Martín, su esposo, alguien a quien siente lejano y descreído. Ahora, la incomunicación, el aislamiento y la soledad son pruebas de la sensación de extrañamiento que viene de lejos, respecto a él,

«Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones».

García Márquez utiliza ya en este relato algunas de las técnicas representativas de su narrativa, ya sean recursos literarios que dotan de musicalidad al texto, como sugerentes sinestesias o las aliteraciones que modulan la cadencia exquisita de las frases. Se trata de las primeras concreciones del estilo de García Márquez en su narrativa posterior. Así, las precisiones sensoriales (olores, humedad, sonido de la lluvia), la presencia de sinestesias: (Viento espeso y oscuro, Un hilo luminoso), las enumeraciones rítmicas, casi musicales y el mosaico de imágenes vívidas, entre otros elementos, están ya prefigurando el camino para Cien años de soledad.

«Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos».







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