"Moby Dick", de Herman Melville
La novela y el mar. 18 de marzo de 2025
Moby Dick, Herman Melville
Andreu Jaume
La obra de Melville es una novela
que cumple con los requisitos del mito. Todos hemos oído hablar de Moby Dick, novela muy compleja que
impugna o pone en tela de juicio la facilidad del propio mito: la historia del
capitán de un barco ballenero, enloquecido y lleno de odio, que quiere cazar la
ballena que lo partió en dos y que le arrebató una pierna. Se trata de un
ejemplo cabal de lo que Italo Calvino entiende por clásico: “un clásico es un
libro que nunca deja de decir lo que tiene que decir.”
Moby Dick es una obra fascinante, inagotable, de muchas capas, una
obra que inaugura y funda el mito de la
gran novela norteamericana. Melville, incomprendido en vida, creó esta primera
gran novela norteamericana. Con un arranque clásico de novela de aventuras,
escrita en primera persona, que luego se convierte en algo que transgrede las
normas que ella misma ha creado y deviene en algo inédito: una suma de
narración, enciclopedia, obra teatral y al final, una búsqueda sapiencial.
Herman Melville nació en Nueva York, en 1819. Se
enroló en diversos barcos balleneros. Su primer libro publicado fue Taipi: un edén caníbal (título original
en inglés: Typee: A Peep at Polynesian
Life). Fue publicado primero en Londres y luego en Nueva York el año 1846.
Está parcialmente basado en las experiencias reales de Melville en la isla Nuku
Hiva. Entre 1853 y 1855 publicó en la revista Putnam Magazine una serie de relatos, entre los que se encuentran
dos de las narraciones más importantes de Melville: el cuento Bartleby, el escribiente y la novela
corta Benito Cereno.
Moby Dick se publicó en 1851 y fue ampliamente rechazada, incluso por
un escritor como Joseph Conrad: “No di
con un renglón certero en sus tres tomos”. Nadie la entendió. De hecho, no
fue hasta la década de 1920 cuando el crítico Edmund Wilson, tratando de
organizar por primera vez la estructura de la literatura norteamericana,
decidió situar a Moby Dick en el
centro del canon estadounidense, iniciando una lectura que se prolongará a lo
largo del siglo.
La
novela empieza como una narración en primera persona –con ese “Llamadme Ismael”
que tantas cosas esconde–, de factura más bien clásica, que recuerda al estilo
cervantino adoptado por Fielding y Sterne, pero luego, a partir del capítulo
veinticinco, el narrador muta en omnisciente, se despedaza, adquiere un tono
bíblico, a ratos enciclopédico, incluso cobra de pronto una forma teatral,
dramática, con apartes, monólogos y acotaciones. La frase del inicio de la
novela se trata de una expresión idiomática; en realidad, Call me significa
que me puedes llamar así aunque no es mi nombre.
“Cada vez que me sorprendo componiendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y de la bala.”
Parece que el narrador va a dar
inicio a una novela de aventuras o de viaje. Ismael quiere aprender de los
buenos balleneros y decide que su travesía debe comenzar en Nantucket,
Massachusetts, isla prestigiosa durante el siglo XIX por su industria ballenera.
Antes de zarpar, Ismael entabla una estrecha amistad con el experimentado
arponero polinesio Queequeg, que lleva el cuerpo tatuado con símbolos
jeroglíficos. Este personaje, nos cuenta Ismael, es nativo de una isla lejana,
Rokovoko, una isla que no aparece señalada en los mapas, porque, según
Melville, “los verdaderos lugares nunca lo están” (“True places never are”).
Ismael y Quiqueg se hacen amigos antes de embarcarse, en New Bedford, donde
asisten a un oficio religioso en el que un tal padre Mapple cuenta en su sermón
la historia de Jonás, que intenta escapar de Dios y es devorado por una
ballena. Es el mito que anuncia lo que va a pasar. Jonás es el fugitivo de
Dios, que tiene la capacidad de arrepentirse ante Dios para que el alma vuelva
a su camino propio, a las fuentes. Regresar al camino perdido. Toda la novela
se puede entender como una paráfrasis del mito de Jonás.
Ismael
elige el Pequod, un barco de la vieja escuela. Después de algunas discusiones,
Ismael y Queequeg son contratados como parte de la tripulación del ballenero.
Lo único extraño es que el capitán Ahab no se deja ver. Antes de embarcar, un
miembro de la tripulación, de nombre Eliah, les augura que durante el viaje
sucederá una gran desgracia y habla de que Ahab perdió su pierna por una
profecía. También está el contramaestre Starbuck, un tipo serio y delgado, pero
de rebosante energía; Stubb, el segundo marinero, es bastante más bohemio. Por
último, está el impetuoso Flask, el tercer marinero. Además de Queequeg, el
Pequod tiene otros dos arponeros: el nativo norteamericano de la etnia Aquinnah
Wampanoag, Tashtego, y el africano Dagoo.
Después de algunos días en altamar,
finalmente el capitán Ahab se deja ver (en el capítulo 28). A Ismael le resulta
un personaje lúgubre y amenazante, debido a la pálida cicatriz que le atraviesa
la mitad de la cara y a su pata de palo, hecha con hueso de cachalote. Ahab es descrito como un ser
escindido, partido en dos por una herida que empieza en la frente y termina en
la ingle. La herida es un trasunto de la duplicidad que recorre toda la novela.
Durante las noches apenas duerme y deambula de un lado a otro por la cubierta.
Su intranquilidad es tal, que Stubb se atreve a quejarse por los ruidos que
causa la prótesis. Ahab lo castiga de inmediato. Ahab parece perseguir sin
descanso un misterioso objetivo.
Empieza la caza tradicional de la ballena, cobran buenas piezas; pero pronto se revela que las intenciones de Ahab son otras. Anuncia que el primero que aviste a Moby Dick, la ballena que le arrancó la pierna, (la describe como una enorme montaña blanca), será recompensado. Contagia a la tripulación el odio por el monstruo blanco, a todos menos al primer oficial, Starbuck, quien considera la empresa una obsesión impía y herética que conducirá al desastre. Es el hombre temeroso de Dios, frente a Ahab, que es el fugitivo de Dios. Sabe desde el principio que el capitán les está condenando a todos al desastre. Hay un momento profético en la novela en el que Quiqueg contrae unas fiebres, presiente la catástrofe, deja de hablar y le pide al carpintero del Pequod que le haga un ataúd a medida, en el que luego, cuando recobre la salud, grabará los extraños jeroglíficos que lleva tatuados en la piel y que contienen el legado sapiencial de su cultura indígena.
A medida que transcurre la travesía,
la obsesión y la sed de venganza de Ahab se acentúan y se agravan. Apenas
duerme, ha manipulado a la tripulación. Después de un año de ardua travesía
empieza la larga cacería en aguas de Japón. Empieza una persecución de tres
días. Es el único que ve de verdad a la ballena blanca. El último día, Ahab
intenta darle muerte, le lanza su arpón y la hiere, pero Moby Dick arremete
contra el barco. Y cuando todo acaba y el Pequod se hunde tras las embestidas
de Moby Dick, Ismael se salva porque consigue agarrarse al ataúd de Quiqueg,
que de pronto sale a flote, con sus jeroglíficos tallados.
Las
interpretaciones de la novela y la atribución de influencias literarias han
sido muy variadas. La novela de Melville crea una tradición que emparenta a la
Biblia con Virgilio, Cervantes, Shakespeare y la poesía romántica anglosajona,
sobre todo Milton, Byron y Coleridge. De la misma manera que Lear tiene a su
Kent y Don Quijote a Sancho, Ahab tiene a Starbuck, que es su contrafigura, el
hombre sensato, temeroso de Dios, que reconoce en el odio de su capitán una
raíz fatídicamente herética y que, sin embargo, en el último momento, es el
primero en obedecer a Ahab, trastornado, llevando a toda la tripulación al
desastre.
Es también una novela sobre la
escritura, sobre la propia formación del género. Las referencias a la escritura
son constantes. Ismael comenta a menudo que el libro es “el borrador de un
borrador” y que está “para siempre inacabado”, el signo indeleble de la
modernidad. En las arrugas y las señales de las ballenas, así como en las
corrientes del mar o en las constelaciones, Ismael ve una escritura secreta. Él
es el único que se escapa para contarlo, como Job, porque la escritura le
salva. Por su parte, el extraño y mutante narrador, Ismael, también tiene su
contrafigura en el salvaje Quiqueg,
Toda la novela es además una reflexión sobre la fatalidad. Moby Dick, con su estructura compleja y muy moderna, es
precursora de la novela moderna, caracterizada por la escisión de la narración
en partes del ensayo.
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