jueves, 10 de abril de 2014

Rainer Maria Rilke y Los cuadernos de Malte

CCCB, El arte de la novela (6)


Martes, 8 de abril. Hoy no hablaré mucho de la lección. Ni siquiera he tomado muchas notas, apenas unas muy genéricas sobre la obra, escrita entre 1904 y 1910, en la ciudad de París. Leer a Rilke constituyó en los primeros años como lectora una experiencia reveladora. 

Y es que cuando me pregunto en qué momento descubrí que la literatura no se limita a la mera expresión de sentimientos («Los malos poetas siempre opinan sobre sus propios sentimientos», dice el profesor), pues cuando me lo pregunto, surgen de la memoria aquellas clases de estudios literarios que impartía Jordi Llovet. Lo recuerdo recitando a Rilke en alemán, sobre la vieja tarima que crujía levemente a sus pies cuando se balanceaba al compás de los versos.

Días atrás rescaté de la estantería una vieja edición de los Cuadernos, traducida por el propio J. Llovet en 1981, (edicions Proa). El crítico y profesor impartió esta lección en la vieja facultad con una solemnidad que revelaba admiración y complicidad. Entonces yo me enamoré de Rilke.



Llovet señala como uno de los temas principales de la novela la dimensión ética del hecho de escribir. Rilke (y Malte) trataría de convertir todas aquellas sensaciones que nos cuenta en Los cuadernos, en literatura. Pasar a una narración en primera persona todo lo vivido, la experiencia. He aquí la experiencia poética, más allá de la reducción literaria de unos recuerdos o vivencias.

Y es que estamos ante una novela lírica, pura prosa poética en forma de cuaderno de un joven de nombre inventado a quien le impresiona el París cosmopolita de los primeros años del siglo XX: el ruido, los hospitales, la miseria, los olores, la luz, los vecinos, los tranvías, la enfermedad y, al fin, la presencia tácita de la muerte. Se hace evidente la influencia de Baudelaire, los artistas Rodin y Cezanne, y la tradición simbolista.

Aunque el tema principal es la muerte, esta se presenta en forma de metáfora: se trata de la muerte que ha de dar sentido a nuestra vida. No en vano fue Rilke quien acuñó el término «propia muerte» para referirse a ese vínculo entre vida y muerte. Es preciso dotar de sentido la vida propia para tener una muerte digna. El poeta presenta situaciones en las que vida/muerte dialogan. La selección de referencias históricas que aparece tiene una única función: obtener la experiencia vivida de las cosas.

Bastantes años han pasado pero hoy todavía he notado en su voz cierta emoción al leer las palabras de Rilke, traducidas por él a un melodioso y dulce catalán, sobre la tarea de escribir versos:

No s´hi hauria de tenir cap pressa; s´hauria d´arreplegar significança i dolçor durant tota una vida, i si fos posible una llarga vida, i llavors, ben bé al final, potser seríem capaços d´escriure deu línies bones.



Aplausos.