jueves, 27 de marzo de 2014

Thomas Mann, La montaña mágica


CCCB (4)
"Para nosotros, los de aquí arriba" 


Hoy la lección corre a cargo de Marisa Siguán, catedrática de literatura alemana en la Universidad de Barcelona. Es presentada por Jordi Llovet de manera cálida, se deja ver cierta complicidad entre ellos. 

La tarde acompaña en la hora del eclipse de luz, con estelas que me envuelven y me llevan hasta una silla que no es la misma. Casi por azar he elegido otro ángulo, más cercano a la puerta. Así saldré de la sala antes de que acabe el acto sin llamar la atención. Quiero acudir a la librería Altaïr, donde se presenta de nuevo el libro de relatos, Nómadas y donde se va a conversar sobre la muerte y sus ritos.

Marisa Siguán nos ha dejado en la entrada una hoja con las citas más relevantes de La montaña mágica. Todo un detalle que también acompaña a la melancolía. Todos leemos a la vez cuando ella lo hace en voz alta y se produce una suerte de liturgia, de rito pagano en torno a la literatura. 

La novela narra un viaje y las aventuras, si bien mentales, a que da lugar. De nuevo la referencia a Homero. Se trata de un viaje iniciático en el que el héroe aprende algo. Las primeras citas se refieren al tiempo y al espacio. En la montaña se abolen los relojes y el tiempo se hace subjetivo. El viajero deja lo conocido para adentrarse en lo desconocido, cambia el orden establecido, lo cotidiano por el desorden. En el sanatorio al que acude a visitar a un familiar se pierde la noción del tiempo.

Dos jornadas de viaje alejan al hombre ─y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia─ del universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas.
Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido. (…) El tiempo, según dicen, es Lete, el olvido; pero también el aire de la distancia es un bebedizo semejante.

Me interesa el uso de la voz narrativa, que en esta novela se alza desde una superioridad irónica, según nos explica M. Siguán. El narrador nos descubre al protagonista cargado de costumbres burguesas, mimado y, en cierta manera, ingenuo.

Marisa Siguan
La falta de la noción del tiempo que tienen en el sanatorio lleva consigo una falta de conciencia de la vida. La enfermedad es el desorden ahí arriba, pero a la vez es lo que libera de una vida en la llanura. La enfermedad es la conciencia de muerte. Es la última realidad. Los enfermos se aman. Hay una línea que une el amor a la enfermedad y a la muerte.

Oh, el amor, ¿sabes…? El cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es la enfermedad y la voluptuosidad, y es el que hace la muerte, sí, son carnales ambos, el amor y la muerte…

El tiempo pasa irremediablemente y debo abandonar la sala, pero apuro el último minuto hasta escuchar un largo párrafo de la novela que se cierra con la bellísima súplica del amante: 




Y déjame morir, mis labios en los tuyos.