domingo, 27 de octubre de 2013

La hora regalada


 
Hoy es domingo 27 de octubre, los relojes apenas estrenan minutos de invierno. Mi tren entra en la estación de Sants con algo de retraso, con la extrañeza del cambio horario, con la incertidumbre de si  llegaré a la hora señalada de hoy o de ayer, último día del horario de verano. Con veinticinco horas por delante, el día promete mucho futuro.
 
Llego a una ciudad todavía dormida y dispongo de tiempo suficiente para tomar un café y ojear mi columna semanal en El Universal. La sorpresa es que mi columna ha cambiado de firma.

Mi columna no es una columna sino que es un artículo a doble página cuyo titular expresa la fulminante decisión de retirarme del “mundanal ruido”: El escritor Javier Talens clausura su trayectoria literaria. Un amplio artículo que habla sobre la inseguridad del creador ante su obra, según adquiere más experiencia, de la angustia ante el propio juicio y no tanto ante el juicio de los demás, (…) lo que realmente aterra al escritor  es la revelación de su propio fracaso, confiesa su inseguridad que creció desde la publicación de su última obra, a pesar de los elogios de la crítica afín. Pero el artículo tiene un tono inusual, una acritud, una acidez mordaz más acusada.

Marian no está. Sólo está mi silencio. Alguien quiere matar mi voz, que se adelgace hasta desaparecer, no chirríe más. Leo de nuevo el artículo y descubro el veneno, la contraseña en diferente cuerpo de letra.

Desde que escribo estas notas duermo mal, pienso que esta hora regalada al día de hoy ha sido una ilusión, un espejismo. Ayer no hubiera pasado esto.
 

sábado, 26 de octubre de 2013

El clásico. Del fútbol y la literatura


EL "CLÁSICO"
 
 

Esta tarde se juega el clásico, la ciudad enmudecerá en unas horas. Me pregunto desde cuándo se utiliza este adjetivo para nombrar un partido de fútbol entre máximos rivales. Puede que este tipo de encuentros pertenezca al canon de la tradición futbolística, y podamos encontrar en las librerías un ejemplar con los 1001 partidos que hay que ver (o jugar) antes morir.

Me resulta inevitable establecer la comparación semántica con el concepto de clásico en la literatura. Desde tiempos muy antiguos viene la idea del canon de aquellas obras dignas de imitación, que comportan un valor permanente, perdurable en el tiempo y en la memoria. Más cercanas son las definiciones de Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos. Paso por alto las más brillantes y las obvias, como aquella de que los clásicos son en realidad relecturas, o la que afirma que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Me quedo para definir el clásico de esta tarde
 
con la que afirma: clásico es todo libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes. Esta sí, si cambiamos “libro” por “partido”, obviamente. Un seguro protagonista de la noche ha declarado hoy mismo que en la vida ni en el fútbol, no vale todo, “ni si quiera en un clásico” y que la vida es más grande que un partido de fútbol.
 
Quizá no ha leído a Calvino.

domingo, 20 de octubre de 2013

En mitad de la carretera




 



Aquel pobre perro. En mitad de la carretera con la mirada perdida en un punto lejano. No se movía. Tan solo de vez en cuando me olisqueaba los dedos, que conservaban el olor del arenque del almuerzo. Después me lamía las manos y volvía a su postura vigilante. La húmeda lengua suspendida temblaba al compás de su respiración. Claro que ninguno de los dos quería estar allí, bajo el sol tórrido de agosto. Los dos teníamos sed y preguntas. Sin duda el perro, de estar solo, hubiera salido corriendo tras la camioneta de John hasta desfallecer. Volvería en una media hora, dijo. El almacén de los Forbes estaba a pocos Kilómetros, recogería la mercancía y haría el porte hasta la ciudad. Volveré en media hora, dijo John. En esta piedra junto al poste estarás bien, no te desvíes de la carretera, así te distinguiré. 
Ninguno de los dos quería estar allí, sobre la luz oleosa del asfalto al atardecer.



martes, 15 de octubre de 2013

De la utopía o el estilo literario


La curiosidad por todo aquello que le inquieta ha llevado a Aarón Forner Martín, alumno de bachillerato, a elaborar un trabajo cuya idea principal es la utopía a lo largo de la historia. Platón y Thomas More con sendas teorías que ahora se le aparecen como una revelación: La República y Utopía.
En esta última, la isla de More, una isla de felicidad, un lugar ideal y perfecto o el estado donde todos viven en armonía y todo es para el bien de todo el mundo.

Creo que en este asunto la literatura tiene mucho que ver, creo que es la gran hacedora de utopías; ya sean interiores, en la mente del que lee, como colectivas, en grupos de minorías culturales. Así, si la realidad está constreñida por las leyes y normas que la rigen; la literatura carece de otros límites que no sean la propia imaginación o la re-creación de otros mundos u otras realidades. La literatura se presenta siempre como la otra cara de la realidad. Recuerdo ahora las palabras de Claudio Magris en Utopía y desencanto, que casi parecen un aforismo: La utopía da sentido a la vida, porque exige, contra toda verosimilitud, que la vida tenga un sentido; don Quijote es grande porque se empeña en creer, negando la evidencia, que la bacía del barbero es el yelmo de Mambrino.

  Aarón, yo te bautizo como el buscador de utopías y te proclamo el destinatario de mi cuaderno. Tú eres joven y te lanzas en busca de una sociedad alternativa, motivado quizá por los tiempos que nos están calando con su incertidumbre y que tienen vuestro futuro secuestrado. La utopía, concepto ambiguo, doctrina optimista irrealizable desde el mismo momento de su proclamación, vuelve al protagonismo histórico en la segunda década del siglo XXI, gracias a la situación crítica que nos ha tocado vivir. Por ella se han rebelado todas las primaveras y todos los indignados que claman su malestar.

Me olvido pues, por el momento, de mi afán por hallar el estilo literario, aunque te confieso Aarón que me guardo mucho de no desviarme de la naturalidad para dialogar contigo. Siento mucho respeto o temor a la grandilocuencia e incluso a los adjetivos como portadores de artificio. Tengo fe sin embargo en la estructura, en las técnicas, en las horas de trabajo invertidas en el proceso de creación; como tú debes hacer para llevar a buen término tu ensayo sobre la utopía.

 Al tratarse de escritura personal, es evidente que debemos utilizar una voz natural, una primera persona que transmita seguridad a la hora de contar, de pactar contigo como interlocutor. Pero puedo inventar un narrador en primera persona ficticio, un profesor cercano a la madurez que lleva varios años buscando, sin éxito, eso que llaman el estilo literario.

 Por ejemplo, podría utilizar el estilo indirecto libre, persuadir al lector, fingir la subjetividad cuando aparece una zona común entre el universo del personaje y el universo del narrador. Personaje y narrador se han dejado contaminar. Recuerdo aquí el inicio de la novela de Virginia Woolf: La señora Dalloway: “La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella. Porque Lucy tenía ya trabajo suficiente.” Yo podría escribir: “El profesor dijo que el proyecto de Aarón lo dirigiría él. Porque los demás ya tenían suficientes trabajos asignados”. Vargas Llosa señala que en esta novela, el narrador está siempre instalado en la intimidad de los personajes, cuyas conciencias se hallan siempre en movimiento y llega a la conclusión de que la maestría consiste en alternar sabiamente el estilo indirecto libre y el monólogo interior. Perdona Aarón si en ocasiones caigo en elucubraciones de este tipo que piensas que a ti no te atañen, pero en el proceso creativo, todo esto es necesario. Y es que ahora estoy involucrado en un proyecto, como ahora se dice, un proyecto literario que me lleva a pensar, a hilvanar una obra apenas naciente.
Podemos hablar de la inspiración, del esfuerzo, del desánimo que muchas veces me invade. Podemos hablar de lo que quizá te sucederá a ti también, de la repetición de los destinos para tu búsqueda y la mía.