lunes, 30 de septiembre de 2013

El dulce Benny

El dulce Benny

Aquella mañana Pablo abandonó muy temprano la casa. Su mujer pasó hasta el mediodía enfrascada en sus tareas domésticas y preparando la comida. Pero empezó a ponerse nerviosa cuando miró el reloj. Eran las tres de la tarde y Pablo no había regresado aún. No le había oído marchar por la mañana. Le resultó muy extraño sobre todo que no se hubiera llevado a Benny, el dulce suicida cavalier king Charles, bicolor fuego oscuro y blanco, con el que convivían desde hacía años. El perro dormía plácidamente a los pies de la cama, del lado de Pablo. Asustada, Carmen me llamó a mí y a varios amigos y familiares, pero nadie sabía nada de su marido. 
 
Por fin, decidió llamar a la policía, hospitales y a otros lugares a los que solía acudir. Ni rastro. Tanto trajín despertó a Benny, e inexplicablemente, comenzó a gemir, a dar vueltas sobre Carmen para llamar su atención, ladraba con un extraño timbre que más parecía un llanto desesperado. "Hasta los ojillos se le nublaron”, me comenta. Ella pensó que tal vez quería decirle algo. Era un miembro más de la familia y; en los últimos años, sentían por él mucho cariño y compasión. Y es que Pablo humanizaba muchas de sus acciones: lo bañaba con sumo cuidado, le servía de la misma comida que él tomaba. Lo mimaba hasta el extremo de que parecían  mimetizarse entre ellos. Ahora, ante el extraño ladrido de Benny, Carmen recordó que  últimamente había descubierto en su marido una rara manera de rascarse el cogote compulsivamente que, por un momento, le hizo gracia porque  parecía el mismísimo gesto de Benny.

 (...)

Junto con el certificado de defunción, a Carmen le entregaron un papel arrugado hallado en un bolsillo del pantalón, con letra irregular y nerviosa. Yo pude reconocer las formas de la caligrafía de Pablo:

Esta mañana he despertado ovillado sobre el suelo en un rincón de la habitación. No me explico cómo ni cuándo he caído de la cama pero estaba muy cómodo. Sentí un fuerte picor general por todo mi cuerpo y al levantar el brazo para rascarme, he visto aún soñoliento una pata peluda que respondía la orden de mi cerebro y se acercaba a rozar la zona indicada. Pienso que será consecuencia de mi estado de sueño. No recuerdo si anoche bebí alguna copa más de la cuenta. Quizá era demasiado temprano, cerré los ojos y continué durmiendo sobre el suelo en la misma posición. Desde allí podía oír los pasos de mi mujer por la cocina en su habitual trasiego de platos y de tareas cotidianas. Mi olfato se llenó de olores extraños, que nunca antes había percibido. También me llegaba el rumor de voces desde la radio, con tertulias sobre la visita de alguien muy importante a la ciudad.

                                                                Estaba feliz, una tranquila mañana me acunaba con placidez.