domingo, 18 de diciembre de 2016

Lecturas y visiones del "Quijote"

Lecturas y visiones del Quijote a lo largo de los siglos.
Ignacio Echevarría


   Hoy Andreu Jaume viste americana oscura casi negra pero con rayas verticales (con efecto algo extraño) para presentar a Ignacio Echevarría, el conferenciante de la última sesión dedicada al tándem Cervantes-Shakespeare. Lo presenta como un crítico vocacional, autor de textos combativos y valientes. Nos habla de la edición del cuarto tomo de los ensayos completos de Rafael Sánchez Ferlosio, del cual es responsable el propio Echevarría, y apunta que ha llevado a cabo el proyecto de forma casi clandestina. Percibo ironía en sus palabras.

El ponente abre su intervención con un agradecimiento por la presentación y pidiendo disculpas de antemano por no haber preparado a fondo un tema que resulta del todo inabarcable. En pocos minutos nos damos cuenta de que tal confesión no era otra cosa que el intento de captar la benevolencia de la sala al modo de los oradores clásicos, porque la documentación ha sido completa y profunda. Casi le falta tiempo al final para mostrar y leer todo el material elaborado sobre las distintas lecturas del Quijote.

     Toda la atención a Cervantes se vierte en una sola obra. Y es que don Quijote es el personaje más universal configurado en el imaginario colectivo. Se ha convertido en una etiqueta. El quijotismo como categoría encarna una actitud de la mente, del alma y del intelecto. La lectura de sus contemporáneos, durante varios decenios del siglo XVII, fue la de un chiste, una bufa, una broma. Le faltaba gravedad para entrar en el canon cultural de su época. De ello es responsable el propio Cervantes, por tal como lo presenta en el prólogo. Lo vende como una especie de reparador de la melancolía, como una burla de los libros de caballería. También contribuye la forma del texto (una novela), que carecía de un formato definitivo. El propio éxito de el Quijote de Avellaneda ilustra también sobre cómo se había leído el Quijote auténtico. Se impone, pues, una lectura jocosa, que ha prevalecido hasta nuestros días.
Es en Francia donde por vez primera se hace una lectura neoclásica del personaje, como un tipo noble, íntegro y bueno. El XVIII fue el siglo de la consagración de la novela, que fue captada por los lectores ingleses, quienes supieron ver la forma del nuevo género. Determinaron que el Quijote fuera reconocido como fundador de la novela moderna, como nueva fórmula narrativa. En el XIX, el Romanticismo alemán descubre al caballero como héroe romántico y proponen su lectura como la lucha de lo ideal contra lo real.
A finales del XIX, en España, se toma como símbolo de la decadencia de España, como representación o expresión del alma española (Unamuno y toda su generación, luego Ortega y Gasset). Se hace una interpretación especialista.

   Toda obra clásica, lo es precisamente porque autoriza todo tipo de lecturas. Así, son dos las teorías o maneras de leer la obra de Cervantes que se han mantenido a lo largo de los siglos: una lectura jocosa (Martín de Riquer, el mismo S. Freud, quien leyó la novela en una edición de Doré) y una lectura grave (Harold Bloom, que lo incluye en su Cánon universal.

Es Erich Auerbach, en su Mimesis, quien advierte de la ausencia de lo trágico en la novela de Cervantes frente a la obra de Shakespeare. Apunta que hay muy poca problemática, muy poca tragedia en el Quijote. A partir del episodio de la Dulcinea encantada del capítulo X de la segunda parte, el crítico apunta que:

En la obra de Cervantes encontramos, pues, muy poca problemática y muy poca tragedia, a pesar de tratarse de una de las obras maestras de una época en la que va adquiriendo forma en Europa lo problemático y lo trágico. La locura de don Quijote no despliega ante nosotros ninguna de estas dos cualidades; todo el libro es, desde el comienzo hasta el fin, una obra humorística, en que la locura resulta risible al proyectarla sobre el fondo de una realidad bien fundada.

Y, sin embargo, don Quijote es algo más que una figura ridícula; es algo más que el viejo de las comedias, o el soldado fanfarrón, o el doctor ignorante y pedantesco. En nuestra escena, Sancho se burla de don Quijote; pero ¿quiere decirse que el escudero desprecie al caballero, que le engañe constantemente? Nada de eso. Le engaña, en este episodio concreto, porque no encuentra otro recurso para salir del atolladero; pero le ama y le reverencia, a pesar de estar convencido a medias, y en ocasiones por entero, de su locura. Aprende de su amo, y no quiere separarse de él; la compañía de don Quijote le ayuda a ser más inteligente y más bueno de lo que antes era. El caballero sin juicio conserva por debajo de toda su locura una dignidad y una superioridad naturales, en las que no hacen mella sus incontables infortunios.