lunes, 28 de julio de 2014

La muerte del padre

La muerte del padre
Karl Ove Knausgård
Barcelona, 2013
Anagrama Editorial
Colección Panorama de Narrativas, 814



                                                                 Apuntes sobre una lectura

Se trata de la primera de las seis novelas que conforman Mi lucha, una empresa literaria donde cada una de ellas puede ser leída o bien individualmente, o bien como parte de un proyecto muy ambicioso. Y es que Karl Ove Knausgård se embarca en una obra de exploración personal de su pasado que se traduce en un resultado universal de emociones comunes.

La muerte del padre se extiende a lo largo de 499 páginas y aparece estructurada  en dos partes sin titular: la primera abarca desde la página 7 a la 214 y la segunda, desde la 215 hasta la 499. En la primera parte narra la infancia y adolescencia del yo autor-protagonista y se cierra con la escena en que un Karl Ove adolescente ve por vez primera muy afectado a su padre por la muerte de una amiga de su círculo de amistades. Se pone de manifiesto el desconocimiento mutuo que tienen padre e hijo de la vida del otro.
En la segunda parte, pasados varios años, narra ya un protagonista adulto, un escritor centrado en terminar su tercera novela a partir de 2003, el autor que se enfrenta al proceso creador, y reflexiona sobre arte, de filosofía, música y literatura. Son páginas espléndidas en las que divaga abiertamente sobre la función del arte y su influencia en la dimensión más humana y cotidiana de la existencia.

Impactantes páginas que mantienen al lector pegado, por lo despojadas de todo artificio a la hora de narrar, son las escenas que envuelven el regreso, junto con su hermano, a la casa donde el padre ha muerto, las visitas al tanatorio y todas las circunstancias que rodean esa muerte.

La originalidad de la novela radica en que el género de autoficción se viste de estreno: el personaje y el narrador (y también el autor) son la misma persona, el propio Karl Ove Knausgård, quien explora, en un ejercicio de sinceridad absoluta, su pasado y narra su propia vida. Aquí, el artificio es más barroco si cabe: memorias en forma de novela o autoficción con pocas dosis de ficción pero con un resultado estilístico que desborda literatura. El lector se convierte en espía de unos episodios rememorados con todo detalle, como el fin de año de un Karl Ove adolescente, su iniciación a la bebida, sus primeras pulsiones sexuales o la fría relación que mantiene con su padre.
A pesar de ser una novela muy prolija en detalles para algunas escenas que se extienden tal vez en demasiadas páginas, la sensación que experimenta el lector es la de estar leyendo algo distinto, una confesión muy personal y de ahí lo subjetivo de la selección de episodios de la infancia y adolescencia del propio autor-narrador-personaje protagonista.
A destacar el inicio de la obra, por el ritmo en la sucesión de imágenes sobre la muerte, sobre su ocultamiento en las sociedades modernas, sobre el reparo o la vergüenza que nos supone. Sin duda nos devoran las primeras quince páginas de la novela. Llevan al lector, lo mecen con una cadencia natural, sin artíficos. La crítica coincide en destacar la cita de Karl Ove sobre la escritura en la segunda parte de la novela, por lo que tiene de revelación de cuál ha sido su propósito:

 «Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos. De eso trata escribir.»

martes, 15 de julio de 2014

Bibliomancia



 Seguí a mi amigo Pablo por todas partes durante aquella semana, desde el episodio en la librería donde le noté como raro, cambiado. Recuerdo que justo tres días antes de los hechos, pasamos la tarde recorriendo la ciudad en busca de algunos libros que necesitaba para su artículo. Bajamos por la calle Balmes y entramos en la librería Alibri.

Allí buscamos un libro del sociólogo Díaz-Salazar, experto en estos temas. Pablo siempre rastrea los libros sin ayuda. Nos gusta así. Él tampoco acude a los dependientes hasta el último momento, cuando no te queda otro remedio, tan solo si llegas al último estante y no has encontrado al autor que buscabas. Antes de salir, creo que hojeé un libro del escritor mexicano Juan Villoro. Recuerdo que Pablo se rascó nerviosamente la cabeza y cayó en la cuenta de que en esta librería, los libros de Villoro aparecen ordenados junto a los de Vila-Matas, por una mera cuestión alfabética. Eso fue como una revelación, o mejor dicho, bibliomancia en estado puro: entrar a formar parte de un universo metaliterario, como en la conspiración de una sociedad secreta. El libro de Vila–Matas cayó al suelo y se abrió por una página al azar. 
Pablo leyó en voz alta: 
Solo puedes crear ante la muerte un instante de belleza o de compasión a cambio de nada.
Tras anotarla comentamos que escondía muchos sentidos, que se podría atribuir a un suicida, a un asesino, o a un guía espiritual. Pero al llegar a casa descubrí algo aún más inquietante:  el verdadero autor de la frase era Julio Cortázar.

martes, 8 de julio de 2014

J.M. Coetzee, K.O. Knausgård y el artificio.


Hace ya un tiempo que leí la novelita de J.M. Coetzee, Desgracia. Y entonces escribí algo sobre el vaivén de la concentración lectora, sobre ese entrar y salir de una lectura, de una ficción, y la dificultad que contrae mantener la atención cuando leemos:



 «Dos tramas: la mía y la de la protagonista, Lucy; dos espacios, dos tiempos, acaso dos narradores. Vuelvo a la granja de Lucy y los perros ya no ladran, han sido asesinados. Padre e hija observan el desastre a su alrededor: tristeza y desolación. Toso, me cansa la postura, el bebé del tercero segunda rompe en un llanto desesperado, rabioso. Mi concentración se disipa una y otra vez. »

Había descubierto a Coetzee con su obra Verano y me interesó entonces mucho la forma de narrar, el artificio pergeñado para hablar de un personaje que es él mismo, pero que ya está muerto y que no lo es, porque es a su vez un personaje. Y lo planea a través de las entrevistas con personas que lo conocieron en vida. Es una muestra más de la denominada autoficción. Las personas que hablan sobre él, en el plano literario se convierten en personajes y el famoso escritor muerto sobre el que escribe, el joven  narrador en realidad es el propio J. M. Coetzee. El artificio está servido otra vez. La ficción y la realidad se cruzan para acertar de pleno en una creación literaria original.

Ahora estoy leyendo La muerte del padre, el libro en el que autor, narrador y personaje son el propio Karl Ove Kausgård, quien explora su pasado y narra su propia vida. Aquí, el artificio es más barroco si cabe: memorias en forma de novela o autoficción con pocas dosis de ficción pero con un resultado estilístico que desborda literatura.

La historia (“proustiana”, según la crítica) de Karl Ove atrapa desde las primeras páginas y consigue mantener al lector pegado al libro. Y es que he notado que últimamente me resulta más difícil mantener la concentración en las historias. ¿Recuerdas, Aarón de nuevo el artículo de Vargas Llosa que comentamos en clase sobre las nuevas estrategias del cerebro para retener la concentración? Sí, vosotros parecéis ya programados de esta manera, para picotear por internet y eso conlleva dificultad para la lectura profunda. Se tiende a la lectura rápida e incompleta de los textos y también desatenta, porque el lector está dispuesto a interrupciones constantes. Se acelera el ritmo visual y se impone la variedad sobre lo estático del ritmo narrativo tradicional.

Quizá por ello predomina hoy un gusto editorial por cierta narrativa de frase muy corta y párrafo breve. El ritmo narrativo es hoy más fragmentario, más rápido, se adelgaza para no “cansar” al abrumado lector que tiene por delante páginas y páginas de letra sin imagen y sin interacción alguna.