jueves, 30 de mayo de 2013

Susana saliendo del baño


Susana saliendo del baño

Los dos grifos de níquel -raras aves, agarradas a la piel tersa de la bañera- miraban, pensativos, ya sin agua caliente y fría, el abandono dramático de su cabeza. Cabeza de algas verdirrojas que flotaban huyendo en la concavidad de porcelana.
El agua, ni caliente ni fría, cantaba en sus orejas, rosadas y tiernas caracolas, una canción de azogue. Temblaba en el baño para desviar sus formas; le multiplicaba cada perfil en líquidas ondulaciones, y cerraba su garganta con un hilo verde: la cabeza, muerta -¡muertos los ojos en un sueño marítimo!- sobre bandeja de cristal.

Un minuto, elástico e inminente.
Surgió un brazo, como una señal. Surcado de venas y chorreando (los cinco dedos, cinco raíces clavadas en la esponja). Se abrió la mano, y la esponja -estrella rubia- naufragó en una tibia aurora de carne y porcelana.
La mano adaptó su caricia húmeda a la curva del contorno. Nació en aquel mapa claro la isla de un hombro. Y el cuello, metálico. Sobre el pecho -hoja de mapamundi- dos hemisferios temblorosos con agua y carmín. El vientre en ángulo y las rodillas paralelas...
Susana, pisando el agua, saltó una pierna sobre el borde con gesto audaz de ciclista, para poner su pie, azul y rosa, en flexible tablero de corcho, sin color ni temperatura.
Alta, quieta ya (mientras el agua, libre de la cadena, se precipitaba cantando su condenación por tubos de órgano), era admirada del espejo, confinado en su elipse de celuloide; del rizado lavabo en que se aburría un jabón negro, y del asiento redondo y vegetal.
Se cubrió de largos pliegues blancos. Arriba, la cabeza: mojada y trágica medusa; Abajo, los pies, apuntados triangularmente.
El espejo sonreía, como una ventana, sobre la mesa de cristal.

DE LA ESTÉTICA APLICADA   
 “Susana saliendo del baño”
 Francisco Ayala, 1929 

          

 No debe extrañar al lector que Francisco Ayala sufriera las exigencias de la época; una época dorada del vanguardismo, de la recreación del arte por el arte heredado del parnasianos franceses. Así, un arte deshumanizado, teorizado por Ortega y Gasset, sin tributos a los sentimientos o al hilo argumental. Y de todos los “ismos”, Ayala selecciona tal vez arbitrariamente, el Creacionismo y el Ultraísmo, movimientos puramente hispánicos. Coinciden en la predilección por la metáfora, el rechazo el sentimentalismo y en otros  rasgos de futurismo, dadaísmo y cubismo como la supresión de la anécdota, el, fragmentarismo, la yuxtaposición de imágenes  al modo cubista y el vacío ideológico

En apenas veintiocho líneas repartidas en tres secuencias, el autor nos presenta una pequeña pieza de orfebrería, muy cercana al poema en prosa, que califica de “relato deshumanizado”. A partir de una anécdota, como es el baño de una mujer, se obra un milagro literario por medio de la palabra. Relato es porque aparece un narrador, fuera de la representación aunque espectador; también un cuarto de baño, un espacio moderno en literatura y antes en pintura, aunque un cuarto de baño fragmentado y no en conjunto, tal como puede verse en el óleo con espejos pegados sobre tela “El lavabo”, de Juan Gris (1912). Y aún otro elemento constitutivo del relato es el tiempo, aunque no histórico, y unos personajes (humanos o no).

Estamos ante un ejercicio de estilo, que representa lo que Caballero Bonald califica de “malabarismo estilístico de los moldes vanguardistas”.  Y las piruetas se realizan sobre una recreación del episodio evangélico del Libro de Daniel, representado pictóricamente por Tintoretto en cuadros como “Susana  y los viejos” (1550), o “Susana en el baño” (1557). Si bien, en el texto de Ayala no aparecen los viejos, aunque pudieran estar mirándola, junto con el narrador, el espejo, el lavabo, el asiento… y los propios lectores, que deslumbrados, nos hemos detenido a observar la belleza de la criatura que sale de las aguas, y se cubre con su albornoz (largos pliegues blancos) como si de unos voyeurs ávidos de contemplación  se tratara.

La primera secuencia abarca los dos párrafos iniciales, puramente descriptivos: un cuerpo se abandona, aletargado, en la bañera. No es el agente sino que es el sujeto paciente donde van a confluir las miradas de los grifos de níquel. Apenas unas primeras líneas, y se ha desplegado una brillante imaginería que resultaría inabarcable detallar aquí: Acumulación de metáforas, aliteraciones, sinestesias;  todo un arsenal de recursos expresivos para dar cuenta por ejemplo, de que los grifos, a modo de aves mitológicas personificadas guardan  la presa, la cabeza de Susana. Predomina el campo semántico del mar, y los términos que aumentan la tensión: dramático, garganta, trágica, y que evocan la visión de una cabeza decapitada (primero en el agua y al final en el albornoz). Distintas formas de iteratio (aliteraciones, epanalepsis (cabeza), poliptoton (muerta, muertos) y así, en un alarde de esteticismo que deja exhausto al lector.

Mención aparte merece la inquietante frase: Un minuto, elástico e inminente, que funciona como transición al inicio de la acción. Nos recuerda inevitablemente a los relojes blandos y flexibles  de Dalí, pero que también remite al tiempo auténtico de Bergson, en el que cada intuición es irrepetible. Susana, ha pasado al plano de la verticalidad y se exhibe ante el espejo y otros objetos del cuarto de baño, que la admiran, como petrificada. El relato culmina con el efecto que su presencia produce en el espejo: una sonrisa fija, que rompe la tragedia, en comparación con una ventana como referente del mundo exterior.   ¡Una invitación al goce de la lectura!