martes, 14 de mayo de 2013

Desgracia. J.M. Coetzee


J.M. Coetzee          Desgracia
Capítulo 11

“Es miércoles. Se ha levantado temprano, pero Lucy madruga más que él”. Así comienza el capítulo 11 de una novela de Coetzee. Hoy también ha sido miércoles, un día laborable en medio de esta semana discontinua. David es un profesor que, envuelto en un escándalo, renuncia a su puesto y se refugia en la granja de su hija Lucy.  Esa tarde de miércoles son asaltados por tres individuos que violan a la hija ante la impotencia del padre. Magistralmente narrada su desesperación. Coetzee desnuda las escenas sin que la trama se diluya. La tensión late en los ladridos de los perros que intuyen la tragedia. Durante la lectura, puedo oír los ladridos del perro del vecino. También la postura incómoda me distrae del relato, una tos, un pensamiento.
Entrar y salir de la ficción. Dos tramas, la mía y la de Lucy, dos espacios, dos tiempos, acaso dos narradores. Vuelvo a la granja y los perros ya no ladran, han sido asesinados. Padre e hija observan el desastre a su alrededor: tristeza y desolación. El bebé del tercero segunda rompe en un llanto desesperado, rabioso. Mi concentración se disipa una y otra vez.
Una de las veces que estoy fuera de la granja de Lucy, pienso en el libro de Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Señala que la lectura profunda necesita ahora un esfuerzo mucho mayor porque la mente se ha acostumbrado a las múltiples conexiones de la red, a fluir entre informaciones diversas sin profundidad. Internet, como un archivo infinito de información, está cambiando la manera de operar del cerebro humano. Esta noche de miércoles creo que soy buena prueba de ello y  temo perder la facultad de leer. Mañana seguiré pensando en esto. Vuelvo a Lucy: “¡Mi niña, mi niña! dice él, y le tiende los brazos. Como ella no acude, se pone en pie y la abraza.”