miércoles, 14 de enero de 2015

Recuerdo este colmado




   Ahmed salió de su portal y a escasos cuarenta metros, alzó la persiana de la tienda y comenzó a colocar las cajas de frutas y verduras que le descargaron al alba y lo hizo en una suerte de liturgia. La parte inferior con paneles verticales, ahí cuatro cajas: una con limas y limones, de amarillo, otra con las naranjas, una más con albaricoques, de tono salmonado, también las ciruelas purpurinas y las uvas que comienzan a enverar. En el centro, el rojo de los tomates y los blancos de las hortalizas. Aunque el sol no apuntaba todavía, Ahmed cubrió todo este mosaico cromático con un toldo a rayas verticales azules y amarillas. Recuerdo este colmado, está al final del pasaje, junto a la estación de metro.


   Ahmed es un hombre de mediana edad, algo mayor que Bebo, o así se lo parece. Viste un pantalón vaquero muy desgastado, una camisa estampada en tonos vino y verde botella, con arabescos y una bata gris sin botones aunque sí con ojales. Todavía desprende cierta elegancia, como de hombre intemporal, el pelo ya escaso y pegado hacia atrás, la tez morena y los ojos negros pero con una rara claridad en su mirada plácida. Yo lo sé porque es un personaje paquistaní de manos tersas y grandes, que aparece así descrito en uno de los últimos relatos publicados de Bebo. 

—Qué tengas un buen día, Bebo. Cuando vuelvas, yo todavía estaré aquí —dijo mientras le devolvía el cambio.
—Bueno, tal vez no. Voy al estudio a escribir, pero hoy es sábado y nunca se sabe. Puede que me quede allí toda la noche, y necesite la inspiración de alguna musa —bromeó.

El tendero sonrió con complicidad sincera, con la misma caída de ojos que hace cuando  transita frente a la tienda una chica guapa en dirección al metro. Desde su posición, sentado en el mostrador, Ahmed controla a todos los vecinos que entran en esa estación, especialmente a las vecinas, a las que siempre acompaña con la mirada al descender por la boca del metro y se imagina cuál podría ser el destino de cada una y a qué hora volverá a aparecer asomando primero el cabello y el cuello, luego el torso de perfil y al final las caderas y las piernas. Sentado ante el mostrador, Ahmed parece un guarda de aduanas que controla las entradas y salidas de todas las mujeres. Y sería muy capaz de llevar un inventario de las mujeres más atractivas.

Yo lo sé porque lo he leído, ya lo he dicho antes. Bebo se lo ha llevado a su mundo, ha hecho de él un personaje, y como tal lo trata. En cambio, lo desconoce todo del Ahmed real, de su vecino. Pero esto no es algo nuevo, ni una original técnica narrativa. Y es que pudiera  ser cierta la leyenda que corre por ahí de que busca la vida en la literatura, y seguro que confunde a menudo lo uno con lo otro. A algunos de sus conocidos les ha ocurrido, los amolda a sus necesidades de la acción y los somete a las sacudidas del destino.
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