lunes, 16 de junio de 2014

El doble sin rostro



        Sube al taxi un hombre de mediana edad, lleva traje y corbata bien coordinados con los zapatos; o mejor dicho, con el único zapato que Mario puede ver de refilón desde su espejo retrovisor y en el que advierte contrariado restos de barro. Por un momento sufre angustia por la alfombra trasera. Sin duda, quedarán manchas. Le indica la dirección y Mario se vuelve de repente; le ha llamado la atención su voz, una voz que le resulta familiar. Le observa ahora más detenidamente en su espejo cómplice. Es una persona conocida, tal vez un colaborador en tertulias radiofónicas. 

Sí,  en efecto se trata de un escritor y periodista con cara soñolienta y nombre singular que ha llegado a Barcelona para firmar libros el próximo sábado, día de Sant Jordi. Intenta decirle que le conoce, pero en ese mismo instante el escritor empieza a hablar. Le pregunta por el tiempo que hizo ayer, que si hoy parece que está más despejado, que si a ver si se mantiene para el sábado y remata con el tópico de que la humedad de Barcelona se le mete en los huesos y le duelen más. Él es de Burgos y allí el invierno se alarga hasta finales de abril pero la primavera y el verano son mucho menos húmedos que aquí. Le agobian los días como hoy, cuando el sudor del primer bochorno no se separa de uno. Mario hace ver que ya no le escucha, no quiere detenerse en la imagen del sudor mojado y cálido. Le produce repugnancia. Vuelven a su mente los pensamientos de siempre y busca nervioso entre las piernas la bola de papel de plata para apretarla con fuerza. Se relaja y consigue pensar en otra cosa. 

El escritor de Burgos le confiesa mientras circulan por la calle Aribau que tiene que firmar ejemplares de su libro el día 23, por orden expresa de su editor y aprovechar así el tirón de la radio y la popularidad que le confiere, que no están los tiempos para derrochar oportunidades; que en realidad, siente pánico, que debe transformarse en otro, en alguien distinto y que se queda siempre con la sensación de que engaña a sus lectores. 
Le confiesa que suele practicar en estos casos el juego del doble sin rostro. Se convierte en un doble de sí mismo para enfrentarse al público lector que, atraído por una voz conocida desea ponerle rostro cuanto antes. Su doble sonríe, saluda, firma dedicatorias de sus libros y escucha paciente. 
¿Por qué le cuenta todo esto? Si es tan tímido, que se calle de una vez.