domingo, 6 de agosto de 2017

Perro semihundido. Francisco de Goya


Nunca antes había entrado en el Museo del Prado con la intención de ver un único cuadro. El 5 de noviembre lo hice. Fue durante una visita a Madrid el pasado otoño. Saqué mi entrada y me dirigí directamente al conjunto de pinturas de la Quinta del Sordo, (Pinturas Negras) de Goya. Al final del pasillo central, en la sala 067 de la planta 0. Ahí está expuesto Perro semihundido. Ubicado al final, de frente, aunque podemos ver sus tonos ocres y la cabecita del perro desde el mismo acceso a la sala.

El cuadro ha sido objeto de múltiples estudios y se han propuesto variadas interpretaciones, desde la insignificancia del ser vivo ante el espacio que le rodea, hasta que estemos ante una obra inacabada, pasando por una posible pérdida de elementos presentes en el cuadro antes de su traslado a lienzo. Otros pintores se han sentido atraídos por esta obra y han realizado sus propias versiones del perro. Antonio Saura llegó a calificarlo como “el cuadro más bello del mundo”.

         La ficha técnica recoge las dimensiones de la obra: 131,5 cm de alto x 79,3 cm de ancho; la técnica, óleo sobre revoco trasladado a lienzo; y la fecha de creación, 1820-1823. La escena decoraba una de las paredes laterales en la sala de la planta alta de la Quinta del Sordo, junto con una escena titulada "Dos brujas". En el catálogo del Museo del Prado de 1900 se registró ya con el título de 'Perro semihundido'.
Se trata de una escena en plano vertical. La cabeza se sitúa en un plano oblicuo ascendente, como única materia en un vacío dibujado en polvareda de ocres, de una rara luminosidad. A pesar de la sencillez figurativa y expresiva, es la profundidad de la mirada lo que te atrapa.

Lo había visitado otras muchas veces antes, había tomado algunas notas para la reflexión sobre la composición del cuadro, sobre lo que supone como anticipo del impresionismo o el simbolismo…, pero ese día quería captar la intención de la mirada del perro. Busqué figuras como se buscan en las manchas de los muros, o como en el juego de ver figuras en las nubes. Y encontré en la sombra vertical que se alza frente al perro todo lo que dicen que puede verse: la muerte que se aproxima, la imagen de una roca, la cabeza de un fraile y hasta la cabeza de un caballo. Cualquier opción es válida.

     
El perro mira hacia arriba solo, con ojos suplicantes hacia lo absoluto o hacia un amo que no está. Es una mirada lastimera, triste, de desconsuelo. Todo acaba en una decepción, en un vacío inagotable.

Sin embargo, por un instante el “lector” del cuadro podría percibir curiosidad, inocencia, esperanza incluso. La mirada, hacia arriba, busca la luz.