sábado, 25 de junio de 2016

Los días lábiles. Nueve días, nueve cuentos. Club Marina


Labilidad es una palabra bella, de una sonoridad sugerente. Significa “cualidad de lábil”. Esto es, la capacidad o el prodigio de resbalar, de deslizarse y buscar su cauce o quizás no. Los límites en la vida son siempre difusos, lábiles. También lo son entre la vida y la literatura.
Uno de los protagonistas de estos meses en torno a los libros ha sido Juan Marsé, quien, a sus 83 años, ha cumplido además los cincuenta años de la publicación de su novela Últimas tardes con Teresa. En alguna entrevista ha dicho que: “La realidad, a veces, es más inverosímil que la ficción” y se pregunta (y nos hace preguntarnos) por qué la ficción ha de ser verosímil si la realidad muchas veces no lo es. Lo ilustra con un ejemplo revelador: apunta que para él, como escritor, está más presente en su memoria como real, el naufragio del Pequod, el barco de Moby Dick, que la tragedia del Titanic, que sí ocurrió de verdad. Pensé, al momento de leer esto, que algo parecido era el vivir literariamente. Se trata de algo que también está presente en los mecanismos de escritura de Enrique Vila-Matas, quien habla siempre sobre las líneas difusas entre la vida y la ficción. Y es que entre lo real y lo ficticio también las líneas son lábiles, y los límites, difusos.
Los nueve cuentos de Los días lábiles bordean los contornos del tiempo, porque el punto de encuentro entre ellos se halla precisamente en el tiempo interno. Todo ocurre en un día, en apenas unas horas, como metáfora del instante necesario para que algo se quiebre y cambie. A propósito del cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, Borges habla de la necesidad de que en el cuento, el tiempo se reduzca y se concentre, porque los personajes, afirma Borges, no son sino seres reducidos a símbolo, a sus actos más destacados. Es precisamente en el tiempo donde personaje y trama se condicionan. El tratamiento del tiempo en la literatura es capaz de iluminar el sentido de la obra y de sus personajes. Y aquí, el tiempo es un día.
Marta Aguilar, periodista  freelance especializada en Economía/turismo, ciencia, cultura, comunicación,… es además una buena lectora. En Los días lábiles ha visto una evocación al tiempo como motor del devenir de las vidas de los personajes:
En cada cuento resuena el pálpito de otras vidas recordándonos la nuestra y los límites del tiempo.
Por cierto, también nos comentó que relacionó el marco temporal del libro con el Ulises de Joyce, donde todo pasa en veinticuatro horas. Otros libros cuya trama o tiempo interno es solo un día son La señora Dalloway, de Virginia Woolf o Cosmópolis, de Don DeLillo.
Marta apunta además el peso que también tiene la muerte en algunos de los cuentos de Los días lábiles. Acierta de pleno porque están muy presentes los pensamientos sobre la muerte, o mejor, sobre la pulsión de muerte, como el lado opuesto de la vida, al que llegan los personajes que van como tirando de un hilo…
Los días lábiles: Nueve días, nueve cuentos.
Me gusta el número nueve en un libro de cuentos porque me lleva al volumen de Salinger, titulado precisamente Nueve cuentos. Ahí se encuentra en el número seis, uno de los cuentos más bellos y tristes que jamás he leído: “Para Esmé, con amor y sordidez”. Y es que la literatura, muchas veces, nos hace vivir otras vidas, nos representa la realidad de un modo mucho más interesante, nos sirve de defensa contra el ruido de la realidad.
Club Marina, Los días lábiles

Stonberg Editorial. 2016


Pasen,… y lean.


jueves, 9 de junio de 2016

Juan Marsé, Si te dicen que caí

El arte de la novela 3
Martes, 7 de junio de 2016

Hoy Andreu Jaume nos recibe en la Sala del Teatre, un espléndido espacio para escuchar literatura con su voz cálida. Aparece con su maletín, puntual y elegante, con un tono bronceado, traje de lino y camisa azul claro... Buenas tardes.
Si te dicen que caí es una novela excepcional, la mejor de Juan Marsé. Presenta una serie de dificultades al lector, pero estas no deben disuadirnos sino al contrario, hemos de dejarnos arrollar por su ritmo narrativo.
Estamos frente a la condensación de todo el universo de Marsé, un escritor que se hallaba en pleno dominio de todos sus recursos, que había ya conquistado una forma de decir. Apunta Andreu Jaume que Marsé en esta novela dinamita el principio de realismo para ofrecer una visión caleidoscópica de la posguerra española.
En el prefacio a la nueva edición, el propio Marsé confiesa:

Escribí esta novela convencido de que no se iba a publicar jamás. Corrían los años 1968-1970, el régimen franquista parecía que iba a ser eterno y una idea obsesiva y fatalista se había apoderado de mí: la de que la censura, que aún gozaba de muy buena salud, nos iba a sobrevivir a todos.”

Si te dicen que caí es el resultado de una larga decepción. Marsé escribe para sí mismo. Habla de los primeros años de la posguerra, los años 40. Y aquí no importa el argumento, ni el diálogo con la sociedad. Escribe para dar luz a todos quienes la Historia ha engullido, para descubrir “la estafa de la memoria histórica”. Y aquí el profesor entra en una larga digresión sobre la mentira propagandística y la pervivencia del franquismo en la práctica política, incluso en la actual, y cuya prueba más feroz es la corrupción que todo lo arrasa y no deja de latir en las formas de hacer política. La novela habla de la destrucción moral del régimen.
Presenta una estructura caleidoscópica formada por distintas capas narrativas, por distintas voces, por distintos planos temporales y vidas truncadas. Por todo ello podemos decir que se trata de una novela plenamente cervantina, con personajes “de destino” (Sánchez Ferlosio dixit) y personajes de carácter.

Se abre con la visión de cadáver del Java, el trapero protagonista, muchos años después, en los años 60. A partir de ahí, se retoma el recuerdo del mundo perdido en la Barcelona de los años 40. Aparecen tres planos diferentes: el de los muchachos adolescentes, pobres, soñadores sin esperanzas; el de la burguesía franquista vencedora, y el de los anarquistas que pensaban derrotar a la dictadura.
Los muchachos fabulan, cuentan los aventis, historias de evasión de la realidad, de la miseria; a través de los cuales se planea la fuga al tedio y a la sordidez. A modo de realismo mágico, toda gran novela mantiene una relación con el misterio, con el enigma.

"Se juntó con el corro sentado en la acera y le hicieron sitio rápidamente, algunos frotándose las manos de impaciencia: cuenta, Sarnita. ¿Seguimos con la aventi de ayer o inventamos otra? Sigue: la chica sabía demasiado, corría peligro. Una cresta de hierba brota en la acera frente a la bragueta abierta de Luis.”

Parece que la palabra clave en la sesión de esta tarde es “sordidez”. Sordidez en las costumbres, en la moral, en la religión. Va iluminando una sociedad devastada, de viudas prostitutas para malvivir, de confidentes, de delatores. Java acepta dinero para recrear cuadros sexuales en el cuarto de un falangista. No ha conocido aun el amor y ya conoce la sordidez del sexo. Y a pesar de todo también está presente el humor (el episodio del baile con el obispo es una muestra de ello).
La derrota sin fin y sin remedio es lo que une a todos los personajes.

Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, soñando como niños.

Buenas tardes.