domingo, 29 de mayo de 2016

Umberto Eco, Il nome della rosa

El arte de la novela, 3

Martes, 24 de mayo 2016

            Dice Raffaele Pinto que para Umberto Eco siempre es posible interpretar el mundo, desenredarlo. Es posible que sea por esto por lo que su primera novela pertenece al género policíaco. En El nombre de la rosa (1980) planea un tema fundamental que es la lujuria del conocimiento, que produce placer y es más peligrosa que la lujuria de la carne.

 El buen filósofo duda de la posibilidad de que se pueda entender el mundo, que exista un orden que establezca alguna serie de relaciones. Antes de escribir su primera novela, Umberto Eco era un estudioso de Filosofía y un artífice de la Semiótica, disciplina que estudia los signos y los códigos o sistema de relaciones que se establecen entre ellos. Pero antes de descubrir su vocación como semiótico, Eco se formó como estudiante de filosofía medieval, con una tesis sobre la teoría estética de Tomás de Aquino en la que llega a descubrir un sistema estético por el cual se entiende la Belleza como un perfecto sistema de relaciones. No se cimenta en la emoción sino en el reconocimiento de la racionalidad.

            La novela describe el ambiente religioso turbulento de la segunda mitad del siglo XIV. La trama de la novela describe el proceso de resolución del asesinato de unos frailes. Son envenenados con una sustancia que llevan impregnada en la yema de los dedos. Y el arma es un libro, un libro custodiado en la parte más secreta de la biblioteca monástica. El protagonista, Guillermo de Baskerville, y su pupilo Adso, adoptan la actitud del investigador que pretende descubrir las causas. Se trata de un libro prohibido, el libro II de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia. Se trata de un libro que se perdió en la Edad Media y del que nada se sabe.
 El asesino, el ciego Jorge de Burgos (en referencia a Jorge Luis Borges), para asegurarse de que nadie que lea el volumen quedará vivo, lo envenena. Así, aquellos que no acaten la autoridad, morirán.

            

miércoles, 25 de mayo de 2016

Carlo Emilio Gadda, Quell merdé hurrible de Via Merulana

El arte de la novela, 3


Martes, 17 de mayo 2016

  Se trata de una novela policíaca de 1957, traducida por Juan Ramón Masóliver como El zafarrancho aquel de Vía Merulana, en Seix Barral. En 1959, Pietro Germi dirigió la adaptación al cine con el título de Un maldito embrollo, que se convirtió en un clásico del género policíaco del cine europeo.


El profesor de literatura Raffaele Pinto es el ponente de esta tarde. Abre su exposición con algunos de los rasgos de la novela policíaca, por ejemplo que lo más importante es el final, porque siempre esperamos descubrir quién es el asesino. Pero a continuación abre el arco a la novela como representación del mundo, de la realidad. Y es ahí donde el género policiaco introduce un elemento de ruptura de la coherencia, una violenta transgresión.

   La formación técnica de Gadda (se formó como ingeniero obligado por su madre) le ofrece una manera de ver el mundo asentada en la ciencia. Espera entender la realidad pero fracasa ante la evidencia de la resistencia del mundo a dejarse comprender.

  La novela termina sin final, no sabemos quién es el asesino, quién ha cometido el crimen. El protagonista dice saberlo pero el lector no es informado. Señala Pinto que este es el elemento más evidente de la imposibilidad de interpretar, de narrar el mundo. La investigación que se lleva a cabo en la novela sobre tal imposibilidad se articula por el lenguaje; o mejor, por la experimentación del lenguaje. De ahí, la gran dificultad para comprender esta novela. Plantea una trama muy difícil de seguir por las continuas digresiones. Se produce una constante explosión de los elementos lingüísticos: palabras llenas de resonancias culturales y rasgos dialectales. Cada uno de los personajes mezcla registros del italiano y dialecto y reflexionan (monólogo interior) pasando de un registro a otro y a los dialectos. El registro de estilo destacado por encima de otros es el de la comicidad.

Carlo Emilio Gadda trató toda su vida de representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, de representarlo sin atenuar en absoluto su inextricable complejidad, o mejor dicho, la presencia simultánea de los elementos más heterogéneos que concurren a determinar cualquier acontecimiento. 

Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio.

domingo, 22 de mayo de 2016

Medardo Fraile. Cuentos de verdad


Medardo Fraile 1925-2013,

escritor de la generación de los 50, la de Sánchez Ferlosio y Martín Gaite. Gran cuentista, definía el cuento como “un puñetazo lleno de realidad posible”. Es una lectura que impresiona como en ocasiones la realidad lo hace.

Son cuentos que te dejan hipnotizado, algunos de ellos muy cortitos, con un lenguaje extremadamente cuidado, la palabra escogida, “la voz definitiva mil veces repensada”. En algunos no pasa nada, o aparentemente. Son muy buenos: Ojos inquietos, El álbum, El caramelo de limón. Me propuse leer más títulos de su obra y también indagar en su teoría sobre el cuento, en su poética. Es muy amigo de la naturalidad y la sencillez, pero a la vez, con un uso exquisito de la lengua.
 Utiliza todos los recursos de la narración: el monólogo, el diálogo, la primera persona, el narrador omnisciente, el narrador testigo dentro y fuera del relato. Son magistrales sus ideas sobre el cuento como género, sobre su doble mensaje: lo expresado más lo insinuado. Me propuse en el mismo instante en que acabé de leer sus Cuentos de verdad, leer dos de sus artículos: El cuento y su categoría literaria El cuento, ¿género menor?

En otro de los relatos, Monólogo de los sueños, utiliza un recurso que consiste en inventar un interlocutor, un hombre que le escucha en un bar, que al final no existe, se desvanece. Me ha recordado otro cuento de Rulfo, Luvina. Al final, las dos palabras que me quedan sobre este autor son ternura y humildad. Dice que hay que colocar al lector en otro plano en un momento dado del desarrollo del cuento. Escribe cuentos que son verdaderas estampas, donde el tiempo se detiene.

lunes, 16 de mayo de 2016

LUVINA, un cuento de Juan Rulfo

Es un cuento perteneciente al libro El llano en llamas (1953). Son relatos de tristeza, de pobreza, de desposeídos.

“Luvina” presenta una estructura dialogada, pero en realidad no pasa nada. Es un relato de situación donde todo lo que se narra es evocativo.
El narrador es un hombre que se está quedando dormido borracho. Está contando algo en una cantina. Luvina es la imagen de la desolación. A partir de presentar una situación particular de un pueblo mexicano abatido por la soledad, el lector es capaz de intuir una situación similar para cualquier pueblo del mundo. La atmósfera da el ambiente, y es una atmósfera relacionada con Pedro Páramo.

“…Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre, lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo…siempre.”

Es la evocación de un lugar fantasmagórico, irreal. Utiliza el recurso del contraste entre la quietud del paisaje y la ansiedad en la acción. Pero el contraste es visual: cuando se refiere al espacio de la narración utiliza un tono cinematográfico. No se dan descripciones valorativas en el espacio de la cantina. Hay alguien que está escuchando a otro alguien que estuvo en Luvina. Contrasta cuando se habla de ese pueblo y todo está calificado, impregnado de sensaciones. El viento está personificado. Las flores se llaman dulcamaras, un nombre eufónico que sugiere y evoca sensaciones en el lector.

Luvina es el cuento más metafórico, con una atmósfera fantasmagórica. Este pueblo parece una metáfora política. Allí no hay consuelo de religión, ni hay gobierno, ni patria. Es el abandono total. Sus habitantes están al margen de la historia. Lo único que les ata a esa tierra son sus muertos que están enterrados ahí. Ahí está la conexión con Pedro Páramo.

Imaginar un espacio (pueblo, ciudad) y dotarlo de emociones. Esto es lo que hace Rulfo en “Luvina”. El personaje ya ha estado allí.


sábado, 7 de mayo de 2016

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

El arte de la novela, 3
Martes, 3 de mayo 2016


            Las Memorias de Adriano, de la novelista de origen belga Marguerite Yourcenar (1903-1987) se publicaron en 1951. Se trata de unas memorias imaginarias a las que vuelvo a menudo en busca de las frases subrayadas en varias lecturas. La primera sorpresa agradable ha sido constatar el recuerdo de que mi vieja edición de la novela (1989), de Círculo de Lectores, es la traducción del francés original que hizo Julio Cortázar en 1955. Releo las lúcidas palabras de Adriano, con sesenta años; cuando, tras una visita a su médico Hermógenes, le confiesa a su “Querido Marco”:

He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.

            María del Mar García López, la ponente de esta tarde, se presenta ante una sala como siempre abarrotada. Dice que no es una especialista en la obra de Yourcenar, aunque se ha documentado para la charla de hoy. Se presenta en categoría de lectora: Soy una lectora de Yourcenar, dice. Y señala que Memorias de Adriano es un libro de lenta lectura, por su alta erudición. Lo describe como una meditación sobre la soledad, el amor, la libertad, la muerte; en definitiva, sobre la condición humana. Y es que la autora pretende descubrir, a través del personaje, un sentido a la vida.

La novela aparece envuelta en otros discursos, lo que llamamos, paratexto y que consiste en los Cuadernos de notas a las “Memorias de Adriano” y en un documento largo que la autora denomina NOTA. Asistimos, pues, a un desdoblamiento crítico de la voz narrativa y el lector navega entre voces diferentes. Estos textos demuestran la gran erudición de Yourcenar sobre el mundo clásico, ratificada por historiadores y por la gran acumulación de fuentes contrastadas, desde Séneca, la Ilíada, Maquiavelo y; sobre todo, Montaigne, en ese sentido de la humildad a la hora de contarnos casi al oído, el producto de la reflexión. Reconstruye los treinta años del reinado del emperador Adriano
Memorias de Adriano fue una novela de larga gestación, entre 1924 y 1929. A los 45 años, la escritora se enfrenta al reto de terminar su novela, tras el hallazgo casual de la página amarillenta, escrita veinte años atrás donde decía: Empiezo a entrever el perfil de mi muerte. El proceso de escritura le lleva tres años. En el Cuaderno apunta:

            Este libro es la condensación de una enorme tarea hecha solo para mí. Me había habituado, todas las noches, a escribir de manera automática el resultado de mis paseos imaginarios por la intimidad de otras épocas.


Describe además cómo intenta impregnarse de Adriano y así consigue la simpatía, en el sentido de equilibrio entre erudición e intuición. Esto es lo que separa a esta novela del género de la novela histórica al uso. Se sirve la historia para adentrarse en la naturaleza humana. Aquí aparece un componente ideológico. Adriano habla, y el relato de su vida le permite hacer un balance para enfrentarse a la muerte con los ojos abiertos, sin miedo, con tranquilidad.