miércoles, 23 de marzo de 2016

Marienbad eléctrico. Enrique Vila-Matas



Enrique Vila-Matas, Marienbad eléctrico

Seix Barral. Biblioteca Breve.

Leo en una entrevista a Dominique Gonzalez-Foerster (Estrasburgo, 1965) su itinerario de amistad con Enrique Vila-Matas, desde el descubrimiento de su literatura en El mal de Montano, repleta de citas que le llevaron a leer a Sebald y a Bolaño. Una sucesión de coincidencias hizo todo lo demás: participar ambos en una exposición en la casa de García Lorca, donde la artista dispone una serie de libros y donde ambos llegan casi a la vez al hotel, lo cual deriva en una suerte azarosa de conversaciones sobre el acto de la creación.

En Marienbad eléctrico asistimos como lectores-oyentes a las conversaciones en torno a la inauguración de SPLENDIDE-HOTEL, el proyecto realizado por la artista en el Palacio de Cristal de Madrid. Se trata de la recreación de una única habitación en un hotel imaginado. El suelo está cubierto con alfombras repletas de libros y a su alrededor, mecedoras donde el visitante puede sentarse a leer. El juego de espejos entre espacio y tiempo, en una suerte de anacronismo que confunde realidad y ficción, el poder de la literatura, los mecanismos de la creación literaria, son algunos de los elementos temáticos de la novela. Algunos referentes vilamatianos: Robert Walser, Bolaño, Clarice Lispector, W. G. Sebald,…

Así, a partir de una relación que comenzó azarosa, Vila-Matas comenta todas las conexiones literarias que surgen de la exposición, incluida su confesión sobre el método de creación para sus novelas, su modus operandi. Aparecen en la novela los rasgos propios de su narrativa que intento aquí ordenar en una lista que me lleva a pensar en Perec:

Creación de una voz propia, que Vila- Matas califica de voz ensayística, de un yo inventado que ha pasado muchas veces por un yo autoficcional. Mezcla de ficción, realidad y ensayo.

Es un escritor literario, envuelto en referencias a autores, a citas, que le aportan un halo de falsa erudición que utiliza como mecanismo de creación. El proceso de escritura está integrado en sus novelas. Aparecen aquí referencias comunes entre el escritor y DGF que brotaron ya en el primer encuentro grabado: Roussel, Perec, Borges, Barthes, Robbe-Grillet, Bioy Casares. Y claro, el Tristam Shandy, de Sterne, con la digresión como forma de introducir el pensamiento en la novela.

El elemento autobiográfico es la gestación de la novela y el querer convertirse él en personaje literario, su propia gestación como escritor.Las novelas de Vila Matas tienen muy poco argumento, son todo escenas, situaciones. Le interesa más el elemento humano antes que explicar la vida de una persona.

Es un escritor muy imaginativo, con mucha invención. Ataca a los escritores realistas porque dice que duplican la realidad. Rechaza los sentimientos como forma de expresión. A él le ocurren cosas.
Aparecen guiños y complicidades con amigos. Gonzalez-Foerster y Vila-Matas plantean un diálogo. Se trata de un elogio de la amistad. El escritor no concibe la amistad sin admiración por la persona del amigo, por lo que hace y por cómo vive, en el sentido de Montaigne de respeto hacia el otro, de elevarlo a una posición superior.


“Nos gusta el arte fundido a la vida. El arte más difícil. Nuestras conversaciones nos parecen ejercicios apasionantes, quizás porque nos obligan a convertirnos en artistas.”
Enrique Vila- Matas, Marienbad eléctrico


miércoles, 2 de marzo de 2016

El adversario, de Enmanuel Carrère



Enmanuel Carrère, El adversario
 Editorial Anagrama
2000. ISBN 978-84-3397715-1
Crónica de un hecho real, un acontecimiento que conmovió a la opinión pública por lo escalofriante de su secuencias. El falso médico Jean-Claude Romand mató una mañana de sábado a su mujer, a sus hijos, a sus padres e intentó acabar también con su vida provocando un incendio, pero esto último no lo consiguió. No aguantó el picor de ojos que le producía el humo en los ojos ni el primer ahogo. Cuando abrió la ventana para respirar, los bomberos habían llegado ya.

La crónica se hace novela desde las primeras líneas:

“La mañana del sábado 9 de enero  de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Atoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida”.

El paralelismo de las secuencias dibuja el contraste entre la vida ejemplar de Luc Ladmiral, en el papel de mejor amigo y confidente de Jean-Claude y las escalofriantes acciones que este acometió el sábado 9 de enero de 1993.

Ese fue el primer día en que Romand fue él mismo, tras 17 años de mentiras, de impostura y fingimiento que Carrère va revelando según avanza la investigación. Ese sábado comienza para él la liberación. La vida entera como una farsa, una representación, desde las primeras mentiras a los padres, hasta el punto de utilizar como excusa la muerte “falsa” de su madre o el diagnóstico “falso” de un cáncer para despertar la compasión de los suyos. Inventar una vida ejemplar pero vacía, llena de horas muertas para seguir urdiendo la trama. Y cuando el cuello del embudo se estrecha hasta sentirse aplastado por sus propios muros, baraja algunas opciones: Confesarle a su mujer la verdad, huir al otro lado del mundo, simular un suicidio y no estar allí cuando todo estalle. Y es que lo peor era “presenciar el hundimiento de la familia y afrontar sus miradas”. Jean-Claude Roman opta por la opción que le va a evitar ese re-conocerse en los suyos como un impostor.


El relato pormenorizado de los hechos se convierte pronto en novela. Para novelar es preciso entrar en contacto con el asombro de los personajes. Y eso lo consigue Carrère. Los ingredientes de la verosimilitud ya los tiene: los marcos de temporalidad, los acontecimientos, los testigos, el proceso de averiguación…Cuando el lector comprende la extrañeza, el asombro, la urdimbre como reflejo de la condición humana, el resultado es pura literatura.