martes, 18 de octubre de 2016

La isla a mediodía. Un cuento de Cortázar

LA ISLA A MEDIODÍA. Julio Cortázar



Forma parte de la antología de cuentos Todos los fuegos el fuego, publicada en 1966. Es un libro de madurez en la trayectoria de Cortázar, donde lo real y lo fantástico se entremezclan. Aparece lo perturbador y un intento de explorar los límites de las fantasías de la realidad sin cruzar al terreno de lo sobrenatural. No se rompen del todo las reglas de la lógica.
El cuento “La isla a mediodía” narra la obsesión de Marini, un joven asistente de vuelo, por una de las numerosas islas griegas que avista cada día a la misma hora en el trayecto que le ha sido asignado.
La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.
Marini elige una isla apartada como el espacio de la felicidad.
Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas.”

Representa la otra cara de la vida cotidiana y eso es lo que le fascina. Está harto de la rutina, de lo banal de lo cotidiano. Cada vez se va quedando más tiempo pegado a la ventana y empieza a ver detalles de la vida en la isla. Marini es un personaje dinámico, no tiene un anclaje emocional, está siempre en tránsito. La fascinación va en aumento con el tiempo y alimenta el deseo ferviente de llegar hasta allí y de encontrar la manera de convivir con sus habitantes. El protagonista se va enajenando. El accidente del avión podría ser un símbolo o una alucinación. Marini está en el avión que se estrella y comprende que su estancia en la isla ha sido imaginaria. Cortázar apuesta más por el asombro que por el sentido.
Nuevamente, la escisión en dos planos narrativos que se entrecruzan y se solapan será en manos de Cortázar un recurso útil para brindar al lector una resolución inesperada y escapar de los límites de la narración convencional.
Puedes leer el cuento íntegro aquí