martes, 11 de octubre de 2016

El desguace de lo real



La escritora Adelaida García Morales
      La realidad ha sido siempre el punto de partida, la materia prima de la que se nutre la ficción literaria. Los escritores se inspiran en la vida para armar sus tramas y dar vida a sus personajes. En el pacto no escrito con el lector, la narrativa siempre ha jugado a parecerse a lo real, tomando como modelo el concepto de verosimilitud que explica Aristóteles en su Poética:

relatar lo que ha sucedido no es el trabajo del poeta, sino contar lo que podría haber sucedido, lo posible según la verosimilitud o lo necesario.”

     Verosímil sería pues, aquello que aceptamos como probable, y tal cualidad se halla por encima del rasgo distintivo para lo real entre posible o imposible. Es necesario que algo sea creíble a que sea posible. La verosimilitud se entiende como credibilidad de la obra y de los elementos que la componen.Tal formulación deja al escritor una amplia zona de movilidad entre los límites entre realidad y ficción. Es la zona de la creación.

     Muchas veces estos límites se confunden y se traspasan, se tornan difusos y borrosos incluso entre géneros: novela, crónica, documental, biografías. Y es en estos primeras décadas del siglo XXI cuando la ficción se acerca a la realidad para asaltarla, para sacudirla, para confundirse con ella, aun cuando se trate de unos cuantos datos, de una verdad imaginada no siempre (nunca es necesario) contrastada. Lo que conocemos como real ya está en el imaginario de cada individuo totalmente distorsionado. De ahí a la ficción hay solo un paso corto.
Entre muchos ejemplos y modelos, tomamos las novelas de Javier Cercas, Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, El impostor, en las que parte de episodios reales de la vida de sus personajes, ya dotados de una identidad nueva. Se ha producido una nueva vuelta de tuerca a la evolución del género. El propio Javier Cercas apunta que se trata de

"avanzar, de aprovechar toda la experiencia histórica combinando la geometría y el rigor del modelo flaubertiano con la libertad, la flexibilidad y la pluralidad genérica del modelo cervantino. Ese es mi ideal"

Otros autores que han tensado las relaciones entre ficción y realidad son Coetzee, Knausgard Carrère o el mismo Antonio Muñoz Molina, con Como la sombra que se va, donde el narrador realiza un ejercicio de autoexploración en paralelo con la narración de los hechos novelados. Pienso ahora también en la última novela de Luis Landero, El balcón de invierno.

Han demostrado que existen otras posibilidades de novelar o ficcionar la realidad. El viejo concepto de verosimilitud parece agotado. Ahora la narración no solo quiere parecer real, o verosímil; también quiere representar la vida y confundirse con ella, quiere sonar a verdad.

     Uno de los últimos episodios de estos “asaltos” a la realidad se ha producido con la publicación de la novela de Elvira Navarro, Los últimos días de Adelaida García Morales. La polémica surge a partir de un artículo de Víctor Erice, titulado precisamente “Una vida robada”, en el que acusa a la escritora de adueñarse no solo del nombre y apellidos de su ex mujer, o de la fotografía de la portada sino también de la identidad de Adelaida García Morales. Quizá cabría la posibilidad de valorar el daño a terceros, quizá ha podido más lo comercial del título y la foto, quizá se ha dado un derroche de evidencias que ha dejado en segundo plano la eficacia de la ficción literaria.

La polémica está servida y se abre un debate interesante sobre dónde están los límites, siempre difusos.