miércoles, 2 de marzo de 2016

El adversario, de Enmanuel Carrère



Enmanuel Carrère, El adversario
 Editorial Anagrama
2000. ISBN 978-84-3397715-1
Crónica de un hecho real, un acontecimiento que conmovió a la opinión pública por lo escalofriante de su secuencias. El falso médico Jean-Claude Romand mató una mañana de sábado a su mujer, a sus hijos, a sus padres e intentó acabar también con su vida provocando un incendio, pero esto último no lo consiguió. No aguantó el picor de ojos que le producía el humo en los ojos ni el primer ahogo. Cuando abrió la ventana para respirar, los bomberos habían llegado ya.

La crónica se hace novela desde las primeras líneas:

“La mañana del sábado 9 de enero  de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Atoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida”.

El paralelismo de las secuencias dibuja el contraste entre la vida ejemplar de Luc Ladmiral, en el papel de mejor amigo y confidente de Jean-Claude y las escalofriantes acciones que este acometió el sábado 9 de enero de 1993.

Ese fue el primer día en que Romand fue él mismo, tras 17 años de mentiras, de impostura y fingimiento que Carrère va revelando según avanza la investigación. Ese sábado comienza para él la liberación. La vida entera como una farsa, una representación, desde las primeras mentiras a los padres, hasta el punto de utilizar como excusa la muerte “falsa” de su madre o el diagnóstico “falso” de un cáncer para despertar la compasión de los suyos. Inventar una vida ejemplar pero vacía, llena de horas muertas para seguir urdiendo la trama. Y cuando el cuello del embudo se estrecha hasta sentirse aplastado por sus propios muros, baraja algunas opciones: Confesarle a su mujer la verdad, huir al otro lado del mundo, simular un suicidio y no estar allí cuando todo estalle. Y es que lo peor era “presenciar el hundimiento de la familia y afrontar sus miradas”. Jean-Claude Roman opta por la opción que le va a evitar ese re-conocerse en los suyos como un impostor.


El relato pormenorizado de los hechos se convierte pronto en novela. Para novelar es preciso entrar en contacto con el asombro de los personajes. Y eso lo consigue Carrère. Los ingredientes de la verosimilitud ya los tiene: los marcos de temporalidad, los acontecimientos, los testigos, el proceso de averiguación…Cuando el lector comprende la extrañeza, el asombro, la urdimbre como reflejo de la condición humana, el resultado es pura literatura.