jueves, 14 de mayo de 2015

Ombrosa ya no existe. CCCB 8. Italo Calvino. Nuestros antepasados.

Martes, 12 de mayo.  “El Arte de la novela europea s. XX. 2”

Llego tarde. Esta noche juega el Barça y eso, en esta ciudad, significa un tráfico denso, un fluir hacia casa o hacia alguna pantalla en carreras frenéticas. He visto en la entrada a Jordi Llovet con el ponente de hoy, Raffaele Pinto, especialista en la obra de Dante. También está Ignacio Echevarría. Charlan de manera jovial y sonríen mucho.
Raffaele Pinto viene a hablarnos de Italo Calvino y su ciclo Nuestros antepasados, compuesto por las novelas: El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente. Pinto tiene una voz muy cercana, con ese acento melódico de los italianos. De pronto se pregunta: “¿Por qué seguimos leyendo a Calvino?”

Abre la ponencia con algunos rasgos biográficos de Calvino, nacido en 1923. La conciencia antifascista le llevó a ingresar en el Partido Comunista. Su vocación literaria maduró muy pronto y en la adolescencia le interesó mucho el cine. Esto explica un rasgo de estilo propio de Calvino: la fuerte tendencia a la visualización de situaciones, de personajes para el lector.
A partir de 1956, tras una crisis profunda, sale del PCI, de los organismos de control y empieza un recorrido completamente personal. Las tres novelas implican ya la negación del imperativo categórico de representar el mundo. En ellas Calvino logra huir hacia lo fantástico. La imaginación empieza a explorar por su cuenta, sin riendas ni disciplinas. La primera, El vizconde demediado” narra la historia de Medardo, a quien un cañonazo turco le destruye la mitad del cuerpo. Pero las dos partes viven por separado y regresan a sus tierras. Una de las partes se comporta mal, roba y mata, mientras que  la otra es toda bondad. Se trata de una alegoría transparente que ilustra el conflicto entre posturas excluyentes. En El barón rampante, Cósimo se encarama a un árbol a los doce años para rebelarse contra la tiranía de su familia. Decide poner distancia y pasar sobre los árboles más de medio siglo de su existencia. Y El caballero inexistente no es más que una armadura vacía, la de Agilulfo, quien “sabe que existe...pero no existe”. Es una alegoría sobre el vacío de la disciplina, de las normas y de la falta de identidad y los efectos del amor.

Ítalo Calvino murió en 1985, de manera súbita, una semana antes de dictar en Harvard un ciclo de conferencias sobre los valores que él consideraba que la literatura del próximo milenio debiera preservar. Así, este breve ensayo, Seis propuestas para el próximo milenio, se ha convertido en su testamento literario. Es un libro extraordinario porque se trata de una lectura personal de seis recorridos por la literatura universal siguiendo el hilo de estos temas: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Son elementos que Calvino elabora como criterios para interpretar la tradición literaria. Y el primero de estos elementos, la levedad, nos da una de las claves de su poética:

Tras cuarenta años de escribir ficción, tras haber explorado distintos caminos y hecho experimentos diversos, ha llegado el momento de buscar una definición general para mi trabajo; propongo ésta: mi labor ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje.
Calvino es todo reflexión, pensamiento y control de la escritura. Siempre vuelve al tema esencial desde la historia que narra: el propio proceso de escritura. Muestra la necesidad total de la escritura. Así, el párrafo final de El barón rampante:


Ombrosa ya no existe. Mirando el cielo despejado me pregunto si en verdad ha existido. Aquella profusión de ramas y hojas, bifurcaciones, lóbulos, penachos, diminuta y sin fin, y el cielo sólo en relumbrones irregulares y recortados, quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada que se asemeja a este hilo de tinta tal como lo he dejado correr por páginas y páginas, atestado de tachaduras, de remisiones, de borrones nerviosos, de manchas, de lagunas, que a ratos se desgrana en gruesas uvas claras, a ratos se espesa en signos minúsculos como semillas puntiformes, ora se retuerce sobre sí mismo, ora se bifurca, ora enlaza grumos de frases con contornos de hojas o de nubes, y luego se atasca, y luego vuelve a enroscarse, y corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acaba."