martes, 10 de noviembre de 2015

Continuidad de los parques

El cuento más veces interpretado

 Continuidad de los parques
 Julio Cortázar

Los cambios de casa dan para mucho. Dicen que uno no es consciente de su paso por el mundo hasta que no realiza una mudanza. Es como mudar la piel, porque los libros y los escritos (hablo de textos de la era anterior a lo digital), son sometidos a diversas cribas y purgas según criterios de peso emocional, de calidad, de afecto, y  por último, el de espacio disponible.
            A veces se producen descubrimientos extraordinarios, como este. He rescatado unas notas de entre los papeles del pasado más remoto cuatro apuntes sobre el famoso cuento de Cortázar que tantas veces hemos leído, entre sorprendidos y admirados: “Continuidad de los parques”. Las notas, que aquí he intentado reproducir, empiezan con una oración sugerente
Es un texto muy tramposo y muy hermoso”.

1)        ELEMENTOS FORMALES: Narrador en tercera persona. Narrador cámara, dos espacios de narración: la casa y la novela. El elemento de enlace: el terciopelo verde...  El título ya anticipa la trama.Todo el cuento gira en torno a este concepto: Metalepsis (Genet). La forma artificiosa pone en contacto dos dimensiones. La metalepsis se produce antes de la frase: “Primero entraba la mujer”. Se traspasa aquí de un universo a otro, del universo ontológico del narrador al universo ontológico del personaje, leído por el lector. Palabras clave: “placer casi perfecto”. In media res. Tiempo referido versus tiempo real. Repeticiones, recurrencias (terciopelo verde). Circularidad (finca- novela). Ausencias de referencias temporales y espaciales (no hay antropónimos). Abstracción ( no aparecen nombres).Texto metaliterario. Ilusión novelesca, se produce el pacto narrativo: la inmersión en grado sumo en el mundo imaginario a partir del mundo empírico. Selección léxica: campos semánticos: perverso, serpiente, puñal, sangre.

2)        Referentes: Nouvelle vague (años 50), Allan Poe, cuento “El cuervo”, por la ambientación, “El resplandor”, película, “Psicosis”, película , El mirón, novela.

Pero es en el segundo párrafo donde se recogen todos los elementos diseminados en el primero y el que me ha llevado, en esta relectura tardía, a descubrir que los lectores guardamos el poso de los libros que hemos leído a lo largo de una vida. 
El cuento, ¿lo recuerdas? En dos párrafos:

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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.