viernes, 7 de agosto de 2015

Cierra los ojos y ve




Entró al fin en la estación de metro de Sagrada Familia. Bajó las escaleras lentamente, con la solemnidad del descenso a los infiernos y al pisar un ovillo de cáscaras de pipas, se sintió por unos segundos como Stephen Dedalus en el tercer capítulo del Ulises, cuando pasea por la playa de Snadycove con los ojos cerrados para percibir el sonido de sus botas al aplastar unas crujientes conchas.

El primer convoy entró a los pocos minutos. Se dirigía a su estudio del Raval, un pequeño local de la calle Notarías que comparte con un diseñador de bolsos y una restauradora de objetos vintage. Ya en el vagón, justo en el momento en que se cierran las puertas tras la señal acústica, entró una joven abrazada a una carpeta o algo así y, por un momento, le recordó a Julia, sus facciones aniñadas, su pelo corto y despuntado sobre la nuca, pero no, no lo era. Se sentó frente a él y observó discretamente una pequeña cicatriz en forma de pez en la pantorrilla izquierda. La descartó de inmediato.
Iba a llegar muy temprano al estudio y dispondría de todo el espacio y la tranquilidad para continuar la trama del capítulo cinco de su novela y para preparar su intervención sobre el Ulises. Y es que llegaba el día más importante para los amantes de Joyce, el Bloomsday
Cayó en la cuenta entonces de la conexión con el monólogo interior de Stephen y los crujidos de las conchas bajo sus pies. De vez en cuando la mirada se le desviaba a la cicatriz -pez de la chica, cuyos dedos se movían compulsivamente sobre el móvil. 

Diagonal es la estación donde debe realizar el enlace con la línea tres. Anduvo el largo pasillo interior y de entre las pocas personas con las que se cruzó, se vino a fijar en mí. Yo lo reconocí al momento pero mi timidez me impidió detenerme y decirle que soy una admiradora de sus escritos, que lo sigo en las redes sociales y que lo sé todo sobre él. Me acompañó con la mirada, me escrutó, me examinó hasta el punto de incomodarme y hasta es probable que me hiciera una foto con su móvil cuando ya le daba la espalda.

Entropía