lunes, 26 de mayo de 2014

Más sobre el futuro del libro y el escritor


  


Apuntes sobre la Nueva carta sobre el comercio de libros
Editorial Playa de Ákaba

Desde las últimas décadas del siglo pasado, la composición digital no ha dejado de revolucionar el mundo de la edición. Mucho se ha escrito sobre el futuro del libro en papel. Los debates sobre las nuevas formas de comunicación se están convirtiendo en un género en sí mismos. Aunque el tiempo ha acelerado los cambios, todavía está por reunirse la enésima mesa redonda sobre los retos de la edición en plena era digital. Sin embargo en ese encuentro hay demasiado ruido. Los editores discuten, proponen y exponen sus ideas. Dicen que se impone la transgeneridad en textos y catálogos, aparecen nuevos géneros, formatos, la autoedición.


Las editoriales grandes están buscando su lugar y se debaten entre los nichos de ficción literaria y los de ficción comercial, cuya línea de separación se hace cada vez más débil. Una frase resuena en esta enésima mesa redonda imaginaria: Las redes sociales han dejado atrás a los medios de comunicación. Demasiado ruido porque las redes sociales no acaban de perfilar su función. Las editoriales inundan las redes de noticias, promociones, reseñas, convierten a los autores en creadores de opinión. Creo que esto se agotará, se puede llegar al riesgo de saturación. Y una pregunta obvia ante tanta guerra comercial ¿Quién va a dirigir el gusto del público lector y va a intervenir en lo que se debe leer? ¿Dónde queda el papel del crítico profesional?

Participo en esta obra colectiva con una carta "al buen lector", y es que me presento en mi condición de lectora,  ya sea de ficción literaria o ensayo. Como tal, porque es de lo que sé y entiendo. Los lectores ahora estamos algo más perdidos, entre tanta saturación de información y sin las críticas que regían el criterio. Sin embargo, tenemos más libertad y un mayor grado de especialización. No solo elegimos las lecturas sino también a las voces críticas, ya sean profesionales o no. 

Pese a la crisis económica, surgen pequeñas editoriales independientes de calidad que reman a contracorriente y algunas consiguen sobrevivir. Cierran librerías, pero otras abren y ofrecen nuevas formas de acercamiento al libro y a la lectura. Demasiado ruido porque a aquellos que se empeñan en vaticinar la muerte del libro y del proceso creativo, las estadísticas parecen llevarles la contraria. Se lee más que antes y a través de múltiples soportes. Ricardo Piglia, en unas conferencias recientes, se ocupa más de la cuestión creativa, de cómo se lee, y diferencia entre leer noticias, tweets, sugerencias que nos provocan ansiedad ante la dificultad de selección y de filtro. Sostiene que leer literatura requiere concentración, una lectura profunda e "inmersiva". 
Debe mantenerse la lectura literaria, cualquiera que sea el formato en que tengamos que leer, que haya una relación con la lectura que vaya más allá de la velocidad, de lo instantáneo.

La tecnología trae nuevas formas de leer que no deben desplazar la FORMA LITERARIA DE LEER.

    Para frenar la piratería, las editoriales luchan en 3 frentes: digitalizan y ponen todo el catálogo a la venta, lo abren a todas las plataformas y modalidades de lectura y lo ofrecen a precios competitivos, (pero sin la promoción necesaria,  es como el hermano pequeño, el "patito feo" de los catálogos) Un libro en papel está en muchas librerías pero un ebook está en una estantería global, a la que accede toda la comunidad internauta, pensemos en la posibilidad de promoción.

Todo apunta a una larga coexistencia entre papel y digital. El valor es de los textos y no del soporte. Los propios textos son bellos en sí, un mismo texto literario puede editarse en distintos formatos (alguno son horribles) y sigue teniendo valor. Los dos soportes deben ser compatibles.

·       La fijación de precios del ebook es una cuestión muy discutida, a diferencia de los libros en papel, las políticas de precios varían mucho según cada editorial y hasta según cada libro. Hay ciertos actores del mundo digital (las grandes librerías, sobre todo) que insisten en la conveniencia de poner precios bajos para incentivar la compra.¿Por qué pagamos dos veces por el mismo libro?

·    Viene al caso el filósofo Heráclito y su máxima Todo fluye y nada permanece, es la teoría del devenir. El libro y el oficio de escritor no morirán. Ambos serán lo que quieran ser y lo que el tiempo y el propio proceso de cambio les deparen.

sábado, 17 de mayo de 2014

Barcelona es un gran puerto que piensa. Paul Valéry. CCCB (8)

Paul Valéry, Monsieur Teste. CCCB (8)



Martes, 13 de mayo. Entro en una sala apenas habitada. Debe de ser todavía muy temprano. Me siento de nuevo en la silla junto a la columna de piedra y decido que será mi lugar definitivo hasta el final del curso. Me gusta tocarla. Pienso que además me suele ocurrir que decido mi lugar cuando ya he perdido el tiempo probando otros rincones desde los que mirar el mundo.

A cada minuto que se retrasa Jordi Llovet, el runrún en el aula sube de volumen. Hoy es él de nuevo el encargado de la conferencia. Y no es extraño porque suyo es el prólogo de la famosa traducción al catalán de Àlex Susanna, de Monsieur Teste, en una edición de 1980. Ahora entra diligente, con su maletín y sus mejillas sonrosadas. Se demora en colocar meticulosamente el micro, los papeles y la lámpara sobre el escrito. Empieza a hablar y los murmullos se desvanecen como si alguien cerrara una puerta. Llovet habla de presentarse a sí mismo, primer chiste y primeras risas, habla de lo absurdo de la identidad, de las falsas vidas. Somos un gran baile de disfraces. Acelera el ritmo de las frases y se pierde por la ciudad de Barcelona, a la que califica de muy convencional. Explica la anécdota de la visita de Valéry en el mes de mayo del año 1924. Recita casi de memoria la carta de agradecimiento manuscrita que dirigió el poeta a los miembros de l´Ateneu barcelonés.

"Hotel de Oriente | Rambla del Centro, 20-22 | Barcelona || le 26 mai 1924 || Messieurs et chers Camarades, | Je vous adresse à tous mes remerciements les plus profonds pour votre accueil si cordial et si aimable. J'ai trouvé ici une vie intellectuelle dont l'intensité et la diversité m'ont surpris et enchanté. Barcelone est un grand port qui pense... Je n'en vois pas beaucoup d'autres dans le monde! | Je vous serre les mains à tous avec la plus grande gratitude... Au revoir! | Paul Valéry".


Destaca la frase “Barcelone est un grand port qui pensé...” y se lamenta de que en la actualidad la ciudad destaque más como destino turístico que como foco intelectual y de cultura.

Foto de Miki López
Empieza al fin a hablar de Monseur Teste y la describe como un libro que intenta demostrar que Valéry no podía escribir novelas. Nunca cedió a la banalidad de armar una historia, de crear una ficción por donde desfilen personajes. Detestaba los lugares comunes y las frases hechas. Considera a Paul Valéry como un ser intelectualmente muy superior, no tanto quizá como poeta. Cuenta que tras una crisis personal en 1892, que le cambió la vida para siempre, decidió dejar de escribir poesía y dedicarse a levantarse muy muy temprano para escribir estos pensamientos de una lucidez e inteligencia suprema. Monsieur Teste, su alter ego, es un hombre de unos  cuarenta años, que ya no escribe. La perspectiva es la de un joven que lo visita.

Es un esbozo de novela, una novela imposible de un gran intelectual, testigo de la crisis que sufrió la literatura en los años 30-40. El profesor lee algunas de las primeras frases de la obra, en la traducción de Àlex Susanna: “ L´estupidesa no é spas el meu fort. He vist molts individus; he participat en empreses diverses sense que m´agradessin…”

Finalmente, Jordi Llovet habla de la muerte, lo ha hecho varias veces esta tarde. Comenta que Valéry tuvo su gran funeral de estado, con todos los honores, con una solemne guardia de estudiantes, que fue enterrado en Séte, en su cementerio marino con vistas al mar. De repente, Llovet confiesa que le gustaría mucho ser honrado por una guardia de estudiantes en su propio funeral.


Aplausos.

martes, 13 de mayo de 2014

Ramblas de Barcelona, 1952


El señor marqués me ofreció el puesto de patrón.  Mi interés por la vida en el mar crecía y crecía. Durante el mes a bordo seguía estudiando y cada vez me apasionaba más el mar.


 Continué mis estudios ocho horas diarias incluso los domingos, cuando todos los marinos se iban a divertir por las calles del barrio chino, al Panams o al club de billares Monforte. Recuerdo un domingo que ya cansado de estudiar, me fui de paseo con los amigos de mi padre. Era divertido subir o colgarnos del  33, el tranvía que salía de la Barceloneta y nos llevaba hasta las mismas Ramblas, siempre iba cargado de gente a rebosar. Primero se tomaban unas copas en los billares con un par de partidas y luego, justo enfrente, se plantaban en los portales donde unas prostitutas muy arregladas hacían repicar sus tacones sobre el mármol de la entrada al paso de los mozos. A mí ya entonces todos me llamaban el Santito, porque nunca bebía alcohol ni fumaba pitillos ni puros ni nada; aunque las chicas sí que me gustaban. Yo me pedía refrescos como la gaseosa, o tomaba cafés sudados y se burlaban diciendo que así nunca sanaría del asma, que el tabaco hacía calmar la tos.

Uno de los amigos de mi padre y además un fijo de la dotación del barco, no es otro que Vicente, un rudo pescador soltero, a quien en aquellos años ya le tiraban los jovencitos, algunos realmente niños. Los buscaba en las colas del cine Latino, junto al teatro Principal y el Monforte, donde los billares. Casi siempre pasaban sesión doble de  películas muy antiguas, como Fumanchú, o cosas así, pero los domingos el cine se llenaba de chicos, algunos acompañados de sus padres y otros en grupo. Vicente esperaba las indicaciones de los mirones, que hacían guardia en las taquillas observando el ganado, como decían, y él aguardaba en las filas de butacas raídas a que algún chico se sentara a su lado y poder tantear los magreos y manosearle sus partes. A veces, tenía que cambiarse de sitio según lo viera, pero  en más de una tarde salió escaldado y magullado.



En aquellos años de miseria los burdeles estaban a rebosar y los precios eran muy baratos. A mí, como a todos, me tocó hacerme un hombre en las pensiones de las Ramblas. Había que pulsar un timbre rojo para entrar, subir a una primera planta y esperar en una sala no muy grande, con las paredes repintadas en tonos fuego o malva, donde las disponibles aguardaban a los clientes sentadas en unos butacones desgastados. Había mujeres de todas las edades y estaturas; algunas te sonreían y otras te miraban pícaras lanzando besos al aire mientras se acariciaban los pechos. Pero las más baratas estaban en las calles, desafiaban con sus tacones los adoquines mojados y te llamaban sin disimulo. Eran las pajilleras, mujeres apretadas que por unas monedas te lo hacían en los cines, con pulsera musical y todo, de esas que sonaban como si portaran un cascabel al compás del magreo; aunque entonces también tenías que pagar al acomodador para que te reservara un sitio discreto.

viernes, 2 de mayo de 2014

Juan Rulfo, Pedro Páramo. CCCB (7)

                                           
Juan Rulfo, Pedro Páramo. CCCB (7)




Martes, 29 de abril. Llego a la sala con tiempo de antelación porque me queman las manos. Ya me había resignado a terminar el mes de abril sin un buen libro que llevarme a la boca, y hoy el libro me ha encontrado a mí. Me siento en un lugar diferente, más discreto. He pegado la silla a una de las columnas de piedra para acomodar mis bártulos y me dispongo a abrir un tesoro. La última edición de una novela de Iris Murdoch, El unicornio, de Impedimenta. Además, el autor del prólogo es Ignacio Echevarrría, quien hoy se me revela doblemente: en la sala y en el libro.
Leo el primer párrafo y la contraportada. Hoy he venido con libro pero con cierto desasosiego. Es la séptima novela de Iris Murdoch, «…Siempre Shakespeare», señala el prologuista. Dice que la novela es una alegoría en torno a la dificultad que todos tenemos de ver realmente a los demás y quererlos por lo que son.

La sala se llena de repente. Se alza el ruido de murmullos y dificulta la lectura. Reconozco algunas caras, algunas fragancias y gestos.

Entra el flamante ponente, Ignacio Echevarría, elegante y con el pelo recogido en coleta lacia. Camisa blanca, chaleco y americana, lo más parecido a un dandy  de las letras, con sus gafas mínimas, su perilla y sus manos en continuo llevarse el pelo tras la oreja derecha. Guapo siempre. Pienso que podría firmarme el prólogo del libro al final de la sesión y explicarle que una vez lo convertí en personaje de uno de mis cuentos, pero de inmediato me parece ridículo. Hoy viene a hablar de Juan Rulfo y su Pedro Páramo. ¿Por qué nunca nos cansamos de Juan Rulfo? Tal vez ahora su Comala tiene mayor sentido.

Comienza la lección con la proyección de unos fragmentos de Pedro Páramo  en la voz de Rulfo: Tu padre ha muerto…y comenta las tonalidades del texto, la cadencia. La voz de Juan Rulfo me sobrecoge en este día de abril.

Pero la voz de I. Echevarría no parece suya, es aguda, suena raro. Habla de la vida de Rulfo y le retrata como introspectivo, taciturno, tímido, solitario…adjetivos que ya suenan a antiguo en este mundo de interacción global. Luego habla del boom, de los autores, del continente, de la revalorización continuada de esta novelita, de su deuda con la tradición de la literatura noruega y la novela gótica de la vieja Europa, con las brumas y la subjetividad. Y alude a los fantasmas y al culto a la muerte que se practica en México.
Casi al final, y tras repasar todos los aspectos formales y temáticos de la novela, el ponente cita a Juan Villoro, el escritor. Recuerdo su lectura de Pedro Páramo en una de sus clases:


« Lectura política. Crítica del patriarca, del caciquismo, del machismo. Hay una gran carga política con recursos literarios. Los personajes están excluidos de la Historia. Al pueblo llegan ecos del mundo inverosímil donde los acontecimientos son posibles. La revolución mexicana (1910-1920) y la primera guerra cristera (1926-1929) son los círculos externos de la trama. Los personajes están privados de la posibilidad de que algo les ocurra. Nadie los puede redimir. Los lectores, desde la Historia espiamos a los expulsados. Hay una responsabilidad ética del lector para evitar esta situación y ayudar a los olvidados a dejar de serlo.»


Aplausos