domingo, 27 de abril de 2014

Semillas aladas de abril

                                                                            Y ahora el desconcierto.

María Dolores Gómez Soler se encuentra en la UCI del Hospital de San Pablo. Box 22.

La imagen yaciente de Marlés le asalta en el primer semáforo, a los pocos metros de haber salido del aparcamiento. Desde el miércoles en que se vieron en la cafetería del museo no ha vuelto a hablar con ella. Fueron unas horas deliciosas, cuando la tarde de principios de primavera abriga con un sol cálido que apenas nace y languidece. Hablaron sentados en la mesa del rincón, bajo la sófora que preside las caballerizas del palacete. Ella se había marchado mucho antes  que de costumbre, tenía que acudir a la universidad a recoger de su taquilla toda la documentación del proyecto.


El disco cambia y Tomás cruza la avenida Vallcarca para acceder a la Ronda del Guinardó, flanqueada por esos álamos blancos que en el mes de abril liberan preciosas semillas aladas que revolotean sobre su cabeza. El Hospital de San Pablo queda cerca, sobre todo desde que inauguraron las nuevas dependencias con su flamante entrada por la calle Mas Casanova y fue liberado el antiguo recinto modernista que será restaurado.

La moto se detiene en otro semáforo, este es el anterior al túnel de la Ronda. Nota algo de sequedad en la boca, todavía le molesta el estómago y aprovecha para erguirse sobre el asiento. 

Ciudad de Sombras
Los semáforos son como un intervalo en donde tu propio tiempo se detiene mientras que  la vida de los otros transcurre delante de tus ojos.  Desde el encuadre que le ofrece la visera del casco, observa la vida en movimiento, en su continuo fluir.

lunes, 21 de abril de 2014

De la magia de lo cotidiano



Hace unos días, entre los muchos comentarios que ha provocado la muerte de García Márquez, hubo una reflexión en facebook que decía más o menos: «Si es mágico, no es realismo». Tal afirmación formaba parte de un listado de frases algo rebuscadas para crear polémica y reflexión en la red social. El autor del comentario, joven escritor-premiado, logró su objetivo, además de demostrar su erudición, y sumó numerosas réplicas y los populares «Me gusta».

El enunciado «Si es mágico, no es realismo», que más parece un silogismo de contrarios, se quedó dando vueltas en mi cabeza y empecé a construir una argumentación. García Márquez trabajó la crónica periodística (el periodismo como oficio, siempre) a partir  de historias sobre lo cotidiano. Pero está en la forma de contarlas donde se halla la maestría: describe con sorpresa, como novedosos los asuntos de siempre. Lo cuenta con perplejidad, con asombro. Y lo convierte en literatura. Presentar lo común en un tono legendario, por ejemplo, un tono narrativo de oralidad, de ensoñación, es una técnica, un rasgo de su estilo.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»

Si la realidad está constreñida por las leyes y normas que la rigen, la literatura carece de otros límites que no sean la propia imaginación o la re-creación de otros mundos u otras realidades. La literatura se presenta siempre como la otra cara de la realidad. Recuerdo ahora las palabras de Claudio Magris en Utopía y desencanto, que casi parecen un aforismo: La utopía da sentido a la vida, porque exige, contra toda verosimilitud, que la vida tenga un sentido; don Quijote es grande porque se empeña en creer, negando la evidencia, que la bacía del barbero es el yelmo de Mambrino.

Y he aquí un hecho cotidiano que se ha convertido en azaroso, casi mágico. Entre los muchos artículos publicados en la prensa por la muerte de GGM, llega a mis manos el de mi admirado Juan Villoro, escritor mexicano. Lo titula «El inventor del hielo» (El Periódico, 19/4/2014) y apunta que en Cien años de soledad, el personaje Remedios la Bella levanta el vuelo en un momento mágico. Es una escena extrema donde todo su contexto (el nombre, la conducta, la condición etérea del personaje), la dotan de verosimilitud y preparan al lector para el vuelo, con elementos tan cotidianos como la  taza de chocolate o salir a un patio con sábanas tendidas al viento como velas de barco. Trasforma en cotidiano un hecho mágico, extraño. Así apunta Villoro que GGM «decidió que la realidad es una rama de la mitología»

En Relato de un náufrago, García Márquez utiliza la voz del protagonista como narrador, es una voz sobria, sin voluntad de estilo, pero que activa el mundo interior del personaje. Aquí el escritor reinventa lo común, imagina una historia pero le pone la voz de otro narrador.

La verosimilitud queda a salvo, lo mágico o fantástico aparece en planos incipientes de realidad, porque el estilo (o la técnica) ahí nos lleva. 

jueves, 10 de abril de 2014

Rainer Maria Rilke y Los cuadernos de Malte

CCCB, El arte de la novela (6)


Martes, 8 de abril. Hoy no hablaré mucho de la lección. Ni siquiera he tomado muchas notas, apenas unas muy genéricas sobre la obra, escrita entre 1904 y 1910, en la ciudad de París. Leer a Rilke constituyó en los primeros años como lectora una experiencia reveladora. 

Y es que cuando me pregunto en qué momento descubrí que la literatura no se limita a la mera expresión de sentimientos («Los malos poetas siempre opinan sobre sus propios sentimientos», dice el profesor), pues cuando me lo pregunto, surgen de la memoria aquellas clases de estudios literarios que impartía Jordi Llovet. Lo recuerdo recitando a Rilke en alemán, sobre la vieja tarima que crujía levemente a sus pies cuando se balanceaba al compás de los versos.

Días atrás rescaté de la estantería una vieja edición de los Cuadernos, traducida por el propio J. Llovet en 1981, (edicions Proa). El crítico y profesor impartió esta lección en la vieja facultad con una solemnidad que revelaba admiración y complicidad. Entonces yo me enamoré de Rilke.



Llovet señala como uno de los temas principales de la novela la dimensión ética del hecho de escribir. Rilke (y Malte) trataría de convertir todas aquellas sensaciones que nos cuenta en Los cuadernos, en literatura. Pasar a una narración en primera persona todo lo vivido, la experiencia. He aquí la experiencia poética, más allá de la reducción literaria de unos recuerdos o vivencias.

Y es que estamos ante una novela lírica, pura prosa poética en forma de cuaderno de un joven de nombre inventado a quien le impresiona el París cosmopolita de los primeros años del siglo XX: el ruido, los hospitales, la miseria, los olores, la luz, los vecinos, los tranvías, la enfermedad y, al fin, la presencia tácita de la muerte. Se hace evidente la influencia de Baudelaire, los artistas Rodin y Cezanne, y la tradición simbolista.

Aunque el tema principal es la muerte, esta se presenta en forma de metáfora: se trata de la muerte que ha de dar sentido a nuestra vida. No en vano fue Rilke quien acuñó el término «propia muerte» para referirse a ese vínculo entre vida y muerte. Es preciso dotar de sentido la vida propia para tener una muerte digna. El poeta presenta situaciones en las que vida/muerte dialogan. La selección de referencias históricas que aparece tiene una única función: obtener la experiencia vivida de las cosas.

Bastantes años han pasado pero hoy todavía he notado en su voz cierta emoción al leer las palabras de Rilke, traducidas por él a un melodioso y dulce catalán, sobre la tarea de escribir versos:

No s´hi hauria de tenir cap pressa; s´hauria d´arreplegar significança i dolçor durant tota una vida, i si fos posible una llarga vida, i llavors, ben bé al final, potser seríem capaços d´escriure deu línies bones.



Aplausos.


domingo, 6 de abril de 2014

CCCB Franz Kafka y El proceso

CCCB, El arte de la novela (5)

Martes, 1 de abril. Llego tarde aunque la luz resiste aún. Estrenamos horario de verano y la tarde se estira como si fuera elástica. Entro en la sala y tengo dificultades para encontrar un sitio libre. Me he topado con dos está-ocupado y he subido directa a “la montaña” (no la mágica, de momento). Me acuerdo de que los profesores, entre ellos Jordi Llovet, se referían así a la última fila del aula A-11 de la vieja facultad de Filología. Desde esta posición diviso una nueva foto del reverso del público. Vienen en grupo y socializan, reservan sillas vacías y miran el reloj.

Entra Marisa sonriente y va acallando el runrún de las voces. Se refiere a Kafka como uno de los autores siempre editados, siempre presentes, siempre interpretados. Resalta el contraste entre las simples estructuras sintácticas de sus obras con las complejas interpretaciones a las que induce. Lo presenta como un clásico de la modernidad e incluso de la posmodernidad. No tarda casi nada en pronunciar el adjetivo “raro”. De carácter tímido, modesto, con dificultad para el contacto social, lo describe como espectador lacónico del panorama literario.

Apunto en mis notas otros rasgos del escritor como si de un personaje literario se tratara. Oposición entre el mundo interior y el exterior, incompatibilidad entre la vida y el arte, entre pensar y escribir la vida con vivirla, el deseo de soledad, la extrañeza dolorosa ante los objetos, la escritura como refugio, las quejas profundas sobre su trabajo de oficinista, del que sin embargo solo le apartó la tuberculosis poco antes de morir.



El proceso, metáfora vigorosa de la condición humana, quedó inacabado. Se publicó de manera póstuma en 1925. Había dejado capítulos sueltos. Es un texto abierto, con posibilidad de variadas interpretaciones: la religiosa, con el tema de la culpa original; la existencial, con la historia del ser humano abandonado a su suerte; la psicoanalítica, con los órganos represores como alegoría del poder y la amenaza paterna.

Las primeras líneas de la novela encierran una trampa para el lector:

Alguien debió de haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana.

En efecto se trata de una detención, pero se le permite hacer vida normal y asistir al trabajo. El proceso dura un año y, pasado este tiempo, K. es ejecutado dudando ya de su inocencia. Un mecanismo inextricable rige todo el desarrollo del proceso.

Uno de los personajes me atrae especialmente, Titorelli, el pintor que se ofrece a ayudar a K por sus contactos con los jueces. Es una metáfora del artista que siempre pinta el mismo cuadro (ampliable al escritor que escribe siempre el mismo libro). Vive en una de las buhardillas insalubres conectada a uno de los pasillos de la casa de justicia y apunta inexorable que “el tribunal es todo lo que existe”.

Marisa Siguán termina su lección con un paralelismo entre el intento fallido de K. por encontrar el sentido del proceso con la búsqueda del hombre moderno por hallar el sentido de la vida.



Aplausos.