domingo, 19 de enero de 2014

La vida detenida


La vida detenida


Para cuando el testigo y la víctima acudían a su cita en el paseo, la tarde era desapacible y el aire batía diminutos y alados granos de arena. Julia Tello salió apresurada del hotel a eso de las tres y media.
 En el ascensor repasó mentalmente el número de la habitación, la 1002, planta décima. Las vistas a la ciudad eran de pantalla panorámica. Se había recogido el pelo en la nuca con un broche de carey y vestía un blusón estampado en tonos tierra y rojos que la rejuvenecía. Ante el espejo del ascensor se dijo que cincuenta años dan para muchos tientos más allá de los tópicos de la cifra redonda. Cargaba un bolso grande, quizás algo inapropiado para dar un paseo por el mar. Tanteó durante apenas tres segundos la posibilidad de volver a cambiarlo pero el ascensor se detuvo en la quinta planta y fue entonces cuando clavó sus ojos en el luminiscente número cinco y pensó en la posibilidad de congelar su propia imagen en su retina. A este lado del espejo, su muerte dejaría en los otros una estampa de vida detenida, de final prematuro, nunca más envejecida en la memoria. Pero del otro lado  serían las vidas de los otros las interrumpidas para siempre. Sus nietos ya no nacerán, los amigos, los seres queridos se inmovilizan, no habrá más desarrollo. Las vidas de los que se que quedan se detienen para los muertos. Nunca ocurrirán los acontecimientos del futuro. Son vidas también detenidas.

El ascensor inició de nuevo el descenso y se detuvo certero en la planta principal. A sus pies se le tendió un luminoso vestíbulo. Julia franqueó la gran puerta hacia el exterior, recorrió la terraza hasta la puerta de salida, tanteó alguno de sus pasos y justo en ese instante, esquivó sin quererlo el saludo apenas percibido del camarero, Eduardo Llanos. Ya en el paseo marítimo, anduvo en dirección al puerto.
Una cenefa de nubecillas coronaba el fondo, pero sobre el mar se extendía un pelotón de espesura que pronto cubriría todo el cielo. Aspiró con ansia algunas bocanadas de aire húmedo y reemprendió el camino. Le puso título al pensamiento: la vida detenida, y lo archivó en cada uno de los recodos de su cerebro: en el del entendimiento, en el de la memoria y, por fin en el de la voluntad.

miércoles, 1 de enero de 2014

De la intuición de lectura


1 de enero. Cada inicio de año, cuando estrenamos agendas y dietarios, recuerdo el Diálogo entre un vendedor de calendarios y un transeúnte. El vendedor apuesta por el año nuevo como el más feliz de todos los anteriores, de los veinte que lleva vendiendo calendarios. No quisiera volver a vivir la vida que ha llevado con lo bueno y con lo malo. El transeúnte concluye que la vida buena no es la que se conoce sino la que está por venir, así que compra el calendario con la ilusión de felicidad para el nuevo año. Leopardi pone de relieve la estremecedora vanidad de esperar siempre una vida futura mejor.


Y lo que estaba por venir llega desde la intuición, una primera impresión de lectura, ... de la lectura de libros que me leyeron a mí. 

 

19 de diciembre. Libro Correspondencia entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet.
Sorpresa: en una de las primeras cartas, fechada en noviembre de 1964, Martín Gaite me ilumina en mis ideas sobre la función hacedora de utopías de la literatura. Pienso en Aarón, está de suerte. Dice: “Siempre he pensado que la literatura tiene como una de sus más altas misiones la de fabricar utopías. (…)La primera y más hermosa utopía de quien se pone a escribir consiste precisamente en inventar a ese lector, al que nunca se ha visto, no se verá la cara” (p.38). Según José Teruel es este el primer apunte del ensayo La búsqueda del interlocutor (1966).

Estoy de lleno en la lectura de varios libros de Martín Gaite, de los que este último me hace pensar en ti, Aarón. Más adelante, la carta 6  de la Correspondencia rebosa en consejos e indicaciones de cómo debe ser el estilo en la novela. Ve como inconveniente que se mezclen narraciones cruzadas de varios personajes. Defiende la necesidad de un estilo claro, porque precisamente va dirigido a esos “lectores invisibles”. Confiesa que en Ritmo lento experimentó una especie de diálogo con el interlocutor, le aclaraba, se imaginaba sus preguntas,… es un tema muy interesante: el narrador esforzado en mimar, mantener al lector ahí pegado al hilo. Te he buscado Aarón, tú eres mi lector,  un interlocutor deseado y estoy mimando mis escritos para ti.

22 de diciembre. Vuelvo a la correspondencia entre Martín Gaite y Juan Benet. Me quedo colgada de la página 63/64. Me gusta el pasaje de las tres edades (quizá puede relacionarse con los tres comercios de Montaigne).  Me gusta el sintagma: “La edad de la obviedad”, cuya suave aliteración desprende musicalidad y me lleva a pensar en la primera juventud, aquella en la que hasta los amigos y los amores aparecen sin justificación, sin previa intelectualización. En El cuento de nunca acabar, Martín Gaite vuelve a utilizar este motivo de las edades, relacionadas ahora con la añoranza de un interlocutor verdadero para cada una de ellas. Distingue entre los falsos interlocutores (profesor, confesor, psiquiatra, periodista) que nos obligan a la narración forzada, y el narrador verdadero, añorado en la primera edad. Aarón, ahora tú estás viviendo tu primera edad de la obviedad, tus amigos y tus amores lo son porque sí, no necesitan justificarse. Al fin me decido por El cuento de nunca acabar. Creo que va a ser el título elegido para el ensayo de la clase de Domingo Ródenas.

28 de diciembre. Relectura de El cuarto de atrás. Hoy he tenido una revelación: he encontrado mi lugar en la relación con la literatura. ¿He sido un interlocutor y no un escritor realmente? Idea: glosar la figura del interlocutor, mantener un diálogo con la autora. Todos buscamos un interlocutor, todos nuestros pasos se encaminan a buscar un espejo, y pasa igual con la literatura, con la narración. ¿Quién dijo: “Quien no actúa y sufre por ello, escribe.”?