domingo, 9 de noviembre de 2014

CCCB Lecturas sobre Shakespeare (2): The Merchant of Venice


Miércoles, 5 de noviembre de 2014. 
Había entrado noviembre sigilosamente y hoy, de repente, nos ha traído el frío. Han llegado el otoño y las ganas de volver a escuchar a Andreu Jaume. Y así, como si en esta sala no hubiera nadie más, abre la sesión con un: Volvemos a nuestra intimidad. Buen comienzo.

Y volvemos a lecturas como esta de El Mercader de Venecia, comedia de 1597. Shakespeare ya dominaba por entonces el dialecto cómico y la capacidad de mezclar distintos mensajesLa obra esconde altas reflexiones sobre la justicia, el riesgo y de nuevo hallamos el proceso de averiguación acerca de la condición humana.

Parece que hoy el público de la sala ha rejuvenecido, o por lo menos, a mí me lo parece así. Acaso lo que ocurre es que yo voy envejeciendo. Pero es que a mi derecha, en la fila de sillas anterior a la mía, me he topado al volver la vista de manera distraída con un joven muy atractivo, de perfil casi clásico, bello, pelo rizado, ojos atrapados en espesas pestañas. Y lleva, extrañamente, una camiseta blanca. Ese detalle me parece un prodigio porque ya empieza a preocuparme la moda de las camisetas negras para hombres de todas las edades y en todo tipo de eventos.

Antonio es mercader en la Venecia de la época, puerto principal del comercio naval. Pide dinero prestado a Shylock, el judío vilipendiado, para ayudar a su amigo Bassanio a competir con los pretendientes de Porcia. Le obliga a firmar que si no paga la deuda en el tiempo señalado, el usurero se cobrará con una libra de carne del cuerpo de Antonio. Shylock se justifica con el famoso monólogo “Si nos pincháis, ¿no sangramos?..” Ha sido muchas veces mal interpretado. Los judíos en la Inglaterra isabelina pertenecían al imaginario colectivo. El ponente nos advierte sobre la lectura de la obra como lectores del siglo XX que somos.
Planea de nuevo la sombra de Christopher Marlowe (1564-1593) y su obra El judío de Malta, que presenta algunas similitudes con El Mercader de Venecia. Shakespeare vuelve a escribir contra el modelo de Marlowe, pero aquí quizás consigue superarlo. Shylock ha escapado de la obra para calar en el imaginario colectivo. Es, ante todo, un usurero, pero se permite un gesto de nobleza, de ternura, de amor hacia la madre de su hija (Lea).
Aparece el juego hiperbólico de las comedias. Porcia se lamenta de que su padre, al morir, dejase tres cofres cerrados (uno de oro, otro de plata y un tercero de plomo) y una adivinanza como prueba para ganarse a su hija. Y en el proceso para hallar pretendiente acaba siendo Bassanio quien elige bien, escoge el cofre de plomo por su sencillez. (“La nada me lo dará todo”)
Portia and the Merchant
Thomas Sully
. Cincinnati Art Museum
A Shakespeare le importa la tormenta humana y no la verosimilitud. Juega con el proceso de averiguación. Se matiza una idea del amor fuera del decorado de estuco del amor cortés. Este amor es una de las formas que, una vez despojado de lo sagrado, nos da pie para averiguar algo más de la condición humana. Aquí explora la condición del extraño a una comunidad, el rechazado. El final de la obra se resuelve con la confusión de identidades y la restauración del orden establecido. Porcia, disfrazada de juez, sentencia sobre Shylock, quien, desesperado y lleno de odio, reclama la libra de carne.
El joven de la camiseta blanca y espesas pestañas ha escuchado absorto toda la sesión. Tal vez más atento que yo misma.


“El mundo es solo un teatro donde cada cual ha de representar su papel”