martes, 8 de julio de 2014

J.M. Coetzee, K.O. Knausgård y el artificio.


Hace ya un tiempo que leí la novelita de J.M. Coetzee, Desgracia. Y entonces escribí algo sobre el vaivén de la concentración lectora, sobre ese entrar y salir de una lectura, de una ficción, y la dificultad que contrae mantener la atención cuando leemos:



 «Dos tramas: la mía y la de la protagonista, Lucy; dos espacios, dos tiempos, acaso dos narradores. Vuelvo a la granja de Lucy y los perros ya no ladran, han sido asesinados. Padre e hija observan el desastre a su alrededor: tristeza y desolación. Toso, me cansa la postura, el bebé del tercero segunda rompe en un llanto desesperado, rabioso. Mi concentración se disipa una y otra vez. »

Había descubierto a Coetzee con su obra Verano y me interesó entonces mucho la forma de narrar, el artificio pergeñado para hablar de un personaje que es él mismo, pero que ya está muerto y que no lo es, porque es a su vez un personaje. Y lo planea a través de las entrevistas con personas que lo conocieron en vida. Es una muestra más de la denominada autoficción. Las personas que hablan sobre él, en el plano literario se convierten en personajes y el famoso escritor muerto sobre el que escribe, el joven  narrador en realidad es el propio J. M. Coetzee. El artificio está servido otra vez. La ficción y la realidad se cruzan para acertar de pleno en una creación literaria original.

Ahora estoy leyendo La muerte del padre, el libro en el que autor, narrador y personaje son el propio Karl Ove Kausgård, quien explora su pasado y narra su propia vida. Aquí, el artificio es más barroco si cabe: memorias en forma de novela o autoficción con pocas dosis de ficción pero con un resultado estilístico que desborda literatura.

La historia (“proustiana”, según la crítica) de Karl Ove atrapa desde las primeras páginas y consigue mantener al lector pegado al libro. Y es que he notado que últimamente me resulta más difícil mantener la concentración en las historias. ¿Recuerdas, Aarón de nuevo el artículo de Vargas Llosa que comentamos en clase sobre las nuevas estrategias del cerebro para retener la concentración? Sí, vosotros parecéis ya programados de esta manera, para picotear por internet y eso conlleva dificultad para la lectura profunda. Se tiende a la lectura rápida e incompleta de los textos y también desatenta, porque el lector está dispuesto a interrupciones constantes. Se acelera el ritmo visual y se impone la variedad sobre lo estático del ritmo narrativo tradicional.

Quizá por ello predomina hoy un gusto editorial por cierta narrativa de frase muy corta y párrafo breve. El ritmo narrativo es hoy más fragmentario, más rápido, se adelgaza para no “cansar” al abrumado lector que tiene por delante páginas y páginas de letra sin imagen y sin interacción alguna.