miércoles, 12 de febrero de 2014

La Tere


La Tere

Desde que se le murió este hijo, la pobre Tere es que no levantó cabeza. No dormía por las noches y ya ni se hacía de comer. Bueno, eso sí, cada semana  amasaba y cocía pan, y el aroma que emanaba el horno subía por el patio de luces y se adentraba por todas las galerías. El caso es que la Tere empezó a descuidar todas sus labores, se olvidaba de las cosas, hasta de asearse, que algunas veces si te la cruzabas en el ascensor, dejaba un tufillo a rancio ahí dentro que te tiraba para atrás. Se desmemorió de todo menos de  la soledad. Y muchas veces por el patio se le escuchaba hablar con el hijo muerto, bueno mejor diremos que con el tarro de las cenizas, porque paseaba la urna o como se llame ese cacharro por donde ella iba del piso. Hasta las vecinas le seguíamos la corriente por no contrariarla y yo, haciéndome la tonta, también porque me daba pena, le pregunté muchas veces por el chico, si había comido bien, si estaba tranquilo, si ya lo había echado en la cama.
Se quedó trastornada, a veces se adormilaba durante todo el día y por las noches lloraba con unos gemidos que aparentaban los de un perrillo abandonado.  El hijo mayor, el Joan, que pocas veces acudió a ver su madre en vida del hermano, todo hay que decirlo, ya se rumiaba la idea de enviarla a una residencia y vender el piso de Muntaner. No se fiaba de dejarla sola. Pues mira tú que si se llega a fiar.
Sí señores, porque la Tere besó a su Álvaro en el mismo momento del traspaso, por lo que se ve ella lo ayudó al buen morir, le acompañó en la hora del tránsito, le cerró los ojitos y le peinó el bigote pero jamás lo llevó a enterrar. Y es que un día de los que la Tere tocaba de pies en tierra, que estaba clara, vaya, nos refirió a las más íntimas que el día de la incineración no se movió del crematorio hasta que le entregaron la urna, que el encargado de allí se negaba a depositar las cenizas en el vaso porque aún estaban calientes, que tenía que transcurrir el tiempo reglamentario. Pero ella que nanay, que de allí no se movía. Siempre pensé que seguro le pegaron el cambiazo, porque dice que cuando agarró el tarro por primera vez, ya estaba frío. El caso es que se las quedó en casa, que digo yo que no las echaría al bote de la levadura, porque dos veces por semana cocía un pan en el horno que le quedaba bueno de verdad y subía un olorcillo caliente y raro por el patio de luces, que nos despertaba a todas de la siesta. 
¡Ay, qué desastre de mujer!