jueves, 29 de agosto de 2013

Anatomía de la gente silenciosa


 
 
El taxi llega al cruce de la calle de Aribau con la de Laforja y el escritor de voz familiar se despide como si de su propio doble se tratara y con las ganas de haberle dedicado su libro con una amable sonrisa. Mario se siente ahora liberado.
La verdad es que prefiere al pasaje más callado, a las personas silenciosas, que se sientan, les viene grande apenas saludar y bajan la mirada para indicar la dirección. Sea el trayecto corto o largo, ya no vuelven a hablar hasta que llegan al destino; aunque también suben los charlatanes, que a la mínima te explican todas las enfermedades de la familia o las desgracias más sabrosas de contar. Y es que, están los suspiradores, los que ronronean como él durante todo el trayecto, los transparentes, los que te ponen la mano delante para recoger un cambio de céntimos, los invisibles, los que teclean en su teléfono móvil sin parar, los eternamente enojados, los que te ignoran…

Cuando el cliente es de los que no hablan, practica entonces lo que él llama una anatomía de la gente silenciosa y comprueba si le cuadra con el estereotipo que se ha creado: la mirada, el tono de voz, las manos, la boca, los labios… todo escrutado a través del espejo. Imagina entonces cómo será su vida, la vida de los otros, y se pregunta cuáles serán sus miedos.

Recoge a una pareja que abandona una sala de baile en la calle de Provenza, en el 171. Ella le reclama que hasta el camarero se dio cuenta. ¿Qué crees que soy yo? ¿Una puta, tal como me tratas? Bailas con otra, y llorando le dice, te voy a dejar, voy a trabajar dos turnos. Más llanto, él le tapaba la boca porque gritaba. Yo, que lloré por ti como cuando se murió mi madre, yo que te quiero, ya voy a cambiar. Más llanto, gritos y tapada de boca.
De pronto Mario mira de reojo porque la besaba casi a la fuerza. Más llanto y él le recrimina que también bailó, pero bailaba salsa y eso se baila pegado. Y ahora lágrimas. Al fin llegaron a su destino, un portal en obras de la plaza de Tetuán con la Gran Vía. Se la llevó abrazada. Fin de la llorona. La pareja se besa en plena calle y la escena se cuela en el espejo retrovisor por azar, justo en  la esquina de enfrente. Mario no puede soportar ese intercambio de salivas.

domingo, 25 de agosto de 2013


YO ERA PROFESOR

 
 “Yo era profesor, mi trabajo consistía en demostrar hasta qué punto la relación con lo real afecta a nuestra relación con los demás, nuestra relación con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, con nuestra dignidad o con la falta de ella”.

 

Jean Starobinski (Ginebra, 1920), filósofo y crítico cultural.

 

 

Los alumnos tienen siempre las manos blandas, la cara aniñada, los ojos llenos de inquietud, en guardia y sus miradas siempre escudriñan, serpentean, buscan a los otros y al profesor.


Proceso inverso.
 
Mientras yo cumplo inexorablemente un año más, los alumnos se parecen siempre al eterno adolescente, siempre de nuevo trece, catorce, acaso dieciocho años. Sus padres, de repente, rejuvenecen hasta convertirme yo en su hermana mayor y mis compañeros resultan con el tiempo más familiares, más cercanos, más cómplices. La imagen me trae a la mente la obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

En este caso el cuadro no soy yo. El cuadro está lleno de chicos y chicas que nunca envejecen y me miran, me preguntan, me escuchan desde su trinchera. Son caras y nombres que cada septiembre me esperan. Con el tiempo, cambian sus ropas, su manera de hablar, sus gestos; pero siempre tienen quince años.

Como todos los oficios, tiene algo de redentor del yo;  pero  éste además tiene que ver con los otros. Se habla mucho de las vacaciones del profesor, de la entrega, del estrés, del aguante, de la pérdida de autoridad, de la indiferencia como respuesta en el mejor de los casos, de infinita paciencia… y luego, en casa, horas encadenados a la revisión de controles, de ejercicios, de escritos; montones de papeles que crecen, que menguan para luego volver a crecer, en los que los mismos errores  reaparecen uno tras otro… y, la misma palabra que llevo más de veinte años corrigiendo se me rebela, me hace dudar, insiste, sobrevive hasta el infinito, a modo de bucle.

 
La tarea de corregir siempre me hace pensar en el castigo impuesto por Zeus a Sísifo, el más astuto de los mortales, condenado a empujar eternamente en los Infiernos una roca hasta lo alto de una colina, desde donde caía de nuevo hasta la base, viéndose obligado el pobre Sísifo a empujarla de nuevo. La primera vez que oí hablar de él fue en las clases de Filosofía del instituto y ya hubiera querido liberarle de su roca, prepararle un baño caliente y ponerle a dormir y a soñar eternamente. Es fácil entonces relacionar la penosa imagen del personaje, sudoroso, arrastrando su roca, a la del profesor cargado de exámenes por corregir. La lectura del ensayo de Camus viene a corroborar la idea de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil; y por extensión, de la inutilidad de nuestro trabajo. Esta concepción de la profesión es como un fantasma que de tanto en tanto se nos aparece y nos hace pisar con miedo e incertidumbre. Pero siempre se desvanece, siempre compensa de alguna manera aquel día en que te escuchan, asienten, preguntan y te miran de nuevo.

El profesor tiene siempre las manos largas, la voz empeñada en demostrar la relación entre el conocimiento y la realidad, y entre nosotros mismos con los demás. Los alumnos tienen siempre las manos blandas, la cara aniñada, los ojos llenos de inquietud, en guardia y sus miradas siempre escudriñan, serpentean, buscan a los otros y al profesor.

Ellos tienen siempre la curiosidad en el rostro. Hoy he vuelto a mirar sus caras en las fotos del último curso buscando miradas con las que completar la mía.



lunes, 12 de agosto de 2013

Diálogos, 3. Javier Marías/ Domingo Ródenas

3. Javier Marías/ Domingo Ródenas




Con motivo de la conmemoración de los cuarenta años de vida literaria de Javier Marías con la reedición de su primera obra, Los dominios del lobo (1971-2011), se celebra un encuentro en la UPF entre el escritor y el profesor de literatura, Domingo Ródenas.


Marías cumple cuarenta años de vida literaria y es otro “hacedor” de estilo literario. 
Concibe la literatura como un todo que proyecta en sus novelas, desde la mente que las narra y las piensa. No importa el argumento, la trama se reduce a una mínima expresión y es la voz que cuenta la que inunda los capítulos y rebosa en digresiones. Es un estilo que en este diálogo Domingo Ródenas califica como hipnótico, magnético.
El propio Javier Marías explica la importancia que tiene la voz que cuenta, de la dificultad de contar. Toda la parte digresiva es técnica de Laurence Sterne, (no olvidemos que Marías es el excelente traductor del Tristam Shandy) y en ocasiones, las digresiones son tan largas que parecen querer independizarse. Se establece un puente entre la voz que narra y el lector y la tensión argumental es mínima.
En su última novela, Los enamoramientos, la voz que narra es mujer, aunque para mí sigue siendo un despliegue de la conciencia. Dice que en el mismo momento de contar algo, ese algo ya se está tergiversando.
Habla de su eterna primera persona narrativa, afirma que con ella gana en verosimilitud y también en persuasión. Su narrador tiene que justificar lo que sabe, a diferencia del narrador omnisciente. Y apunta una idea que comparto y es que cada vez le cuesta más dejarse atrapar por una novela, “creérsela”. Esto debe ser cuestión de edad, de experiencia en la literatura y en el vivir.
 
Javier Marías afirma que la novela no es un artificio sino un artefacto, que tiene que resultar creíble, verosímil; más incluso que la realidad. Hay que obrar una ilusión de verdad. Vuelvo a reafirmarme en la naturalidad, en convivir con los personajes dentro de lo que les es propio y natural. 

viernes, 2 de agosto de 2013

Diálogos, 2. A. Fernández Mallo/ María Kodama/ Javier Calvo

2.  A. Fernández Mallo/ María Kodama/ J. Calvo. De la originalidad



Otoño 2011.
La entrega de premios de Cosecha Eñe tiene lugar el sábado por la tarde, en el Cículo de Bellas Artes. Los diez finalistas son presentados por la directora de la revista y entrega el galardón Fernández Mallo, ganador de la última edición. El laureado es otro autor del grupo Nocilla, Javier Calvo, quien tras recibir el premio realiza una performance a dos voces con su relato, de título Nínive, realmente original. Calvo tiene ya varios libros publicados y en breve sale al mercado su novela El jardín colgante, un delirio sobre los años de la transición política. En el viaje de vuelta a Barcelona, coincidimos en el AVE, nos cruzamos en el pasillo que lleva a la cafetería del último vagón. Intento acercarme a hablar con él y felicitarle por su premio, lo intento  antes y después de tomarme el café pero se pasa el trayecto apoyado en una ventana y hablando por el teléfono móvil.

 
Por la mañana, ya en casa, llega a mis manos la revista Quimera. Un artículo (uno más) en defensa de Agustín Fernández Mallo en su polémica obra El hacedor (de Borges), remake. En este caso es Germán Sierra quien defiende la idea de que un libro pueda ser remezclado. Sin duda, María Kodama no piensa lo mismo. Los Nocilla tienen el don de la oportunidad. Ahora es actualidad el rema del remix literario. Sus partidarios (Goldsmith, Amerika) apuntan que el artista es hoy una especie de distribuidor de la cultura, quien, ante  inmensos caudales de material creativo disponible, decide seleccionar y remezclarlo con el suyo propio. Es el eterno conflicto de la originalidad. El autor del artículo concluye con la idea de que lo único que la obra de Mallo reutiliza es el marco conceptual, el título de los relatos y poemas, para vaciarlo de contenido y después rellenarlo de contenido propio.

Ah, la cultura del reciclaje ha llegado a la literatura. Cuídense bien de reciclar el material bibliográfico, se debe discriminar con mucho celo y nunca utilizarlo como si fuera propio. Los nuevos lectores están hechos a navegar por internet y picotear información saltando de pantalla en pantalla, de unos contenidos que llevan a otros. No olviden su propia voz e identidad; o lo que es en definitiva, su estilo.