domingo, 30 de junio de 2013

El principio del placer

Ediciones ERA. ISBN: 9789684114104
José Emilio Pacheco (México, 1939)
El principio del placer

José Emilio Pacheco, escritor mexicano de la "Generación de los años cincuenta".


"No lo van a creer, dirán que soy un tonto, pero de chico mis ilusiones eran volar, hacerme invisible y ver películas en mi casa".


Este es el inicio de "El principio del placer", considerado uno de los mejores cuentos de la literatura.
El título tiene que ver con lo literal y también con el concepto de Freud del principio del placer como concepto relacionado con el deseo. Narra la historia de amor entre el protagonista adolescente y Ana Luisa.
Un narrador que no es un escritor, sino un adolescente con facilidad para la composición. Pacheco busca recuperar la inocencia de la forma. Así, leemos como leemos a Onetti, todos los narradores escriben igual, aquí Pacheco se plantea el libro como un taller literario.
Es una historia de mascaradas, el propio padre es general, con cuyo escolta ella va a relacionarse. Aparecen peleas de lucha libre arregladas, amañadas, se sabe quién va a ganar. Toda esta situación resulta como un teatro convincente. El protagonista aprende que la realidad no es lo que parece y va descubriendo progresivamente en qué va a convertirse.
Utiliza la forma de diario, de cuaderno donde plasmar la realidad a la que se enfrenta. Con apenas unos trazos describe la impresión que le produce la visión por vez primera de un muerto:
"Me horrorizó ver el agujero en el pecho, la boca y los ojos abiertos. lo peor era la sangre que corría por la acera y me daba asco y terror".
 El lenguaje coloquial está dosificado en su justa medida, es un trabajo equilibrado, no se debe cerrar demasiado el código. Todos los personajes dan un giro.
Este libro es un excelente material para poner en práctica experimentos narrativos y trabajar los distintos elementos a tener en cuenta en la técnica de narrar.

lunes, 24 de junio de 2013

Historias del Evelyne I


En la trastienda del colmado se montaba un garito con una mesa a la que cada jugador se traía su propia silla. Era donde las partidas se vivían con mayor tensión. Mi padre ha sido siempre un buen jugador de cartas. Las timbas se alargaban hasta la madrugada y yo llegué a ver más de una noche las navajas abiertas sobre fardos de billetes arrugados. Una noche hasta se jugaron a la mujer propia, la de uno, el que la tenía. Mi padre se llevó a la cama a la Elvira, la mujer de su amigo, el Pipo. Ella, sin rechistar, había sacado a su marido de muchas deudas del juego,  y corría la voz de que incluso disfrutaba con el pago. Cada vez que la Elvira lo veía, le recordaba siempre a papá que ya nada le debía su marido.
 
Me aficioné a leer cosas de náutica y poco a poco lo iba aprendiendo casi todo sobre el mar. A los veinte años conseguí el título de patrón de pesca. Luego, en el patrullero donde serví a la patria hice de todo, fui distinguido en maniobra, timonel, jefe de puente y me felicitaron tanto mi Comandante como el Capitán General.
En uno de los permisos que me dieron en el servicio militar pude visitar el Evelyne y a mi padre. Fue entonces cuando noté que la señora marquesa se fijaba mucho en mí y no quería que de ninguna de las maneras me fuera del barco. Quería que al finalizar mi servicio a la patria me quedara con ellos.
Hablé con mi comandante, una gran persona, la cual me tenía en gran estima. Él preparó todos mis papeles. Sólo faltaba la firma de mi padre, que no llegó nunca. Lo que sí recibí fue una carta en la que el señor marqués reclamaba mis servicios como brazo derecho de mi padre en una salida al extranjero, a la costa italiana. Pedí entonces consejo a mi Comandante y me dijo que me arrepentiría de servir a marqueses y demás señores; pues él era sobrino de condes y decía conocerles bien. Me advertía de que son muy raros, que lo que ellos quieren es personal de servicio y no marinos que puedan disponer y gobernar según su discernimiento, que tendría que calcular el rumbo con una mano y servir la mesa al mismo tiempo.
 

sábado, 22 de junio de 2013

HISTORIAS DEL EVELYNE I


Mi padre, Carlos Santos Martí, el Litus, por aquel entonces  mandaba el barco Mercedes, el primero que tuvo en propiedad el señor marqués. Al ver que mi salud era cada día más precaria, papá pudo hablar con el administrador y rogarle que llamara a un médico para que me visitara y fue este doctor quien me recomendó la vida de marino. De esta manera pude entrar en la barca que mi padre mandaba y con la que malvivía de las propinas y vendiendo por las calles del barrio lo que se pescaba de hurtadillo.
Así, a los 13 años estaba yo con pantalones cortos metido en una enorme barca de pesca, mareado y oliendo a tripas de pescado. Recuerdo cuando al enfilar la bocana del antiguo puerto de la Barceloneta ya soñaba con gobernar un barco grande y hacerme a la mar en un mercante o algo así.
La vida entonces era muy dura para nosotros. Mi padre apenas podía encargarse de mí. Cuando el mal tiempo no permitía que saliéramos a pescar, me llevaba con él a recorrer los antros del barrio, con ese olor a humedad que lo impregnaba todo y el de los guisos de pescado recalentado que se escapaba por las cocinas. Por las mañanas olía mezclado, suave, dulce, al jabón de escamas de la ropa tendida y también el intenso y salado de pescado y alquitrán. Recorríamos las calles estrechas, los pasajes siempre resbaladizos que corrían paralelos al puerto para encontrarnos con los otros en la vieja trastienda del colmado del Situ.        Continuará

lunes, 3 de junio de 2013

Ana María Matute




ANA MARÍA MATUTE (1925-2014)

Aparece en una enorme silla de ruedas, se diría que le queda grande para tan delicados ochenta y muchos años. La vida se le ha adelgazado pero el flamante premio Cervantes otorga un halo de elegancia a su frágil estructura ósea. Avanza entre la gente con su mirada infantil de asombro. Todo está preparado en la sala de columnas donde tendrá lugar el acto: los focos, las sillas, el agua y el público, ávido de historias y de sosiego. Ella cruza sus manos sobre el regazo mientras le ponen el micrófono y cierra los ojos en un gesto decoroso y colaborador. Su cuerpo menudo es ahora el centro de todas las miradas.

En la cara de Ana María los surcos dibujan, a modo de cartografía de la experiencia, los órganos de los sentidos. Los ojos son de agua, grandes, casi se desbordan de los pliegues que los abrigan. La mirada tiene chispa, como un resplandor (ese que además es su palabra favorita). Dice que hay personas que lo tienen y otras no. No hay duda de que ella sí tiene resplandor en la mirada, algo triste y cansada de guardar tanto asombro. Unas mullidas bolsas bajo los párpados, tan grandes, que parecen contener el paraíso inhabitado, o todas las cortes de los reyes olvidados.  La nariz es ancha y rompe el equilibrio de las formas del rostro, pero le concede cierto aire de bonachona, un asomo de bondad que siempre tiene. La boca es fina, adelgazada con el tiempo, ahora es como elástica y el labio inferior se muestra huidizo al hablar, lo hace con un movimiento a tres bandas: los labios, sus pequeños ojos cerrados y la nariz arrugada.

Dice que escribir es una manera de estar en el mundo y dice que se niega a escribir sus memorias, que no le apetece. Cierra los ojos al pronunciar para sí misma: “Es mi vida”. Ha bautizado a su generación como los “niños asombrados”. Aún lo está, asombrada de vivir, eclipsada por la tragedia que representa crecer, por el síndrome del nunca jamás y los cuentos de hadas para niños que no son tontos.

Confiesa después que de niña vivió con ojos asombrados los bombardeos de la guerra en Barcelona, y esto le dejó problemas de audición, una aversión a los fuegos artificiales, como niña temerosa del estruendo, y la certeza de que no hay salvación posible.