domingo, 25 de agosto de 2013


YO ERA PROFESOR

 
 “Yo era profesor, mi trabajo consistía en demostrar hasta qué punto la relación con lo real afecta a nuestra relación con los demás, nuestra relación con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, con nuestra dignidad o con la falta de ella”.

 

Jean Starobinski (Ginebra, 1920), filósofo y crítico cultural.

 

 

Los alumnos tienen siempre las manos blandas, la cara aniñada, los ojos llenos de inquietud, en guardia y sus miradas siempre escudriñan, serpentean, buscan a los otros y al profesor.


Proceso inverso.
 
Mientras yo cumplo inexorablemente un año más, los alumnos se parecen siempre al eterno adolescente, siempre de nuevo trece, catorce, acaso dieciocho años. Sus padres, de repente, rejuvenecen hasta convertirme yo en su hermana mayor y mis compañeros resultan con el tiempo más familiares, más cercanos, más cómplices. La imagen me trae a la mente la obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

En este caso el cuadro no soy yo. El cuadro está lleno de chicos y chicas que nunca envejecen y me miran, me preguntan, me escuchan desde su trinchera. Son caras y nombres que cada septiembre me esperan. Con el tiempo, cambian sus ropas, su manera de hablar, sus gestos; pero siempre tienen quince años.

Como todos los oficios, tiene algo de redentor del yo;  pero  éste además tiene que ver con los otros. Se habla mucho de las vacaciones del profesor, de la entrega, del estrés, del aguante, de la pérdida de autoridad, de la indiferencia como respuesta en el mejor de los casos, de infinita paciencia… y luego, en casa, horas encadenados a la revisión de controles, de ejercicios, de escritos; montones de papeles que crecen, que menguan para luego volver a crecer, en los que los mismos errores  reaparecen uno tras otro… y, la misma palabra que llevo más de veinte años corrigiendo se me rebela, me hace dudar, insiste, sobrevive hasta el infinito, a modo de bucle.

 
La tarea de corregir siempre me hace pensar en el castigo impuesto por Zeus a Sísifo, el más astuto de los mortales, condenado a empujar eternamente en los Infiernos una roca hasta lo alto de una colina, desde donde caía de nuevo hasta la base, viéndose obligado el pobre Sísifo a empujarla de nuevo. La primera vez que oí hablar de él fue en las clases de Filosofía del instituto y ya hubiera querido liberarle de su roca, prepararle un baño caliente y ponerle a dormir y a soñar eternamente. Es fácil entonces relacionar la penosa imagen del personaje, sudoroso, arrastrando su roca, a la del profesor cargado de exámenes por corregir. La lectura del ensayo de Camus viene a corroborar la idea de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil; y por extensión, de la inutilidad de nuestro trabajo. Esta concepción de la profesión es como un fantasma que de tanto en tanto se nos aparece y nos hace pisar con miedo e incertidumbre. Pero siempre se desvanece, siempre compensa de alguna manera aquel día en que te escuchan, asienten, preguntan y te miran de nuevo.

El profesor tiene siempre las manos largas, la voz empeñada en demostrar la relación entre el conocimiento y la realidad, y entre nosotros mismos con los demás. Los alumnos tienen siempre las manos blandas, la cara aniñada, los ojos llenos de inquietud, en guardia y sus miradas siempre escudriñan, serpentean, buscan a los otros y al profesor.

Ellos tienen siempre la curiosidad en el rostro. Hoy he vuelto a mirar sus caras en las fotos del último curso buscando miradas con las que completar la mía.