jueves, 25 de julio de 2013

Marlés y el profesor


El profesor



 
¿Asistirá hoy a clase? No ha venido, no, pero sí, ahí está, ya entra. Hoy sí está, ahí sentada en la cuarta fila, con los ojos aplicados en los apuntes, con su espalda ligeramente arqueada hacia adelante, con su cuello de garza, largo y casi suspendido en el aire.

 
Los días en los que Marlés acudía a clase, el profesor sentía un desasosiego, que hacía que demorara más sus explicaciones, que intentara escucharse  a sí mismo y entonces era el desastre, se perdía en el hilo de su discurso. Era la primera vez que una alumna le inquietaba, hasta el punto que en cada intervención que dirigía al auditorio, elevaba la mirada al techo del aula y en un acto reflejo, se llevaba la mano a la cabeza como para acariciar sus entradas y se quedaba de nuevo en blanco. Al bajar la mirada y dirigirla al dorado cabello de Marlés, un hormigueo nervioso le sacudía el estómago. Se sentía mal durante toda la clase, tenía molestias en las articulaciones de la rodilla, esas que aparecían como presagio de algún cambio de tiempo o de ánimo. Durante meses no entendió lo que le estaba ocurriendo, a los cuarenta y siete años, de pronto la vida se le detuvo como en un semáforo al que llegas demasiado acelerado y debes  frenar en seco.
Luego, por la noche, mientras cenaba en casa con su mujer, su pensamiento estaba en otro lado y  no se percató de que ella, ya entonces, le notó cambiado. En la cama estuvo dando vueltas, sin poder conciliar el sueño y Marisa le observaba en silencio, casi inmóvil, fingiendo dormir.