lunes, 3 de junio de 2013

Ana María Matute




ANA MARÍA MATUTE (1925-2014)

Aparece en una enorme silla de ruedas, se diría que le queda grande para tan delicados ochenta y muchos años. La vida se le ha adelgazado pero el flamante premio Cervantes otorga un halo de elegancia a su frágil estructura ósea. Avanza entre la gente con su mirada infantil de asombro. Todo está preparado en la sala de columnas donde tendrá lugar el acto: los focos, las sillas, el agua y el público, ávido de historias y de sosiego. Ella cruza sus manos sobre el regazo mientras le ponen el micrófono y cierra los ojos en un gesto decoroso y colaborador. Su cuerpo menudo es ahora el centro de todas las miradas.

En la cara de Ana María los surcos dibujan, a modo de cartografía de la experiencia, los órganos de los sentidos. Los ojos son de agua, grandes, casi se desbordan de los pliegues que los abrigan. La mirada tiene chispa, como un resplandor (ese que además es su palabra favorita). Dice que hay personas que lo tienen y otras no. No hay duda de que ella sí tiene resplandor en la mirada, algo triste y cansada de guardar tanto asombro. Unas mullidas bolsas bajo los párpados, tan grandes, que parecen contener el paraíso inhabitado, o todas las cortes de los reyes olvidados.  La nariz es ancha y rompe el equilibrio de las formas del rostro, pero le concede cierto aire de bonachona, un asomo de bondad que siempre tiene. La boca es fina, adelgazada con el tiempo, ahora es como elástica y el labio inferior se muestra huidizo al hablar, lo hace con un movimiento a tres bandas: los labios, sus pequeños ojos cerrados y la nariz arrugada.

Dice que escribir es una manera de estar en el mundo y dice que se niega a escribir sus memorias, que no le apetece. Cierra los ojos al pronunciar para sí misma: “Es mi vida”. Ha bautizado a su generación como los “niños asombrados”. Aún lo está, asombrada de vivir, eclipsada por la tragedia que representa crecer, por el síndrome del nunca jamás y los cuentos de hadas para niños que no son tontos.

Confiesa después que de niña vivió con ojos asombrados los bombardeos de la guerra en Barcelona, y esto le dejó problemas de audición, una aversión a los fuegos artificiales, como niña temerosa del estruendo, y la certeza de que no hay salvación posible.